Daniel Bernal Moreno
Los golpes en la puerta lo despertaron. En la mesa, junto a los cigarros sin filtro y los lentes sin los que no ve nada, estaba el revólver. Bajó de la cama, agarró el arma y la escondió a su espalda.
—¿Quién? —preguntó nervioso.
—¡Mataron a Ramiro! ¡Ábreme!
Con el rostro desencajado, Mario lo miró.
—¿Quién te lo dijo?
—Nadie. Yo lo maté.
Mario lo empujó hacia dentro de la casa, lleno de ira.
—¿Y por qué lo hiciste?
—Me volvió a decir chaparro el muy hijo de la chingada —respondió a punto de quebrarse—. Se los dije bien clarito el domingo en el fut. “¡No me digan así!” Y todo el pinche partido: “chaparro, pásamela”. “Chaparro, tira”. “Chaparro…”. ¡Su chingada madre!
Mario dio unos pasos, desconcertado. Le dio la espalda mientras llevaba las manos a su cabeza.
—Carajo, estás bien loco, pinche chaparro —dijo y tras el estruendo, se desplomó.









No Comments