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El conocimiento de los bosques

· agosto 7, 2020

Atzin Elihu Calvillo-Arriola

 

Lo que vemos cambia lo que sabemos. Lo que conocemos, cambia lo que vemos

Jean Piaget

 

Cuando nuestros ancestros comenzaron a poblar la tierra hace unos 3.5 millones de años, los árboles ya habían evolucionado y, según Hartman,[1] ya cubrían la tierra desde hace unos 390 millones de años. Estos bosques seguramente fueron los catalizadores para que los primeros homínidos continuaran evolucionando hasta la aparición de la agricultura, hace aproximadamente 10 mil años atrás. Con la sedentarización de los primeros pueblos los bosques tomaron un rol distinto, pero sin dejar de ser proveedores de bienes y servicios necesarios hasta nuestros días.

A lo largo de nuestro paso por el planeta como especie humana, hemos sido testigos y parte de los factores de cambio que ha generado diversidad. Esta diversidad “es consecuencia de factores que promueven la aparición de nuevos fenotipos, facilitan su acumulación y operan a lo largo de un lapso geológico muy largo” (Graham, 1998; en T.P. Ramamoorthy, 1998).[2] Es decir, somos parte del sistema dinámico de los bosques, aunque probablemente sin la intervención humana su realidad sería distinta.

Estas conclusiones apenas son un ejemplo de todo el vasto legado que ha surgido desde las ciencias naturales hasta los desarrollos más novedosos de la biotecnología o genómica, disciplinas que posiblemente fueron predicciones de los primeros estudiosos de las ciencias naturales.

Bruno Latour en su ensayo “Joliot: punto de encuentro de la historia y de la física” lo utiliza como ejemplo para analizar el proceso de construcción del conocimiento científico, haciendo evidente que los investigadores, como personas, no eran el tipo de personajes que la cultura científica actual nos hace pensar.

Hemos olvidado que alrededor de los grandes descubrimientos o de la construcción de conocimiento hay seres humanos iguales que cualquier otro, con aciertos y con errores, así como con pensamientos y posturas políticas que de alguna u otra manera han incidido, al igual que los inventarios biológicos, en la construcción de cómo percibimos los territorios.

Incluso los bosques han sido espacios para el desarrollo y discusión de posturas económicas, donde algunos estudiosos como Hardin y Ostrom han formulado teorías sobre la gestión económica y la tragedia que existe en los espacios donde existen controversias socioeconómicas administrados y denominados como “bienes comunes”.

Seguramente me quedo corto con citar algunas de estas ramas de las ciencias sociales que han modificado la forma de concebir los recursos naturales. Para muchos aun seguirán siendo laboratorios vivientes, pero donde no sólo hay recursos vivos, sino recursos no vivos que también juegan un papel interesante en la resolución de las preguntas que rodean los paradigmas de la ciencia.

Sin lugar a duda, ese anhelo por el descubrimiento –y por otro lado el anhelo de la ambición–, dominó el pensamiento de los que se han llamado conquistadores, los cuales tomaron decisiones sobre territorios que ya estaba habitados por grupos originarios que, bajo la fuerza, la influencia de las creencias religiosas y científicas, dominaron a grupos humanos que ya tenían sus propios avances y conocimientos propios, pero que fueron descalificados bajo una ciencia occidental.

Estos grupos quedaron a merced de la industria impulsada por la tecnología y los descubrimientos científicos, reorganizando las denominadas clases sociales que Marx hizo públicas en su momento, revolucionando la organización de las sociedades.

Estos postulados en su momento causaron asombro e incluso críticas por únicamente nombrar sin evidencia estos sectores pero, en los últimos años, la misma economía se ha encargado de demostrar que las teorías de Marx no son más que verdades, sociedades dividas por clases y esas clases dominadas por el capital.

En este caso, los bosques y los territorios silvestres cobraron un sentido útil al ser considerados como paisajes de potencial capital, recursos que al aprovecharse generarían beneficios monetarios a quienes en su momento fueran poseedores.

Contradictoriamente en México, donde la tenencia de la tierra es de propiedad social y donde el 70% de los recursos naturales y de la biodiversidad es administrada por grupos sociales marginados, es incomprensible concebir la pobreza económica frente a una riqueza biológica como pocos pudieran tener.

Esto me lleva a cuestionarme si realmente las ciencias naturales, por sí solas, han contribuido al bienestar de las tierras forestales. Las respuestas pueden ser variadas y creo que, dependiendo del sector donde te encuentres, podrás plantear una posible respuesta.

En este sentido considero que el sistema dominante, incluyendo al sector científico, no ha jugado o generado aportes pensando del todo en la sociedad, y mucho menos en las sociedades marginadas quizás porque es imperativo que un investigador requiere de recursos para poder impulsar sus investigaciones y en esta fórmula, las sociedades rurales no necesariamente cuentan con estos recursos para costear algún tipo de investigación.

Por otro lado, sería injusto no dar crédito a todas las iniciativas científicas que, principalmente a través de los centros de investigación y universidades públicas en México, han promovido para enriquecer el conocimiento tanto biológico, ecológico, social, económico y tecnológico por mencionar algunos.

La realidad es que poco a poco nos hemos dado cuenta de la necesidad de reformar el estado actual, y ahora más que nunca la vinculación de las ciencias debiera jugar un rol protagónico. Como Latour hace evidente al narrar los acontecimientos que rodearon la controversia de la generación espontánea entre de Pasteur y Pouchet –como un ejemplo de la influencia que tiene un científico con agendas propias, y que incluso importaba sus creencias o habilidades políticas para posicionar sus temas–, se trata de aspectos determinantes para la ciencia. Por esta razón sugiero necesario que, al menos como estudiantes, busquemos desarrollar habilidades complementarias a nuestra formación como investigadores.

El conocimiento que ahora tengo sobre los bosques definitivamente no es el mismo que si hubiera estudiado el mismo tema en el siglo XVIII, pero lo que sí es claro es que en pleno siglo XXI el conocimiento generado hasta nuestros días debiera ser utilizado para involucrarnos realmente más allá de un planteamiento hipotético escrito en un laboratorio. Nos invita a mirar fuera de las aulas, de las paredes de una universidad, de las creencias políticas y religiosas para buscar construir conocimientos más auténticos y más humanos.

Podría concluir brevemente que en el conocimiento de los bosques (siendo el área de experiencia en la que me desarrollo) ha sido guiado en mayor medida por intereses económicos, es decir de las Ciencias Sociales, y en muchos casos se ha buscado resolver los problemas únicamente desde las Ciencias Naturales. Considero que el conocimiento ya no tiene que ver con disciplinas absolutas. Ahora más que nunca el trabajo colaborativo e incluyente es fundamental para crear nuevas formas de concebir la realidad, así como la intención de hacer una ciencia más humana y sensible antes las necesidades de todos los sectores, dejando a un lado el clientelismo meramente económico, dominante y voraz.

[1] Hartman, H. T., Kofranek, A. M., Rubatzky, V. E., & Flocker, W. J. (1988). Plant Science. Growth, Development and Utilization of Cultivated Plants. No. Ed. 2 Prentice-Hall, Englewood, N.J., USA. 676p.

[2] Ramamoorthy, T. P., B. Bye, A. Lot y J. Fa (comps.). (1998). Diversidad biológica de México: orígenes y distribución. Universidad Nacional Autónoma de México. Instituto de Biología, México. Ciudad de México, 789p.

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