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El día más largo

· mayo 14, 2015

Juan Norberto Lerma

 

Las primeras gotas cayeron al mediodía. No debía llover, la lluvia contravenía las tradiciones de la comunidad: en Palula preparaban las vestimentas de La Gran Fiera. Sin embargo, la naturaleza nada sabe de rituales, sólo impone sus propias reglas y arrincona los deseos humanos.

 

Casi con reverencia, los habitantes de Palula escucharon la cadencia de las gotas y pareció que se adormilaban. Oyeron caer algo parecido a una música vaporosa que se les escapaba entre los resquicios de la memoria. Absortos en el olor a raíces que la tierra desprendía, se olvidaron del ruido de las gotas sobre sus techos metálicos y continuaron moliendo piedras y lamiendo cristales anaranjados.

 

En el centro de la tarde aún había un sol blanco cubierto por velos innumerables. Durante la noche, en los salones elevados hilarían las vestimentas blancas y violentas de La Gran Fiera. Sin embargo, advirtieron que detrás de un monte con formas de doncella, trece nubes albergaban una sola parte de la ira del mundo, y se acercaban.

 

En las orillas de Palula comenzaron a formarse pequeños remolinos de polvo, los cuales fueron creciendo hasta que parecieron convertirse en elevados muros de harina. Entonces, comenzó a llover. Las gotas les recordaron el ruido que hacían las semillas de las tilimas, unas plantas de flores azules que volaban a la boca de los hombres que curaban a los enfermos con ensalmos y humo de colores. El cielo se tornó gris y todas las nubes se volvieron como si fueran una sola. Los habitantes de Palula cerraron puertas y ventanas, dispuestos a esperar mejores tiempos para fabricar las vestimentas de La Gran Fiera.

 

Llovió esa tarde y continuó lloviendo hasta que el día y la noche dejaron de tener significado. Dormían cuando tenían sueño y comían cuando se despertaban. La gente se recogió en sus casas indefinidamente; unos optaron por cultivar flores de barro durante la estación baldía, y abuelas y madres se dedicaron a mirar arrobadas durante horas el crecimiento de los huesos de sus descendientes desnudos; otros, procurando vencer su indolencia, continuaron hilando lava y de cuando en cuando husmeaban los sueños de los vecinos. Llovió inmoderadamente durante quince mil seiscientos cuarenta días.

 

Cuando la lluvia finalmente se detuvo, había un sol lavado a la mitad del cielo. Las nubes se habían ido y dentro de las casas aún se escuchaba el molino de la piedra y el lengüeteo a los cristales.

 

La gente comenzó a salir. Las calles ya no existían, la ciudad parecía improbable, pero ahí seguía. Quienes se encontraban, se veían como perfectos desconocidos. Sin embargo, en Palula había un ambiente festivo; a lo lejos, La Gran Fiera gruñía.

 

Los niños chapaleaban entre las raíces de árboles blandos y pelados y los más viejos descansaban la mirada en la cumbre que semejaba una doncella. De los pocos que se conocían, ninguno mencionaba la lluvia ni parecía acordarse de ella. Miraban las nubes blancas y los pájaros con sus miradas nuevas y parecía como si ellos fueran los primeros humanos en mirarlos.

 

Media hora más tarde, volvieron a moler piedra rosa, la hirvieron e hicieron caramelos. Las mujeres, adornado el caballo con estelas violetas y oro, terminaban de bordar arabescos de constelaciones celestes y cabezas de tigres en largos trozos de tela nacarada; los hombres, coloreaban efigies de lagartos con penachos encrespados y se las calaban. Durante la lluvia habían muerto miles, pero Palula continuaba viva. Acaso fuera posible que en el calendario de su raza sólo hubiera transcurrido un día. Ayer había llovido, sin embargo, mañana podrían vestir al fin a La Gran Fiera.

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