Antonio Bello Quiroz
El psicoanálisis tiene una mirada singular del cuerpo, como singular resulta su abordaje de todo lo que concierne a la condición humana. El cuerpo no sólo es un montón de pelos, vísceras y venas, es un espacio relacional, organizado más allá de lo biológico. El hombre no piensa con su alma como imagina el filósofo, dice Lacan en un texto que en la jerga psicoanalítica se conoce como Televisión. El hombre piensa, sostiene el psicoanalista, porque una estructura, la del lenguaje, recorta su cuerpo y nada tiene que ver con la anatomía. El cuerpo en psicoanálisis es un cuerpo hecho de palabras y, por tanto, no puede ser sino un cuerpo fragmentado.
Freud nos deja una verdad incontestable hasta el momento con respecto al cuerpo: el ser humano nace de manera prematura y nace con el cuerpo fragmentado. Al nacer no hay un yo que se reconozca como tal, el infans (el que no está en el habla) no sabe que su mano es su mano, que su pie es su pie, etc. No hay reconocimiento innato de su cuerpo, entonces, tendrá que pasar un proceso de apropiación (siempre imposible) de su cuerpo. Proceso que pasa de lo imaginario a lo simbólico, y que no termina nunca dado que hay una dimensión real del cuerpo que imposibilita toda asimilación. El ser humano no nace con cuerpo, tendrá que construirse un cuerpo en la relación significante con el Otro. En 1914, en Introducción del narcisismo Freud señalará: “es un supuesto necesario que no esté presente desde el comienzo en el individuo una unidad comparable al yo”. En este sentido, todo efecto de unidad del cuerpo es una ilusión.
Es cierto que la importancia del cuerpo está dada desde mucho antes de la invención del psicoanálisis, sin embargo, la disciplina fundada por Freud, y en particular la lectura de Lacan, le da otra dimensión. Un punto referencial de este cambio ocurre cuando el cuerpo deviene morada de la muerte. Lacan, desde Freud, reivindica la presencia de la muerte en la vida. Es ante la muerte que el sujeto habla, el sujeto crea. Y es también ante la muerte que el sujeto se hace de un cuerpo. Por muchos siglos la muerte venía del exterior, era cuestión de Dios o maldición del maligno. El cuerpo no estaba habitado de la muerte. Con el Renacimiento, sin embargo, el cuerpo se vuelve morada de la muerte. La muerte baja del cielo y la vida corporal se habita de muerte. El cuadro de Rembrandt Lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp es una ilustración clásica de la búsqueda de la muerte en el cuerpo diseccionado. El cuerpo habitado de muerte nos deja como saldo un cuerpo fragmentado. El cuerpo se fragmenta en tanto que está construido por las pulsaciones del lenguaje.
El cuerpo en psicoanálisis está ligado al lenguaje. El cuerpo habla, así lo mostró el genio de Freud en su encuentro con la histeria. Los signos del cuerpo, sin embargo, son opacos, ambiguos, insensatos. El cuerpo habla también en los silencios. El cuerpo se expresa con jeroglíficos, con mensajes encriptados, es un laberinto enigmático. Freud descubre que el cuerpo habla con el lenguaje fascinante de los síntomas. Pero no sólo eso, al escuchar el habla del cuerpo escucha lo que los demás se niegan a escuchar, escucha la sexualidad femenina. Sí, el cuerpo es un cuerpo erógeno. Las vías de la sexualidad llevaron a Freud a un encuentro con la muerte. La muerte que no es vista con la simpleza de quien la supone al final de la vida; no, la muerte es una muerte que insiste en la vida, insiste en el cuerpo. De esta manera, el cuerpo se encuentra anudado por la sexualidad y la muerte, es su campo de batalla. Lo que resulta contundente (y para muchos discursos insoportable) en la enseñanza de Freud es que no hay sexualidad sino en relación con la muerte. Esto nos lleva a pensar en una nueva erótica, y nos muestra lo ingenuo de la sexología.
Si con alguna consideración del cuerpo el psicoanálisis guarda distancia es con el cuerpo de la medicina. Para la ciencia de Hipócrates, lo real del cuerpo se equipara con el organismo, con la carne, las mucosidades, las cavidades, los fluidos. El cuerpo de la medicina también es el de la anatomía, lo que se hace visible del cuerpo. Pero éste no es el cuerpo del psicoanálisis. En este discurso, el cuerpo se construye en la relación con el Otro como significante que le precede como discurso. En Psicoanálisis y medicina, Lacan escribe: “este cuerpo no se caracteriza simplemente por la dimensión de la extensión: un cuerpo es algo que está hecho para gozar, gozar de sí mismo”.
Esta lectura del cuerpo que propone el psicoanálisis nos obliga a pensarlo, con Lacan, desde los tres registros que el psicoanalista nos propone: el imaginario, el simbólico y el real.
En el registro de lo imaginario el cuerpo pasa por los dispositivos especulares que posibilitarán la vivencia de unificación del cuerpo a partir de la imagen que el Otro le devuelve. El organismo fragmentado encuentra en la imagen su unidad, su límite, su silueta, su contorno. El cuerpo entonces es reconocido con un estallido de júbilo, el niño se reconoce en el cuerpo que ve unificado en el espejo. Se trata de un cuerpo unificado, sí, pero en lo imaginario, fuera de sí, en el Otro, en la dependencia del Otro que le devuelve una imagen de sí mismo. En lo imaginario, el cuerpo es espejo de las pasiones, opera como imán erótico.
Pero el cuerpo también resulta ser como un texto, es el lugar donde se inscribe nuestra historia. En el registro de lo simbólico, es archivo del amor y el odio, cartografía de los encuentros y los desencuentros. Mapa de los abandonos y las mudanzas. En el cuerpo se encuentran inscritas las cicatrices de la infancia. El cuerpo es el portador de la historia del sujeto: sus amores y sus desamores han dejado huella, heridas quizá abiertas.
Por otro lado, en el registro de lo real, el cuerpo está hecho de gritos y silencios. El cuerpo que se resiste al signo, que no sale del aullido, grito que desgarra toda inscripción, golpe seco, lo real del cuerpo atañe al horror. El cuerpo en lo real es reducido al desecho. El cuerpo real es el cuerpo fragmentado, inconsistente.
En la experiencia amorosa podemos ver en juego estos tres registros: en principio los cuerpos se atraen, la imagen del otro es imán erótico que despierta las pasiones. El erotismo se hace presente. Pero la atracción, para no consumirse en el fuego ardiente de lo erótico, para sostenerse, convoca a las historias, los amantes se muestran al otro con sus cicatrices, sus heridas. Pero también el encuentro de los cuerpos y las historias muestran el rostro del horror, los silencios, los gemidos, los gritos, la muerte.








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