Gutierre Tibón
La tradicional costumbre mexicana de masticar chicle, conocida y practicada por diversos pueblos indios siglos antes de la conquista, fue adoptada en Estados Unidos, gracias al espíritu de iniciativa y a la inteligente publicidad de los señores Adams y Evas.
El chicle (tzitcli en náhuatl) se extrae por incisión en la corteza del chicozapote, que crece en diversas regiones cálidas y boscosas del Sureste de México.
Exportado a Estados Unidos, se endulza, se le añaden sabores de fruta, se confita y se vende como pastillas de masticar (chewing gum). El chicle convierte al hombre en una especie de rumiante y es cosa curiosa ver a ciertas personas practicar por horas y horas la gimnasia maxilar bovina. Por otra parte, parece que el chicle es saludable a causa de la salivación intensa que produce, y se sabe que la saliva facilita la digestión. También se cree que el chicle favorece la higiene dental.
Dado el éxito que el chicle obtuvo con el Tío Samuel y sus sobrinos, las demás naciones del orbe lo veían casi como un símbolo de la nueva civilización yanqui. Los muchos imitadores que por dondequiera tienen los Estados Unidos, adoptaron el chicle, haciendo con ello profesión de fe norteamericanista. Así, paulatinamente, el chicle llegó a ser uno de los principales productos arbóreos de Quintana Roo. Para el consumo del chicle en el interior de la República, existen fábricas nacionales que lo elaboran, brindando la beatífica satisfacción rumiante.
No compartimos la opinión de Stalin sobre el chicle: afirmó que es una invención diabólica de los capitalistas para que los proletarios, por medio del continuo movimiento de la mandíbula, olviden su hambre.
Por extraño que parezca, el chicle llegó a ser el símbolo de un gran amor: se podía casi decir, el hilo conductor de uno de los más famosos idilios de la pantalla. En la inolvidable película “La gran parada” el simpático John Gilbert, legionario norteamericano en Francia, así como sus compañeros, se distinguían de los demás soldados por su hábito rumiante. Fieles a las más puras tradiciones de su país, no olvidaban masticar el chicle patrio, ni siquiera en tierra de Francia.
¡Pobre John Gilbert que pierde una pierna, y abandona con el corazón transido de dolor, a la francesita Renée Adorée! Quien la vio, jamás olvidará la escena en que la linda chica, con los ojos inundados de lágrimas, evoca a su novio de ultramar, masticando el chicle, estirándolo con los dedos hasta formar un largo hilo, para recogerlo nuevamente moviendo la boca, con una conmovedora e ingenua gracia. Para aquella muchacha, el chicle era toda América; todo su grande amor lejano. (Diremos a quienes no vieron la película, que John Gilbert regresó a Francia para casarse con la adorable Renée.)
A propósito de aplicaciones prácticas del chicle mascado, vive aún la fama, en los anales del cinema, del invento de la hija de Betty Boop, famosa estrella de los dibujos animados. La endiablada chica, preocupada al ver que a un señor que dormía, se le subía y bajaba la peluca con los movimientos que hacía al roncar, sacrificó el chicle que estaba mascando para asegurársela en el cráneo al durmiente. Noble y bello ejemplo de ayuda al prójimo y de ingeniosidad inventiva.
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Reproducido de Primacías de México y sus dávidas al mundo (México, Miguel Ángel Porrúa, 2007).









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