Antonio Bello Quiroz
El 7 de mayo de 1923 Sigmund Freud, el inventor del psicoanálisis, le declara a su traductor al castellano, José Luis López-Ballesteros, su gusto por esta hermosa lengua. Le expresa el intenso deseo juvenil que lo llevó a la obra de Cervantes: “Siendo yo un joven estudiante, el deseo de leer el inmortal ‘Don Quijote’ en el original cervantino, me llevó a aprender, sin maestros, la bella lengua castellana.”
Freud es un joven judío que estudia medicina cuando se interesa por la obra de Cervantes. Sabemos bien que sus inclinaciones intelectuales le llevan a interesarse por aportaciones que van más allá de la medicina y la ciencia en general. Tiene especial predilección por el estudio de los mitos y la literatura. Quizá sea justamente este gusto por la literatura lo que le hace ser un escritor de una extraordinaria claridad narrativa, aun cuando aborde temas sumamente complejos. Esta cualidad le mereció, por ejemplo, ganar el prestigioso Premio Goethe en 1930, por la excelencia de su prosa.
A lo largo de su obra el maestro vienés tuvo diversos intereses intelectuales: lee a los siete años a Shakespeare y era capaz de citar fragmentos muy largos de la obra del escritor inglés; tradujo a John Stuart Mill, además de que leía y escribía fluidamente en griego y latín; en diversos momentos en su obra hace constantes referencias a grandes escritores: Shakespeare y su Hamlet, Dostoyevski y su caso de parricidio. Más aún, hace piedra fundamental de su psicoanálisis la lectura que hace del Edipo de Sófocles.
No resulta muy arriesgado decir que su acercamiento temprano a la obra de Cervantes ha hecho pensar que este escritor nacido en Alcalá de Henares es un auténtico antecesor cultural de Freud. Es el escritor austriaco Stefan Zweig quien compara el trabajo de Freud con la lucha de Don Quijote en contra de los molinos de viento.
Sigmund Freud mantuvo durante su adolescencia una relación intensa con un compañero de colegio llamado Eduard Silberstein; es precisamente con quien inicia de manera autodidacta el aprendizaje del español. Se encuentran en una época de la vida donde “no se entiende la amistad como un deporte o una ventaja, sino que se necesita al amigo para vivir con él”, escribe a su entonces novia Martha Bernays. Con este amigo Silberstein fundan una sociedad académica secreta. No lo hacen a la ligera, elaboran con toda solemnidad un acta fundacional, artículos estatutarios y todo lo que tal fundación requiere. Le llaman “Academia Castellana” y en ocasiones “Academia Española” (AE), con únicamente dos miembros. Durante la correspondencia que se dirigen ambos amigos abordan desde cuestiones sentimentales que comparten sus intereses científicos y filosóficos.
Una de las Novelas ejemplares de Cervantes, El coloquio de los perros, tiene especial relevancia en los intercambios de estos jóvenes que adoptan como seudónimo el nombre de los dos perros protagonistas, quienes mantienen entre sí un diálogo humorístico-filosófico, parados frente a la puerta de un hospital en Valladolid: Freud es Cipión y su amigo es Berganza.
¿Qué repercusiones podemos reconocer en la obra de Freud a partir de este pasaje cervantino? Quizá no mucho, pero sí hay algo que queda marcado como señal de su futuro trabajo: Freud adopta la posición del perro Cipión, quien de ambos es el que escucha, además de ser la personalidad fuerte, conductora e incluso firme durante el intercambio epistolar. Sabemos que más tarde en la Sociedad Psicoanalítica de Viena Freud hará justamente ese papel de conductor del diálogo y figura fuerte. De alguna manera el perro Cipión, en la obra de Cervantes, ejercía una especie de terapia escuchando las historias de Berganza en la convivencia con sus diversos amos, lo mismo que haría Freud en el futuro: escuchar las historias de sometimiento de sus pacientes a sus diversos amos. Cipión, como lo hace un analista, incita mediante preguntas específicas a Berganza a hablar de sus abandonos y los abusos que sufre por parte de una sociedad enferma.
Desde luego que un hombre con la profunda formación literaria de Freud no podría dejar de hacer referencia a la obra magna de Cervantes El ingenioso hidalgo D. Quijote de la Mancha. Es un libro que lee durante sus años de noviazgo con Martha. Freud decide regalar su ejemplar, en castellano, a su amigo Silberstein en ocasión de su cumpleaños; sin embargo, parece que él lo rechaza, por lo que se deduce de una carta que Freud le escribe: “Conecto esto con el comentario sobre tu extraña negativa de aceptar el 27 de diciembre de este año un libro como regalo mío. En principio no puedo negar que exista un artículo de la AE (que prohíbe los regalos con motivo de los cumpleaños); pero los historiadores de la AE se acuerdan de que dicho artículo fue violado no hace mucho por un miembro actualmente residente en Leipzig, y los lógicos y juristas de la AE deducen de esto y declaran como ratificado que el mencionado artículo tampoco sigue siendo vinculante para el otro miembro.” Recordemos que la AE (Academia Española) se regía por muy precisos artículos y estatutos.
Cuando Freud cuenta con 27 años realiza una nueva lectura del Quijote. Entonces le escribe a su novia Martha: “[…] Estoy leyendo mucho, empleando gran parte del día. Por ejemplo, ahora estoy poseído por el Quijote […] y más concentrado en él que en la anatomía del cerebro.”
Sabemos que Freud no es en absoluto modesto y nunca pone en duda la trascendencia de su obra; la llega incluso a comparar con el efecto que para la humanidad ha tenido Darwin. Así entonces, se identifica con el propio Quijote y señala: “nosotros somos nobles caballeros que pasamos por el mundo atrapados en un sueño”. Lo cierto es que Freud a lo largo de su obra enfrentó a toda clase de enemigos, como molinos de viento, y nunca se echó para atrás ante un planteamiento teórico, además de que era siempre capaz de reconocer sus equivocaciones e incluso modificar sus teorías, pero no por la presión de las sociedades médicas sino porque él mismo lo valoraba pertinente.
En El chiste y su relación con el inconsciente, esa obra de Freud de 1905, el psicoanalista lamenta la carencia de estudios sobre lo cómico y el chiste como mecanismos narrativos. Volviendo a El coloquio de los perros de Cervantes, bien puede verse el efecto cómico desde el momento de la obra en que Cipión le propone a Berganza dejar esa noche la guardia y retirarse a la soledad donde puedan gozar del don del habla sin ser sentidos. Éste es el chiste que cautiva a los lectores: dos perros que hablan como si fueran capaces de razón; se trata de un espectáculo anómalo incluso para los perros mismos, es decir, hacen de su sorpresa (y la del lector) síntoma.
Podemos decir que Cervantes hace síntoma en Freud y marca su propia aventura quijotesca, como hoy mismo ser psicoanalista implica combatir con gigantes molinos de viento, esos monstruos que se erigen como ilusión desde todo discurso “científico”, incluso los provenientes del mismo psicoanálisis.








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