Antonio Bello Quiroz
Las sociedades contemporáneas se encuentran organizadas bajo el ordenamiento de un discurso que Jacques Lacan llamó del amo. Más tarde, él propone pensar el rostro más descarnado del amo en un nuevo discurso que impera en nuestros días y permea nuestras prácticas cotidianas. Le llamó discurso del capitalismo.
El discurso es esencialmente la matriz de todo lazo de la palabra, en tanto que se funda en la estructura del lenguaje; el discurso es lo que anuda el lazo social. El discurso del amo aspira a establecer el dominio y sometimiento como forma imperante del lazo social. Su procedimiento para “tomar la palabra” es desconocer la diferencia del otro; lo hace con expresiones tales como “porque lo digo yo”.
Es la voluntad de dominio lo que caracteriza al discurso del amo.
Se trata de un discurso centrado en la fórmula saber = poder, de ahí que el espionaje y el chantaje del rival político (utilizados para obtener saber y con ello poder) sean las formas en que se busca establecer el sometimiento. Es un discurso, el del amo, que apunta a borrar toda oposición. En fin, se trata de un discurso sin topes, sin límites.
Sin embargo, en lo que el discurso del amo no repara es que no se puede someter completamente al otro, que hay siempre un excedente de goce que no puede ser dominado.
Ante esto, en las sociedades contemporáneas se configura un nuevo discurso, que Lacan nombra discurso del capitalista. Las consecuencias del dominio de este discurso han sido y son devastadoras, sobre todo en términos subjetivos.
Las manifestaciones de la violencia se extienden por todo el mundo, y desde luego en México las vivimos cotidianamente. Resulta sorprendente el nivel de crueldad con que la violencia se presenta, ahora ya de manera generalizada. Esta situación en México ha sido calificada como desastre humanitario.
Una realidad de violencia generalizada es la que vivimos en nuestros días: homicidios, secuestros, desapariciones forzadas, son el espejo de nuestra cotidianidad. No recién nos despertamos los noticieros nos bombardean con las cifras de los muertos y desaparecidos, los feminicidios y secuestros. Poco caso solemos prestar a esta realidad, hasta que esas noticias se van haciendo cada vez más cercanas a la nuestra.
La constitución subjetiva de la violencia como efecto del discurso imperante, el del amo, con su rostro más salvaje, el del capitalista, se funda en la ruptura del lazo social. El Capital se erige como amo y ordena y regula según su capricho las formas en que los sujetos habremos de estar en sociedad, impone nuestros gustos y modas, nos dicta a quiénes hay que elegir como gobernantes, nos engaña con el señuelo de la sugestión, con una palabra destinada a fascinar. Su trampa es hacernos creer que somos los amos de nuestra vida, que nuestras elecciones son independientes a su mandato, que con “voluntad”, con “disciplina”, con “obediencia” se puede alcanzar la felicidad. La verdad (o la post-verdad como hoy se le conoce) está puesta al servicio de vender y vender… cualquier cosa, un producto o un candidato, son lo mismo. Se trata de un discurso, el del capitalista, que no hace lazo social, más aún: lo erosiona.
Hablando del discurso del capitalista, Lacan escribe el 17 de mayo de 1972: “Esto no tiene fundamento, aunque se vea bien que es a ese punto que debería ir el discurso que no fuese del semblante, pero sería un discurso que terminaría mal, no sería de ninguna manera un lazo social, como es necesario que sea un discurso.” El del capitalista es un discurso que se propone como negando el límite que posibilita el lazo social. Nos deja ante lo peor del Padre, ante lo peor de quien sostiene la ley que regula el goce: ante el rostro más crudo y oscuro de la ley. ¡Gozar a toda costa! Ése es su mandato imperante e insensato. Con este discurso el amo capitalista instrumenta la verdad a su gusto, sin castración, sin nada que haga límite, y por tanto prolifera la segregación, la depresión generalizada, la angustia y la ambición desenfrenada. La divisa de este discurso es: “Todo vale”. Nada es inalcanzable, todo es posible lograrlo. En esta línea se inscriben las prácticas cotidianas del comercio: todo se vuelve mercancía y por tanto es accesible. No hay límite en este conglomerado metonímico de los objetos que se proponen en los medios y redes como lo que dará la anhelada satisfacción, el resultado; sin embargo, como ya se advertía, es que se produce más insatisfacción lo que lleva a demandar más y más… Así podemos vernos atrapados en esta rueda del consumo que ocupa el lugar de amo absoluto de la vida contemporánea.
Se trata, como dice Lacan, de un discurso locamente astuto pero insostenible; es decir, destinado a estallar. Ya ha dado varios avisos de este estallido y el mundo se ha puesto a temblar (con la caída de la bolsa en Wall Street, por ejemplo), pero obedeciendo a sus propios principios, vuelve a las andadas mientras haya algo que devorar, algo que consumir, algo que vender. El consumo, propongo, es el fundamento de las guerras contemporáneas, invadir territorios, ya sea física o ideológicamente, para convertir a sus habitantes en consumidores. Este discurso consume hasta consumirse.
Como es de esperarse, de la imposición de este discurso que consume hasta consumirse, de la realidad violenta que se genera para poder sostener este discurso, de las prácticas de discriminación generalizada hay restos, hay saldos. Los gobiernos que se ciñen a estos dictados del consumo se vuelven sordos y ciegos ante estos “saldos” o “daños colaterales”. Las instituciones sociales le dan la espalda a los desechos que producen. Las prácticas académicas, pedagógicas e incluso médicas están diseñadas por ese mismo modelo, por lo que ven a sus usuarios como mercancías, como fuentes de ganancia y poder…, el mecanismo que utilizan estas prácticas instrumentales es simple: atender sin escuchar. Atender sin incluir la singularidad de quienes se está atendiendo, como hace el verdugo que se tiene que tapar la cabeza para no ver a quién ejecuta y así poder pensar que al ejecutar a la víctima él mismo no es parte de lo que ejecuta.
Ante un panorama social de goce tan desbordado impuesto por el discurso del capitalista, el psicoanalista francés Jacques Lacan, en una conferencia impartida en Milán, nos propone una salida siguiendo la línea de Freud. Cito: “lo que sería necesario, es llegar a que el discurso del amo sea un poco menos primario, y un poco menos tonto”.
¿Tiene el psicoanálisis una respuesta a esta violencia generalizada? Desde luego que la respuesta es un contundente ¡no!
Sin embargo, sobre los efectos de devastación subjetiva que la realidad impone al sujeto, ante el goce desbordado, la escucha clínica desde el psicoanálisis se constituye como una experiencia y un espacio donde es posible elaborar el dolor y sufrimiento que la realidad de la existencia produce a cada uno, y uno por uno. Los efectos subjetivos como la apatía, los cuadros melancolizantes, la desolación o la intensa ira ante la pérdida del amado, pueden ser escuchados y elaborados en el dispositivo clínico propuesto por Sigmund Freud.
¿Quién escucha el sufrimiento subjetivo del huérfano que perdió a sus padres por la violencia?, ¿quién escucha el dolor de transitar por el mundo con una elección sexual que le hace vivir segregación legal, jurídica y social?, ¿quién escucha al enfermo estigmatizado, etiquetado, señalado, proscrito?, ¿quién se detiene a escuchar a los niños cuyo modo de ser es el autismo, lo que los coloca en las antípodas del discurso consumista? ¿Quién escucha el pasmo de niños, niñas y adolescentes que atiborrados de objetos no experimentan sino el vacío que se percibe en su apatía, su desolación, su indolencia? ¿Quién presta atención, sin coartadas, a la violencia de género, a los tropiezos de la sexualidad? ¿Quién escucha, en fin, la confrontación del sujeto con su sentimiento de muerte?
El psicoanálisis tiene un deber ético con el saber que Freud inició y Lacan reinventó, un saber que es capaz de darle un lugar a la pulsión de muerte, un saber hacer que permite no recular ante el dolor y sufrimiento del sujeto, un deber ético que implica estar a la altura de la época subjetiva que se vive. No podemos abonar con prácticas que tienen como estrategia cerrar los oídos a lo singular del sujeto.








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