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El duelo de Roland Barthes

· noviembre 6, 2015

Antonio Bello Quiroz

 

El universo de Roland Barthes es evidentemente un universo femenino: sus recuerdos, que le forjan una historia que le aleja de los clichés y lo hace un excepcional habitante de la lengua, lo ligan con sus abuelas: una llena de vida, hermosa, parisina, la otra provinciana y dominadora de un pulcro francés; sus herencias. Pero si alguien de ese universo femenino fue determinante en la vida del excepcional semiólogo fue su madre, con quien vivió hasta la muerte de ella.

Entre los muchos universos discursivos con los que dialogó Barthes se encuentra, como debe ser en todo intelectual contemporáneo que se precie, el psicoanálisis. Así lo deja ver, en un tono trágico y cómico a la vez, en su autobiografía, Roland Barthes por Roland Barthes: “Ni padre que matar, ni familia que odiar, ni medio que rechazar: ¿gran frustración edipiana!”

A la muerte de su madre, Barthes empieza a escribir una serie de notas en papeles sueltos sobre lo que vive durante su duelo; nos muestra la transformación de un llamado a la muerte a una iniciación a la vida. Leeremos aquí algunos elementos de su diario a la luz de los aportes del psicoanálisis con respecto al duelo y la melancolía.

En 1915, el mismo año del nacimiento de Barthes, Freud realizó el primer borrador del texto que conocemos como Duelo y melancolía. Se puede considerar éste como una extensión del trabajo sobre el narcisismo que Freud escribiera un año antes en su relevante Introducción del narcisismo, de 1914. Lo que Freud va a destacar de la melancolía es su definición fluctuante y su capacidad para presentarse en diversas formas clínicas.

Ante las diversas formas clínicas a que se refiere Freud, y que podemos observar en la propia práctica clínica como “estados melancólicos”, se presentan con el rostro de la adicción, la desolación, las patologías del acto, el consumismo, la autoagresión o el abandono.

Hace cien años, cuando Freud realiza Duelo y melancolía, describe similitudes y diferencias entre estos dos afectos, señalando que ambos son respuestas ante la pérdida de un objeto amado (lo que aquí veremos con Roland Barthes y la muerte de su madre).

Freud destaca que el duelo es una respuesta normal y esperada, donde no hay nada inconsciente referido a la pérdida; a diferencia del padecimiento del melancólico, que sabe a quién ha perdido, pero no qué ha perdido en esa pérdida.

Respecto del duelo, al final del Seminario VIII Sobre la transferencia, Jacques Lacan señala que “el duelo consiste en autentificar una pérdida real, pieza a pieza, signo a signo […] hasta agotarlos. Cuando esto está hecho, se acabó.”

El duelo consistiría entonces en que el objeto, una vez perdido, deje de importar: se acabó.

El duelo, así visto, se realiza en dos tiempos: en el primero se pierde el objeto, y lo sustituye la aflicción de la pérdida; en el segundo, se pierde la pérdida.

En el segundo tiempo se realiza una segunda pérdida; en la elaboración se trata entonces del duelo del duelo. Así, el que llora sufre porque aún no ha perdido; el que realmente perdió deja de llorar. Este segundo tiempo es justamente el que falta en la melancolía. Es posible entonces decir que lo que se acaba en el duelo, no se acaba en la melancolía, donde se eterniza el sufrimiento. Tanto el duelo como la melancolía son reacciones del yo ante la pérdida de un objeto. La realidad da su veredicto, dice Freud: el objeto se ha perdido.

Ante esta pérdida, una vez perdido, si el objeto va a parar a la fantasía, donde podrá ser sustituido por otro, se realiza el penoso trabajo donde la libido abandona todas las ligaduras con el objeto. Se habla de estados melancólicos ante la evidencia de que la sustitución del objeto se suspende.

En lo que sigue, abordaré esta diferencia entre duelo y melancolía a partir de Roland Barthes y su elaboración del duelo ante la pérdida de su madre.

Nuestro intelectual francés, profesor de semiótica en la Escuela Práctica de Altos Estudios en París, vive en con su madre hasta que ésta muere el 25 de octubre de 1977. Ante la muerte de su madre (la pérdida del objeto, digamos), al día siguiente comienza a escribir un Diario de duelo. Lo escribe entre el 26 de octubre de 1977 y el 15 de septiembre de 1979. Es decir, durante casi dos años.

Si atendemos a los tiempos en que se dice desde la psicología o la psiquiatría que debe hacerse un duelo “normal”, entre seis meses y un año, el duelo de Barthes ya sería calificado como patológico. Sin embargo, no son éstos nuestros criterios.

Hemos anotado que el duelo se realiza en dos etapas, que, insisto, no corresponden a un tiempo cronológico sino a un tiempo lógico, singular: la primera ante la pérdida del objeto; la segunda cuando se pierde la pérdida.

El Diario de duelo de Barthes recorre estos dos momentos. Está conformado por tres partes: “Diario de duelo”, “Continuación del diario” y “Nueva continuación del diario”. Además de algunas notas sueltas, no fechadas y algunos datos sobre su madre.

Resulta interesante notar ciertas variaciones entre el primer “Diario de duelo” y sus continuaciones. El propio Barthes se apercibe, apenas comenzada la “Nueva continuación del diario”, de cierto enrarecimiento de sus notas.

El paso del tiempo puede no haber gastado el duelo, pero sí es posible que lo haya transformado en otra cosa, lo cual parecía ser una intención del autor, quien escribe: “No suprimir el duelo (la aflicción) (idea estúpida del tiempo que abolirá) sino cambiarlo, transformarlo, hacerlo pasar de un estado estacionario (estasis, nudos en la garganta, recurrencias repetitivas de lo idéntico) a un estado fluido.”

La escritura es el medio de elaboración del duelo que nuestro autor ha escogido, es ahí donde él verá las variaciones del proceso. Lo que al principio del diario, plantea Barthes, es un aferramiento a la escritura para que no venga la depresión, páginas después, el autor desea integrar la aflicción a la escritura. Señala: “creencia en que la escritura transforma en mí los ‘estasis’ del afecto, dialectiza las ‘crisis’”.

Aun cuando hay un reconocimiento de estar “orillado sin salida a la muerte”, dicho por Barthes con toda crueldad, sin embragues, nuestro personaje no se entrega a este “sin salida”; por el contrario, la escritura le permite disolver la inmovilidad que lo llevaría a poder narrar lo que en principio se presenta como inenarrable. Hace fluido lo inmóvil.

No busca dejar de sentir el dolor de la pérdida, no busca anestesiarse, no busca suprimir el duelo como se suprime una enfermedad; no, lo que hace es volver fluido lo inmóvil.

Si en la primera parte del libro, primera parte del duelo, se reconoce como “orillado sin salida a la muerte”, en la segunda parte, la llamada “continuación del duelo”, se reconocerá como “orillado sin escapatoria a iniciarme en el mundo”.

Auténtico movimiento de posición subjetiva. Así el rechazo del mundo, de la mundanidad, lo que planteaba al principio como el deseo de un “suave desterramiento: la ausencia del mundo (mi mundo) sin soledad” se transforma en un afán de estar inexorablemente expuesto a iniciarse en ese mundo que había rechazado.

El proceso no ha sido sencillo. Como señalaba Freud, va recogiendo pedazo a pedazo, dolida y dolorosamente, lo que lo ligaba al objeto de amor, su madre. Hay que reconocer el valor de que Barthes vivió durante toda su vida con su madre. Tenía para entonces 62 años.

Lo primero con lo que se encuentra es con su presencia ausente al regresar al departamento en que vivían. Escribe pocos días después de la muerte: “Lunes 15 hrs. Vuelvo a entrar de regreso por primera vez al departamento. ¿Cómo voy a poder vivir aquí yo solo? Y simultáneamente la evidencia de que no hay ningún lugar donde cambiarse.” Sin ella, todo el departamento es un lugar para cambiarse, pero él ha perdido su lugar.

El duelo es un trabajo incesante, no conoce descanso, nos invade en la cotidianidad. Así lo narra Barthes: el 4 de noviembre escribe: “el día de hoy, hacia las 17 horas, todo ha sido más o menos ordenado; está ahí la soledad, mate, a partir de ahora ya no hay otro término sino mi propia muerte […] nudo en la garganta: mi desgarradura se activa al hacer una taza de té, un pedazo de carta, al poner en su sitio un objeto —como si, cosa horrible, yo gozara del departamento arreglado ‘para mí’, pero este goce se pega a mi desesperación […] Todo esto define el desprendimiento de todo trabajo”.

Un año después de la muerte de su madre, Roland Barthes expresa en el diario su miedo al aniversario. Escribe: “Se acerca el día del aniversario de la muerte de mamá. Tengo miedo, cada vez más como si ese día (25 de octubre) ella debiera morir por segunda vez.”

La muerte de la madre, su ausencia, le revela a Barthes algo esencial. Escribe en el diario después de hacer referencia al cuento de Tolstoi El padre Sergio: “[oh, la paradoja: yo, tan ‘intelectual’, al menos acusado de serlo, yo hasta tal punto tejido de un metalenguaje incesante (que defiendo), ella me dice soberanamente el no-lenguaje]”.

Con esto cierra la primera parte del libro, la primera parte del duelo, donde el objeto perdido es llorado. Se abre la segunda parte, donde la pérdida se pierde. El reconocimiento del encuentro con el no-lenguaje produce un cambio en la vivencia.

Barthes escribe titubeante el 4 de noviembre de 1978: “estas notas de duelo se enrarecen. Enrarecimiento. ¿Qué, el devenir inexorable, el olvido? (¿‘enfermedad’ que pasa?) Y sin embargo […] Pleamar de aflicción —abandonadas la riberas, nada a la vista. La escritura ya no es posible”.

El trabajo de Barthes nos lleva a pensar en el dolor como una forma subjetiva de nombrar el sufrimiento psíquico. El escritor se coloca en la báscula del placer-displacer referido a una pérdida de objeto, o la amenaza de una pérdida, tal como se refiere al dolor Freud en Inhibición, síntoma y angustia. Este vaivén entre placer y dolor lo podemos encontrar narrado por Barthes cuando nos habla de los seis meses que se pasó cuidando a su madre, ya muy enferma. Escribe el 10 de noviembre, poco menos de un mes después de la muerte de su madre: “Se recomienda ánimo. Pero el tiempo del ánimo era cuando ella estaba enferma, cuando la cuidaba viendo sus sufrimientos, sus tristezas, cuando me tenía que esconder para llorar. A cada momento había que tomar una decisión, asumir una figura, y eso es el ánimo —ahora ánimo querría decir querer vivir y de eso ya se tiene demasiado”.

Complejo resulta identificar un duelo patológico o la melancolía en tanto que en el proceso de duelo, como Barthes nos permite probar, se pone al límite el narcisismo hasta casi llevarlo al colapso, poniendo en juego la identificación del sujeto con el Yo ideal. En este caso, Barthes se identifica con su madre, es ella misma. Escribe: “Hacia las 18 horas: el departamento está caliente, mullido, iluminado, limpio. Lo hago así con energía, devoción (lo gozo con amargura): a partir de ahora y para siempre soy mi propia madre.”

La detallada escritura de los tiempos del duelo en Barthes nos permite, sin por ello en absoluto pretender hacer un psicoanálisis, identificar los tiempos del duelo planteados por Freud y el psicoanálisis.

Nos lo permiten porque trabaja con el mismo material que el psicoanálisis: la palabra. Es por la vía de la palabra que Barthes ubica los lugares que se establecen ante un hecho tan subjetivamente comprometedor como es la pérdida de la persona amada. Es con la palabra, en este caso escrita, y con sus entonaciones donde la subjetividad se revela, es la clínica un espacio donde la subjetividad se escribe y es ahí donde un sujeto podrá inscribirse.

El duelo compromete a desasirse de posiciones tomadas en el amor, reconstruir el vínculo libidinal, sellar el desgarramiento que la pérdida produce, el lento y doloroso trabajo de duelo es, tal como nos lo muestra Barthes en su Diario de duelo, la forma de ligarse a la vida.

 

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