Mariela Arrazola Bonilla
La historia del arte es una disciplina tradicional cuyos alcances y objetivos se han puesto en entredicho por las prácticas artísticas contemporáneas. Hablar de la repercusión y los logros de un artista vivo es escribir un momento que no puede ser fijado a pesar de su escritura.
El acontecer en la carrera de un artista da forma a su trayectoria misma, que es la construcción de una serie de actividades en el transcurso del tiempo y que puede transcender o no. Sin embargo, si hay un artista que sigue produciendo y escribiendo su propia trayectoria y que al mismo tiempo ha logrado insertarse en la historia del arte mexicano y mundial, ése es Javier Marín.
Originario de Uruapan, Michoacán, comenzó desde niño su aprendizaje en las artes gracias a la iniciativa e incentiva de su padre, arquitecto de profesión. De joven emigró a la Ciudad de México para estudiar la carrera en artes plásticas, donde comenzó a exponer en la década de los noventa.
Su obra es principalmente escultórica y se distingue por el manejo de formatos monumentales en bronce, aunque también elabora grabado y experimenta con otros materiales en la escultura, como la resina. Su tema representacional gira en torno, sobre todo, al cuerpo humano. Cuerpos gloriosamente mancillados que dignos en su vulnerabilidad se alzan por encima del espectador como dioses de otras épocas, levitando ahí pero ausentes, como si su interés yaciera en algo que no es humano. En ellos no hay historia que narrar, en ellos hay emociones que descubrir… la más amplia gama de emociones humanas, plasmadas en la rigidez del bronce que en manos de Marín se vuelve líquido y moldeable.
Su proceso, la técnica de vaciado en bronce, resumen en él el conocimiento milenario de la civilización humana. En sus obras hay reminiscencias de la escultura griega del periodo clásico y helenístico, además las formas sinuosas y los escorzos del barroco se hacen presentes a través de movimiento que tienen sus obras, mientras que en otras piezas se asoman los rasgos de la fisonomía de los indígenas mesoamericanos.
Su belleza no es la clásica tríada del bueno-bello-verdadero. Su belleza es la de lo imperfecto. Su belleza es la de lo trágico, lo histriónico, el pathos de la angustia existencial.
Javier Marín, el artista del cuerpo humano es por sí mismo un ser fragmentado, entre el futuro que lo aclama como hijo pródigo de su generación y el del presente que le exige seguir creando obra. Sus obras se pueden ver hasta el 23 de septiembre en el Museo Tecnológico de Monterrey.









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