Antonio Bello Quiroz
El deseo es propio de lo humano y, quizá por ello, resulta ser aun afecto de complejidad extrema. La palabra deseo proviene del término latino “desiderium”, que etimológicamente significa “dejar de contemplar los astros con finalidades augurales”. Desear es, en este sentido, separarse del cosmos, exiliarse de la naturaleza. “Desiderare” significaba, en efecto, darse cuenta de la ausencia de los sidera, de los astros.
En el deseo, dice Descartes en su Tratado de las pasiones: “Advierto que agita el corazón más violentamente que ninguna otra pasión y provee al cerebro de más espíritus, que, pasando de él a los músculos, hacen más agudos a todos los sentidos y más móviles a todas las partes del cuerpo”.
Pero ¿qué es el deseo? ¿Una pulsión que nos inclina irremediablemente hacia un objetivo irracional o quizá una necesidad interna elegida deliberadamente, negociación racional mediante? Sin duda, esta afección inasequible para la conciencia tiene un carácter ambiguo, no podría ser de otra manera. Hay para quienes el deseo (el que supone suyo y el que supone ajeno) es causa de sufrimiento y conduce a su aniquilación; por tanto, hay que rehuirle. Hay también quienes sostienen que, por lo contrario, el deseo dota de sentido a la vida y es móvil de inspiración y productividad.
Según se consigna en el Diccionario de filosofía de José Ferrater Mora, el concepto de deseo tiene importantes variaciones de acuerdo con las diversas escuelas y posiciones filosóficas. Para Aristóteles, el deseo es uno de los componentes del apetito y no sería necesariamente irracional, sino que, por el contrario, podría ser un acto premeditado que tiene como objeto algo sobre lo que se ha de decidir. En este sentido, aquello que es llamado “elección” o “preferencia” sería un “deseo deliberado”. Para Platón, la cuestión es muy diferente: en primer lugar, plantea un contraste entre deseo y razón. Aunque en rigor admite la existencia de diferentes tipos de deseos, los necesarios y los innecesarios, e incluso considera la posibilidad de que el deseo pertenezca exclusivamente a la naturaleza del alma, el deseo opera como una parte del alma, pero es la parte que obstaculiza que el alma alcance por completo el carácter racional: el deseo es la pasión del alma. Esta idea no es infrecuente en la filosofía de la antigüedad. Sin embargo, el término “pasión” no debería necesariamente entenderse de modo exclusivamente despectivo. Así, por ejemplo, Zenón veía al deseo como una de las cuatro pasiones necesarias junto con el temor, el dolor y el placer. En Tomás de Aquino el deseo no es tan sólo un apetito sensitivo. Para este filósofo medieval, el deseo puede ser sensible o racional y expresa la aspiración por algo que no se posee. Sin embargo, Tomás diferenciará entre el deseo y el amor o delectación. En efecto, el deseo puede ser bueno o malo, pero esto dependerá del objeto hacia el que éste se enfoca.
En tiempos modernos, también podemos encontrar que el deseo suele aparecer bajo el concepto de “pasión del alma” y sobre este afecto se despliega un velado y ambiguo interés psicológico. Algunas posturas filosóficas que dan sustento a la modernidad se han ocupado de este difícil concepto. Descartes lo verá como una agitación del alma causada por los espíritus que la disponen a querer para el porvenir las cosas que se representan como convenientes para ella. Para Spinoza, el deseo es simplemente el apetito acompañado por la conciencia de sí mismo. Según Hegel, la conciencia de sí mismo es el estado de deseo en general, en tanto que la condición de deseo y de trabajo aparece en el proceso en que la conciencia vuelve a sí misma en el curso de sus transformaciones como conciencia desgraciada. Hegel afirma que solamente se desea otra conciencia, no se desea un objeto por más valioso que pueda ser. Lo que en el deseo se mueve es el deseo del deseo, el deseo de ser deseado.
El famoso seminario de Alexandre Kojève, además de poner en contacto el pensamiento francés con la filosofía hegeliana, representó una interpretación original de la obra de Hegel. El deseo aparece allí como dinámica de la antropogénesis. El “otro” en Kojève no es un objeto de la relación de conocimiento, sino el objeto de deseo. El deseo es un deseo de “reconocimiento”. Esta es una idea que se reitera. Según René Girard, discípulo de Kojève, ésta es la naturaleza “mimética” del deseo. La contemplación del acto cognoscente revela solamente el objeto. Únicamente el Deseo —escrito con mayúscula en el texto de Kojève— puede dirigir al sujeto que se contempla a sí mismo, puede impulsarlo a decir “yo”, moi. Para el filósofo existencialista francés Jean-Paul Sartre, el deseo no es pura subjetividad aunque tampoco pura apetencia. Para este pensador, la intencionalidad del deseo no se agota en el “hacia algo”, sino que simultáneamente es algo para sí mismo y para el otro deseado. En un sentido general, y especialmente en el caso del deseo sexual, para Sartre, el deseo tiene un ideal imposible porque aspira a poseer la trascendencia del otro como pura trascendencia y como cuerpo aspirando reducir al otro a su “simple facticidad”.
En la tradición del budismo, el deseo es considerado la causa de todo sufrimiento. De hecho, las cuatro verdades nobles definen a la vida como sufrimiento y al deseo como la causa de esta realidad. Lo que sigue es que para eliminar el sufrimiento es necesario eliminar el deseo, lo cual abre las puertas de la iluminación para quien esté dispuesto a seguir un camino espiritual. Esta mirada negativa del deseo se contrapone con la perspectiva positiva que sobrevuela de un modo u otro a las diferentes concepciones occidentales. Mientras que para Occidente, aun con particulares matices, el deseo aparece siempre como un motor movilizador, para el budismo el deseo simplemente paraliza e impide el progreso espiritual.
El psicoanálisis con Lacan, y también a través de las enseñanzas de Kojève, abre todo un campo de pensamiento para el deseo. Ubicado desde siempre como deseo de otro, Lacan le dedica un seminario al pensamiento del deseo y su interpretación. Ahí, en 1958, señala:
“El psicoanálisis interviene a diversos niveles para tratar con diferentes realidades fenoménicas, en tanto ellas ponen en juego el deseo. Es especialmente bajo esta rúbrica del deseo, como significativos del deseo, que los fenómenos que he llamado hace poco residuales, marginales, han sido desde el principio aprehendidos por Freud. En los síntomas que vemos descritos de una punta a la otra de su pensamiento (de Freud), la intervención de la angustia es el punto clave de la determinación de los síntomas, pero en tanto tal o cual actividad que va a entrar en el juego de dicha determinación está erotizada; decimos mejor, “tomada en el mecanismo del deseo”.
Quizá la dificultad que hemos apreciado en poder determinar qué es el deseo y a qué apunta tenga una punta de respuesta en lo planteado por Lacan, en tanto que en el deseo hay una capacidad latente de erotización.
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Esta colaboración está realizada a partir de un fragmento del libro Pasionario: ensayos sobre el crimen, editado por la Universidad Autónoma de Zacatecas.








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