Antonio Bello Quiroz
Nada se sabe, todo se imagina.
Somos cuentos contando cuentos, nada
Ricardo Reis
(heterónimo de Fernando Pessoa)
…un ego nunca está solo.
Cuenta siempre con un extraño mellizo, el yo ideal
Jacques Lacan
La figuración más propia de lo humano, su doble más auténtico, es la muerte. Desde el momento del nacimiento, todos cargamos con un doble fantasmático portador de muerte, la vida transita con un costado de muerte. Cuando se nos da la vida se nos da la muerte, y al dar la vida también damos la muerte, como dirá Derrida. La presencia del doble nos revela como errantes de la vida, vagabundos del ser.
Es interesante saber que la palabra con que en alemán se designa al doble es Doppelgänger, que se refiere al doble de una persona viva (por tanto el doble es un no vivo), y está compuesta por Doppel, que significa justamente doble, y Gänger, con la que se designa lo errante. Por cierto, una forma de llamarle a los muertos vivientes (zombies) es errantes, muertos en vida, muerte errante, por tanto “viva”.
Según el Diccionario de uso del español de María Moliner la condición de errante se aplica a una persona o cosa que va de un lado a otro sin tener residencia o emplazamiento fijo, lo que nos permite pensar que una de las funciones del doble es mostrarnos nuestra condición errante. El doble se presenta para anunciar nuestro vínculo errado con la vida, nuestra marca de muerte.
En toda época (como lo constatan las mitologías, las tradiciones, la literatura e incluso la ciencia), hasta nuestros días, hay producciones de las culturas que dan lugar a la figura del doble. La historia de la humanidad bien podría ser, parafraseando a Antonin Artaud, la historia del teatro y su doble. Si el teatro es la vida, el doble es la muerte que se anuncia.
En algunas tradiciones la figura del doble ha sido vista como un “augurio” o “presagio” que se materializada en un “espectro” o fantasma que habla y anuncia la muerte (la enfermedad o la catástrofe). La experiencia del doble ocurre como una figuración anticipada de la muerte, como su emisario. La presencia del espectro que anunciaba la muerte, en otros tiempos (como enseña Philippe Aries), era tomado como un generoso aviso que permitía al enterado poner en orden sus cosas con el mundo y con Dios, y arribar así a “una buena muerte”. La mala muerte, por el contrario, era la que llegaba de súbito, sin anunciarse, como un castigo. Las percepciones, en nuestra época se han invertido.
La literatura y el teatro transforman la figura del doble en personaje, y desde ahí ha construido una extraordinaria cantidad de historias magníficas que le conceden un lugar preponderante a la figura y personaje del doble. Así ocurre en la novela de Robert L. Stevenson El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, donde la dualidad propia de lo humano se nos muestra en la persona del Dr. Jekyll. La historia surge de una pesadilla donde, a partir de sus experimentos, el Dr. Jekyll hace surgir de él su otro oscuro, representado por Mr. Hayde, quien comete atroces asesinatos que el prudente y correcto Dr. Jekyll no puede reconocer como propios. Lo propio y lo que le resulta ajeno se confunden en la conciencia de Dr. Jekyll, quien no admite que se trata de los dos costados de él mismo.
El escritor portugués y premio Nobel José Saramago nos narra la historia de Tertuliano Máximo Afonso y su doble Antonio Claro en su novela El hombre duplicado. Ocurre en la narración que un buen día, un profesor le presta una película a un colega y éste, al proyectarla, descubre que entre los personajes tiene un doble exactamente igual a él. Un encuentro con lo real. Máximo Afonso buscará el encuentro con Antonio Claro sólo para irse a percatar que la identidad compartida no sólo era física sino también psicológica. Los enigmas propios se activan hasta volverse desquiciante: Máximo se angustia y pregunta ¿cuál será de los dos el primero, el original? Y, más trascendente aún, se cuestiona: si son idénticos, ¿quién morirá primero?
Quizá aquí podamos entender el horror que Borges le tenía a los espejos y a todo efecto de duplicación, como la paternidad.
Otro escritor portugués, ahora poeta, Fernando Pessoa, le da lugar a una presencia del doble que constituye una auténtica creación estética; le da lugar a heterónimos, es decir, inventa ficciones completas (algunas incluso con fecha de nacimiento y fallecimiento) de personalidades: Álvaro de Campos, Ricardo Reis y Alberto Caeiro son los heterónimos más relevantes, además de Bernardo Soares a quien hace ser autor del Libro del desasosiego. El doble abre el tiempo de la errancia, la desazón que, como enseña Freud, se presenta como tendencia en el sujeto, y en su forma radical es la melancolía
Freud reconoce en todo momento que la literatura, y en particular la poesía, se adelanta al psicoanálisis. Por ello, lo mismo que hace con la mitología, con frecuencia recurre a ella para ilustrar algunas de sus ideas, lo mismo las extrae de esas fuentes. Así lo hace, por ejemplo, para darle lugar al tema de lo siniestro (donde aborda la cuestión del doble), a partir de analizar la novela Los elíxires del diablo de E. T.A Hoffmann. La novela narra la historia de Fray Medardo, cuyo padre muere durante su nacimiento, quien tras tomar los elíxires del diablo corrompe su alma y se entrega a la lujuria. Se encuentra con su doble, el conde Victorino. Fray Medardo toma la identidad del Conde Victorino y comete una serie de crímenes, hasta que se enamora de Aurelia e intenta redimirse. Amor y muerte se confunden, se contienen, algo del doble se juega en el encuentro amoroso, una dimensión narcisista según enseña Freud.
Son varios los grandes escritores que han sido seducidos por el fascinante y fecundo tema del doble: Borges, Guy de Maupassant y su El Horla; también el gran Fiedor Dostoyevski en 1946 escribe una novela que se llama justamente El doble.
El tema del doble en absoluto resulta ajeno al psicoanálisis. Freud, en 1919, escribe Lo siniestro. Ahí, el maestro vienés, fiel a su reconocimiento por la primacía de la literatura, reconoce en el poeta y filósofo Schelling la certeza de la definición lo ominoso que Freud reconoce como propia: “…lo siniestro (unheimliche) es todo lo que, estando destinado a permanecer en secreto, en lo oculto, ha salido a la luz”.
Freud realiza en Lo siniestro una disección de la figura del doble.
Dirá que con el fenómeno o figura (personaje) del doble se presenta una identificación hasta el punto de situar el propio yo en un lugar ajeno. El doble, según Freud, permite el retorno de lo mismo por varias generaciones, pero también, y más radical aún, nos dice que el doble se presenta como anunciador de la muerte o la pérdida. Los relatos literarios mencionados arriba, y muchísimos otros, cumplen con esta condición.
Más cercano a nosotros, el psicoanalista francés Jacques Lacan en su seminario 3 Las psicosis (1955-1956) hablaría del doble a partir de señal que “…un ego nunca está solo. Cuenta siempre con un extraño mellizo, el yo ideal […] la fenomenología aparente de las psicosis indica que ese yo ideal habla. Es una fantasía, pero a diferencia de la fantasía, o del fantasma, que ponemos de manifiesto en los fenómenos de la neurosis, es una fantasía que habla […] ese personaje que le hace eco a los pensamientos del sujeto, interviene, lo vigila, nombra a medida que se suceden la serie de acciones, las prescribe…”, y dirá, más contundente aún, “No hay pues ego sin ese mellizo, digamos, preñado de delirio”.








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