Daniel J. León Islas
Una tarde de verano apareció en la entrada de El Carrizal con una mochila a la espalda un hombre alto de tez morena, delgado, con tatuajes en los brazos y cordones de diversos colores atados a su muñeca izquierda. Nadie lo conocía y no sabían de dónde procedía. Portaba gorra negra, con un símbolo extraño parecido al número tres y lentes obscuros.
Se dirigió a la tienda del pueblo y preguntó dónde podía alojarse. Hilaria Camacho, conocida como Doña Laya, le dijo que no había lugar donde hospedarse, puesto que nadie viene a pasear a El Carrizal, pero si quería le podía rentar una cabaña.
Mientras se ponían de acuerdo, él dijo llamarse Santiago. Ella, a pesar de observarlo detenidamente, no pudo mirarle los ojos por las gafas; sin embargo, algo le decía que tenía un aire familiar.
Doña Laya era la tendera del pueblo. Viuda, de cincuenta y dos años y madre de Érick, de treinta y cuyo atractivo era el color ámbar de sus ojos.
La cabaña estaba rodeada de una frondosa vegetación de diversas tonalidades de verde. Se ubicaba en la colina de un acantilado en forma de punta que se introducía mar adentro formando una bahía. Al anochecer se escuchaba las olas golpear las rocas y al amanecer el sol iluminaba la cuesta con sus luces doradas.
Santiago, desde el primer día bajaba al pueblo al salir el sol, caminaba descalzo rumbo a la playa; al pasar por las casas, los perros ladraban incesantemente; cuando él volteaba a verlos callaban, y lo seguían con mansedumbre.
Una vez ahí, iniciaba un ritual que a los nativos les parecía extraño: se hincaba hasta tocar la tierra con su frente y se sentaba cruzado de piernas a observar cómo el mar retaba al horizonte. Los animales hacían un círculo alrededor de él; daba la impresión de hablar con ellos.
Nadie conocía los ojos de Santiago, jamás se quitaba las gafas ni la gorra, ni se detenía a hablar con nadie, cuando mucho asentía con la cabeza. Para la mayoría parecía hippie, para los demás un vagabundo, y uno que otro comentaba que era un chamán.
Su presencia seguía siendo un misterio. Al lugar sólo se podía llegar en vehículo por la distancia que había entre el pueblo y la población más cercana. Érick, hijo único de Doña Laya y chofer del autobús local, comentaba que nunca lo vio entre los pasajeros; tampoco los que tenían algún tipo de transporte lo levantaron en ningún punto del camino.
Un sábado por la noche, en su día de descanso Érick baja del camión, se enfila rumbo a su casa; al pasar frente a la cantina, dos parroquianos ebrios se hacen de palabras. Luego de golpearse, uno de ellos saca la pistola: forcejean. Se escucha un disparo que termina en el estómago de Érick: cae herido y se desangra lentamente; la gente se amontona. Santiago durante ese tiempo ha permanecido observando la escena afuera del tugurio, se acerca y con voz firme ordena que se hagan a un lado; se arrodilla, se quita la gorra y las gafas, le toma la mano y le dice: “No tengas miedo, en verdad, jamás morimos”. Empieza a emitir un sonido que nadie había escuchado antes. Entre más elevaba la voz, la vibración sonora parecía abrazar a todos los presentes. Sin saber por qué, todos empiezan a llorar, mientras los perros se hacen presentes acomodándose en círculo alrededor del caído y empiezan a aullar de manera desgarradora.
Érick agonizante, con la mirada perdida parece darle las gracias y exhala su último suspiro. Empieza a llover. Santiago levanta sus manos hacia el cielo y las abre.
Abriéndose paso entre la multitud, Doña Laya contempla a su hijo, se hinca y se aferra al cuerpo… Sus alaridos se escuchan por toda la costa. La muchedumbre enardecida procede a linchar al par de borrachos. Santiago grita: “¡Deténganse!”, y los mira fijamente. Por primera vez descubren el color de sus ojos, se sorprenden por el brillo inusitado: son idénticos a los de Érick. Ante la mirada atónita de la gente se aleja rumbo a la colina.
Esa noche, entre llantos, rezos y cánticos, velan en su casa a Érick; los amigos y conocidos dan el pésame a la familia. Al día siguiente lo entierran por la tarde.
Al amanecer del lunes, Doña Laya siente un extraño impulso por ir a ver a Santiago y camina hacia la cabaña. A lo lejos ve que se dirige a la playa como todos los días. A corta distancia observa el ritual; los perros rodean a Santiago, quien en ese momento mira hacia el cielo, mientras que un halo de colores bordea el sol naciente. De pronto descubre que Santiago no está solo, hay otra persona junto a él, pero la luminosidad la ha deslumbrado, no distingue quién es. Se acerca para averiguar y a unos pocos metros se detiene súbitamente. No lo puede creer, es su hijo Érick. Sus ojos se llenan de lágrimas y asombrada ve cómo los dos se desvanecen. Sólo están la gorra, las gafas y los perros rompiendo el círculo.









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