Antonio Bello Quiroz
Desde el fondo remoto del corredor, el espejo nos acechaba. J. L. Borges
El tema del doble ha sido un tópico constante en la literatura de todos los tiempos; forma también parte de las fantasías recurrentes en todas las culturas. Pienso de botepronto en una novela de José Saramago, El hombre duplicado, donde se juega con la idea de que un día Tertuliano Máximo Afonso, profesor de historia, se encuentra consigo mismo al ver una película que le ha presta su colega, profesor de matemáticas. Se ve en otro que es a la vez él mismo, pero siendo otro.
Sabemos que en la antigüedad el uso de la figura del doble era recurso frecuente, tanto dramático como en la comedia, motivo constante de equívocos y enredos. Ecos de estos planteamientos podemos encontrar en una importante cantidad de obras literarias modernas. Para muestra tenemos que mencionar sin duda El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, de Robert L. Stevenson. El Dr. Jekyll en sus experimentaciones hace surgir dentro de él a una extraña presencia que es él mismo pero a la vez alguien absolutamente desconocido. Dentro de él vive Mr. Hyde, personaje que se permite placeres que el recatado Dr. Jekyll no concibe reconocer siquiera. La apetencia del Mr. Hyde va en aumento, como una adicción, hasta que invade la vida toda del doctor, que termina por suicidarse en su laboratorio, bajo el supuesto de que así escaparía de “eso” que le habita. Sin embargo, al encontrar el cuerpo, se trata de Mr. Hyde; al Dr. Jekyll no se le encuentra por ninguna parte.
Machado escribe “somos víctimas —pensaba yo— de un doble espejismo”. El doble funciona como espejo: se trata de una imagen (o presencia) que nos reduplica, pero, y éste es el punto, dejando ver lo desconocido que nos habita; nos re-duplica hasta entregarnos a lo abominable de la repetición del error hasta el infinito, como quiere Borges. El escritor argentino, lo sabemos, aborrecía los espejos (tanto como aborrecía la paternidad: reproducirse) y el horror que le producía la idea de que al verse reflejado en ellos en algún momento pudiera ver algo que no era él. Se refiere al horror personal que conlleva la disolución del yo, a la pérdida de la identidad; hace incluso al espejo símbolo del Mal. Escribe en Quinta noche: “Realmente es terrible que haya espejos, creo que Poe lo sintió también […] Nos hemos acostumbrado a los espejos, pero hay algo terrible en esa duplicación visual de la realidad.” El tema de la identidad asume en Borges características de pesadilla especular, donde el yo se va desdoblando hasta disolverse. Lo espeluznante ha de resultar del encuentro desdoblado con uno mismo: éste es el núcleo de la pesadilla en Borges, el encuentro con lo Real del sí mismo. Que no podría ser sino el encuentro con la propia muerte.
En Borges el tema del otro (del otro-yo) es recurrente y su insistencia, como ya vimos que ocurre con el Dr. Jekyll y Mr. Hyde, la experimenta consigo mismo. Se desdobla y escribe en Borges y yo: “Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas.” Pero el otro yo no es el semejante, no es el ideal; se trata de lo siniestro, lo más desconocido que habita al yo: la muerte. En su poema Junín afirma Borges: “Soy yo, pero soy también el otro, el muerto.”
Una referencia literaria más: Dostoievski escribe en 1846 su segunda novela, El doble, donde Goliadkin un buen día entra en contacto con un hombre que es idéntico a él. Ser dos resulta atractivo en un principio, incluso divertido, pero no por mucho tiempo; pronto ese “otro Goliadkin” empieza a hacer cosas que el original no consentiría: estafa a sus jefes y termina provocando su desgracia.
Sigmund Freud, en 1919, escribe dos textos relevantes. Ambos no pueden desligarse: por un lado, Más allá del principio del placer, que marca un giro determinante de su propuesta teórica. Ahí postula que, contrario a lo que había sostenido en el sentido de que la vida anímica estaba comandada por el principio del placer, hay una fuerza más primitiva que gobierna la vida psíquica, y confiesa que no le queda más que llamarle Pulsión de muerte. Por otra parte, en el mismo año escribe Das Unheimliche, que ha sido traducido como Lo ominoso o Lo siniestro, lo que pertenece al orden de lo terrorífico, lo que excita angustia y horror. Siguiendo a Schelling, Freud señala que lo siniestro es todo lo que, estando destinado a quedar en secreto, ha salido a la luz. Lo ominoso es lo que a un tiempo resulta ser lo más familiar y lo más desconocido.
La idea de estar en convivencia permanente con el doble, según Freud, tiene su origen en una enérgica desmentida del poder de la muerte y es, entonces, el “alma inmortal” lo que constituye el primer doble del cuerpo. Escribe el médico vienés, hablando del doble: “estas representaciones han nacido sobre el terreno del irrestricto amor por sí mismo, el narcisismo primario, que gobierna la vida anímica del niño; con la superación de esta fase cambia el signo del doble: de un seguro de supervivencia, pasa a ser el ominoso anunciador de la muerte”.
En el fondo de lo siniestro está lo reprimido, que es convertido en angustia, y que no cesa de retornar, así es que se puede pasar de lo familiar a lo siniestro, lo extrañamente familiar. Para el psicoanalista francés Jacques Lacan la idea del doble la encuentra asociada con los celos, que en su base no tienen la rivalidad sino una identificación mental, y así, en 1938 escribe un trabajo llamado La familia, donde hace referencia a San Agustín, de la agresividad que se desencadena en la identificación especular: “He visto con mis ojos, y he observado a un pequeño que todavía no hablaba, como dominado por los celos, no podía mirar sin palidecer el espectáculo amargo de su hermano de leche, prendido al seno de su madre.” Pero así como la idea del doble se cuela con toda su fuerza destructiva en los celos, también la encontramos en la paranoia. Haciendo referencia a un trabajo de Freud, quien escribe en 1922 De algunos mecanismos neuróticos en los celos, la paranoia y la homosexualidad, Lacan destaca que el inventor del psicoanálisis señala que “la hostilidad que el perseguido encuentra en otros es el reflejo especular de sus propios sentimientos hostiles hacia esos otros”. Quizá es por ello, por lo insoportable que el doble nos revela, que los crímenes de odio (donde se busca exterminar al otro), como la homofobia, la misoginia o los genocidios, no sean sino actos que buscan acallar lo ominoso que nos habita.








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