Gregorio Cervantes Mejía
Y así lo que los grandes oradores, por su lado, apenas pueden
conseguir mediante un discurso largo y muy meditado —apartar
del espíritu las molestas preocupaciones—, eso lo he realizado yo
al punto solo con mi presencia. (Erasmo de Rotterdam, Elogio de la locura)
400 Aniversario Luctuoso de Miguel de Cervantes
Los niños y los locos (o los borrachos, según se prefiera) siempre dicen la verdad, reza un viejo proverbio. Y Miguel de Cervantes Saavedra parecía tenerlo muy presente tanto en El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha como en El licenciado Vidriera, ambas con protagonistas cuyo mayor encanto radica, justamente, en la locura.
Conocí a Vidriera gracias a los libros de texto de la primaria: un fragmento de esta historia estaba incluido entre las lecturas de quinto o sexto grado, si no mal recuerdo. Fue mi primer encuentro con la obra de Cervantes y, hasta la fecha, un personaje que prefiero por encima del manchego. Por eso preferiría centrarme ahora en Vidriera, aunque sea inevitable referirme en algún momento a su hermano mayor.
A semejanza de El Quijote, El licenciado Vidriera nos ofrece también la historia de un estudioso enloquecido que recorre el mundo dando muestras de sabiduría y lucidez. Tomás Rodaja, de origen humilde, consigue licenciarse en Leyes gracias a su esfuerzo y clara inteligencia. Sin embargo, una dama despechada, en un desesperado intento por seducirlo, le provoca una de las más extrañas locuras de las que se haya tenido noticia: “Imaginóse el desdichado que era todo hecho de vidrio, y con esta imaginación, cuando alguno se llegaba a él, daba terribles voces pidiendo y suplicando con palabras concertadas que no se le acercasen porque le quebrarían.”
Gracias a esta alucinación, Vidriera —como será a conocido el personaje a partir de este momento— se transformará en un ser de terrible lucidez, a quien todas las personas se acercará, sea por malsana curiosidad o bien por interés genuino, en busca de consejo.
Y lo que parecería convertirse en una colección de dichos y consejas, va tomando la forma de una novela satírica: Vidriera, valiéndose de su locura, pone en evidencia los vicios de la sociedad española en su conjunto. Nada muy diferente, en este sentido, a lo realizado por Cervantes en El Quijote, salvo que este último se vale del código y las artes de la caballería para tal efecto, mientras Vidriera hace uso sólo de la retórica y la erudición.
El licenciado Vidriera parece ser paralela al Quijote incluso en el tiempo: escrita entre 1604 y 1606, el periodo en que apareció la primera edición de esta última. De ahí que no sean desconcertantes los paralelismos: la abundancia de lecturas y erudición de ambos personajes, la locura detonada por una fiebre repentina, la sabiduría adquirida a partir de ese nuevo estado y, por supuesto, la postrera recuperación de la cordura que trae aparejada la ruina de los personajes.
Mientras Alonso Quijano recobra la razón sólo para morir, Tomás Rodaja consigue todavía recuperar, sin éxito, su carrera en Leyes: la sabiduría de la que hizo gala durante su locura parece perder atractivo al sanar el personaje, por lo que sus antiguos admiradores lo abandonan y, empobrecido, decide finalmente seguir la carrera de las armas.
Hasta antes del siglo XVIII, cuando se intenta “curar” de manera científica la locura —con todas las clasificaciones, métodos de diagnóstico y tratamiento que eso lleva aparejado—, sus afectados parecían gozar de relativa libertad para deambular. Y recuérdese que en el mundo antiguo, se consideraba que los locos poseían cierto toque sagrado: sus alucinaciones y comportamientos estaban más ligados a la participación de alguna divinidad que a un trastorno.
Eso explicaría —por supuesto, hay muchas posibilidades de que esté divagando— que Cervantes se valga de la figura del loco para la construcción de El licenciado Vidriera y de El Quijote: un hombre que ha perdido la razón posee, como lo manifiesta en la primera de estas novelas, un más claro entendimiento y está exento, además, de las enojosas responsabilidades adquiridas con la sensatez y el sano juicio. Por ello, tanto sus acciones como sus palabras resultan menos enojosas que las pronunciadas por un hombre cuerdo, por muy docto o sabio que se pretenda.
El loco goza del privilegio de la inocencia —en el sentido de la ausencia de malicia—, por ello es posible, incluso para el más vil de los hombres, escuchar sus juicios sin montar en cólera. ¿O acaso Vidriera sufre de alguna represalia por parte de sus interlocutores? ¿No acaso el Quijote consigue salir indemne de todos sus lances gracias, justamente, a su estado delirante?
Un recurso que, sin duda, se encuentra también en el Elogio de la locura de Erasmo de Rotterdam: poner en evidencia los vicios de la sociedad y salir indemne del intento sólo es posible si se recurre a un personaje que anule las defensas del público. Y, así como en el caso de Erasmo, la Estulticia es la única capaz de conseguirlo —porque “tan pronto como me he presentado para hablar ante esta tan nutrida reunión, en seguida los rostros de todos vosotros han resplandecido con una nueva e insólita alegría, habéis desarrugado el entrecejo y habéis aplaudido con una alegre y amable ovación”— también en Cervantes, sus locos Quijote y Vidriera consiguen de manera eficaz poner en evidencia a sus congéneres sin causar más molestia que una risa nerviosa.
Habría que mantener presente este elemento: tanto El Quijote como El licenciado Vidriera recurren a esto que ahora llamamos humor: ese conjunto de situaciones, actitudes y expresiones que mueven a risa y que sirven para poner en evidencia la falta de sentido o ridiculez de un conjunto de situaciones humanas sin que el interlocutor se preocupe por presentar objeciones.
¿O acaso asumimos una actitud defensiva frente a un cómico? Si sabemos que, a final de cuentas, se trata de una broma. De igual manera frente a un loco: si sus palabras están dictadas por el delirio y no por la razón, para nosotros carecen de fundamento: pueden ser escuchadas sin molestia porque ya les hemos restado validez, aunque no carezcan de verdad.
Con seguridad, Cervantes tenía clara esta posibilidad al pensar en sus personajes: la locura, a semejanza del humor, tienen a su favor esa aparente inocencia: lo que dicen no es cierto. Es apenas un divertimento para pasar el rato y que será olvidado apenas cerremos la página o termine el espectáculo.
Sin embargo, algo de aquellas palabras dichas por el loco quedará reverberando en el público, como resabios de las vibraciones provocadas por la risa. Y eso, tarde que temprano, podrá resquebrajar el orden que los retóricos —o en nuestro tiempo los humanistas y científicos sociales— intentan demoler a golpes de discursos.









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