Antonio Bello Quiroz
[Hablando del discurso capitalista] … está para que eso marche sobre ruedas, eso no podría correr mejor, pero justamente, corre tan velozmente hasta consumirse, se consume hasta la consunción. Jacques Lacan
El cuerpo se sostiene como un misterio que ha interrogado a la humanidad desde mucho tiempo. Incluso no creo que sea una exageración decir que la historia de la humanidad bien puede hacerse a partir de seguir la historia del cuerpo. El cuerpo ha sido objeto de estudio, sede de los misterios, reflejo del universo, objeto de la mirada estética, fuente de dolor y satisfacción. El cuerpo ha sido alabado, flagelado, torturado, idealizado, degradado, anulado. Sobre el cuerpo se han practicado las más diversas acciones para domesticarlo, someterlo o controlarlo. Cada época despliega su mirada en torno al cuerpo y desde ahí genera sus políticas de convivencia. Sociedades enteras se han dado formas de organización a partir de las concepciones que se tienen sobre el cuerpo, vivo y muerto. Las relaciones de producción y de poder se han determinado a partir del lugar que se le da al cuerpo.
Desde el surgimiento de la Ilustración, y fundamentalmente con la Modernidad, la mirada sobre el cuerpo, correspondiendo con los discursos de las épocas, lo coloca como asimilado con una máquina. En este sentido, ha sido un lugar común decir que el cuerpo es una máquina. Efectivamente, en algún sentido, se trata de un conjunto de sistemas primarios y secundarios, teniendo a la célula como estandarte, que se encuentran programados para la conservación de la homeostasis y desde ahí alcanzar el ideal estado de salud.
Sin duda, la historia del cuerpo es fascinante, en particular para nuestra era a partir de que la medicina, desde la anatomía y la disección de cadáveres, hasta el uso de las tecnologías (pasando por la fisiología o la genética), intenta entender a la “máquina” que es el cuerpo y lo que con esa máquina se ha hecho y se hace en tiempos del capitalismo salvaje, donde el cuerpo ha devenido en mercancía.
El misterio del cuerpo se centra justamente en esa condición de interacción entre el cuerpo y el alma, entre soma y psique. Freud le da un nombre a lo que ahí se juega, le llama Trieb, pulsión. Concepto basal que hace frontera o bisagra, que va a caballo entre soma y psique. Se trata, con la pulsión, de una tercera sustancia (además de las dos sustancias cartesianas) que le da singularidad al cuerpo humano en tanto que se constituye a partir de ser atravesado por el significante, marcado por el lenguaje.
Desde los desarrollos teóricos de Freud el cuerpo no es más el mismo; el cuerpo humano ya no puede pensarse sólo en términos puramente biológicos, no operan más sólo los instintos, que son de conservación y que apuntan a la vida, ahora también hay las pulsiones que no pueden ser sino de muerte y apuntan a la destrucción. Sustancia gozante es como le llamara Jacques Lacan a esta fuerza que habita al cuerpo viviente, es decir, al hablante. El sufrimiento del cuerpo, lo inanimado, los vínculos con dolor (el dolor de existir) en el cuerpo humano son expresión de la existencia de la pulsión de muerte.
El cuerpo es un concepto fundamental del psicoanálisis. Desde 1905 Freud nos enseñó que las representaciones reprimidas “hablaban en el cuerpo”; lo hacen mediante enigmáticas inscripciones, códigos grabados como jeroglíficos. Para el psicoanálisis se trata de un cuerpo que va más allá de lo biológico. Un cuerpo hecho de palabras. Más aún, un cuerpo erogenizado por las palabras.
Parece que con respecto al cuerpo el psicoanálisis va en contrasentido de las técnicas del cuerpo que operan con la finalidad de ordenar el cuerpo, adaptarlo, hacerlo funcional. La llamada salud mental y los discursos de psicopatologización no escapan a esta intención de ejercer control sobre el cuerpo generando un discurso en el ejercicio del biopoder.
Michel Focucault va a definir el concepto de biopoder como el ejercicio del poder sobre la vida y la mortalidad de los hombres. Los sujetos, en su singularidad, son segregados, desconocidos, anulados, para de esta manera poder centrarse únicamente en lo biológico del cuerpo, incluso del mero cuerpo como señala Giorgio Agamben. Mediante este discurso, el Estado busca determinar lo que, como masa humana, debe vivir y lo que debe morir. El biopoder se ocupa de las nuevas tecnologías aplicadas a la reproducción, la alimentación, la educación. El biopoder político opera mediante la promoción de dispositivos interesados en la apropiación de los cuerpos.
La tendencia de “atención” al cuerpo se gestiona mediante un “para todos” donde la singularidad se desvanece mediante la anulación del margen entre el adentro y el afuera. De esta manera, el sujeto nunca está afuera ni dentro de las normas.
Como sabemos, el psicoanálisis surge con la Modernidad, emerge señalando sus fracturas, sus fallas, a partir de la imposición de formas de producción que producen efectos en las subjetividades. Freud es testigo de la emergencia e instauración de nuevas formas de producción, el capitalismo, y sus efectos en la subjetividad. Se trata, con el capitalismo, como dice Lacan, de un discurso muy astuto pero insostenible, destinado a estallar. Se trata de un discurso que queda por fuera del semblante. Un discurso que se sostiene en la constante generación de objetos de consumo, montado en el “todo se vale”, nada escapa a su voracidad. El cuerpo, desde luego, no escapa a estos nuevos mandatos e imperativos. Más aún, se vuelve su centro, su más caro objeto de consumo. El cuerpo se vuelve mercancía y, más que nunca, sede de la angustia. El cuerpo, vuelto imagen, se ha convertido en el más socorrido objeto de consumo.
Para señalar con toda puntualidad lo maquinal del discurso capitalista, Lacan señala que “está para que eso marche sobre ruedas, eso no podría correr mejor, pero justamente, corre tan velozmente hasta consumirse, se consume hasta la consunción”. Serpiente que se muerde la cola, entropía pura. Su destino: la destrucción.
Ahora bien, si un discurso, como lo entiende Lacan, hace lazo social, no lo puede hacer sin algo que se elimine, sin un resto, algo que queda por fuera. El capitalismo toma por máxima el “todo se vale” para desconocer este principio. Lacan, en 1967, nos revela que “nuestro porvenir de mercados comunes será balanceado por la extensión cada vez más dura de los procesos de segregación”. ¿Qué queda segregado por el mercado en nuestros tiempos no ya de capitalismo sino de capitalismo salvaje? Justamente lo que queda cada vez más segregada es la singularidad con que cada uno toma posición frente a ese gran desconocido, ese misterio, que es el cuerpo. Lo que segrega es lo diferente, la alteridad, lo Otro. Un problema central de nuestra época reside en que en la medida en que la ciencia apunta a la uniformidad, al para todos, lo diferente se hace más visible generando, con frecuencia, su silenciamiento y segregación.
En una época donde lo que impera es el mandato de gozar, gozar consumiendo, el cuerpo no puede quedar al margen. Asistimos a un tiempo donde la subjetividad pasa por el cuerpo, y donde el cuerpo y la imagen del cuerpo se han vuelto objetos de consumo de excelencia.








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