Roger Bartra
Me he preguntado muchas veces si algún artista ha intentado representar los sentimientos y los temores internos que produce la melancolía. ¿Ha sido pintado el paisaje interior del sufrimiento melancólico? Lo que generalmente encontramos son las representaciones externas del humor negro, junto a los símbolos y las señales que denotan el profundo malestar que domina a los aquejados por este mal. Mientras que en la literatura y la música abundan las descripciones y representaciones de los estados interiores de los melancólicos, en las artes plásticas hay pocas expresiones de ese universo.
¿Hay algo dentro de la cabeza de un melancólico que un pintor pueda dibujar? Al mirar los rostros angustiados, tristes o en trance que pintan los artistas nos invade la tentación de penetrar el mundo recóndito que su expresión adusta o pensativa parece ocultar, y que al mismo tiempo denota la presencia de dolores íntimos insondables. Es cierto que los rostros abatidos de María Magdalena, pintados por Artemisia Gentileschi o Francisco de Zurbarán, nos revelan estados anímicos ocultos en las profundidades de la mente. Acaso algunas obras de arte abstracto expresan esas moradas interiores.
Quiero detenerme a comentar el ejemplo del mito cristiano de María Magdalena, que ha fascinado enormemente a los pintores europeos. En la imagen de la santa penitente confluyen tres mujeres bíblicas diferentes: una prostituta arrepentida sin nombre conocido, mencionada en el evangelio de san Lucas (que fue confundida con María Egipciaca), María de Magdala (que fue testigo de la resurrección de Jesucristo) y María de Betania (quien ungió los pies de Jesús con perfume). El mito que aúna a estas tres figuras femeninas ha cristalizado en una santa que sufre las penurias de su arrepentimiento sumida en la melancolía. Los pintores con frecuencia la representaron desnuda o vestida con lujo, en alusión a su vida como pecadora, con un cráneo en la mano o a su lado. La Iglesia católica veía con sospecha, como obras indecentes, las pinturas donde María Magdalena aparecía con los pechos desnudos, o adornada y ataviada como una prostituta, pero en la típica pose melancólica. Las expresiones eróticas de la melancolía eran mal vistas por los censores católicos.
Una de las más importantes representaciones de María Magdalena como melancólica fue pintada por Artemisia Gentileschi, la gran artista barroca italiana del siglo XVII. En realidad, hay dos cuadros atribuidos a esta pintora que personifican a la santa melancólica. En una de las versiones la mujer que aparece sumida en su pena tiene parte del pecho y el hombro desnudos. En la otra versión, que se encuentra en la catedral de Sevilla, el pecho y el hombro de la santa aparecen cuidadosamente ocultos por un paño colgante. Este último cuadro es el original, y el otro, que se encuentra en el Museo Soumaya en México, es una réplica de la misma época. Pero es evidente que la copia revela que el original fue intervenido después de ser copiado para que pudiese entrar sin escándalo en los recintos sagrados. En efecto, radiografías de la pintura muestran que el ropaje fue ampliado para cubrir lo que la Iglesia consideraba indecente y lujurioso. Lo más interesante es que, muy probablemente, fue la misma Artemisia quien pintara la copia hacia 1622, antes de que el comprador, el duque de Alcalá y virrey de Nápoles, se llevara el cuadro a su colección. Seguramente tuvo una nueva encomienda de pintar a una Magdalena melancólica, y por ello copió ella misma su obra primera. La obra fue a dar, no se sabe cómo, a una colección privada en Lyon; después fue adquirida por Carlos Slim para el Museo Soumaya.
La primera Magdalena de Artemisia Gentileschi, que fue llevada a España, sufrió una intervención que eliminó las implicaciones eróticas de la santa. Estas mutilaciones han sido muy frecuentes. Recordemos que por órdenes del papa Pío V un discípulo de Miguel Ángel, Daniele da Volterra, cubrió con paños los genitales de las figuras desnudas de El juicio final. Por ello, el pintor que sobrepuso calzones a los personajes que pintó Miguel Ángel en la Capilla Sixtina fue conocido como Il Braghetone. Las restauraciones modernas no han logrado eliminar todas las veladuras.
Se cree que la copia de la Magdalena melancólica fue hecha por la misma Artemisia porque en ella la santa tiene un rostro diferente; un copista normalmente hubiese reproducido los rasgos originales, sin crear un personaje nuevo, con la cara más redonda, la nariz más puntiaguda, la boca más curvada hacia abajo y los ojos más grandes con párpados pesados.
La primera Magdalena tiene una actitud soñadora y sensual; en la copia su rostro es adusto y desconsolado. Las dos caras de la melancolía que Artemisia pintó reflejan posiblemente su propia experiencia como “pecadora”, ya que sufrió de muy joven una violación y tuvo que enfrentar un largo y penoso juicio promovido por su padre contra el violador que se negó a casarse con ella. Pero el rostro de la melancólica, aunque revelador, nos deja un vacío: ¿qué hay dentro del cerebro de estos seres abatidos? ¿Dónde podemos encontrar una representación de lo que ocurre dentro de la cabeza de un melancólico?
Fue Victor Hugo quien nos dio una indicación de dónde buscar, cuando habló del “cerebro negro de Piranesi” en el poema Les images. El escritor Aldous Huxley, posiblemente a partir de Hugo, nos ofrece una intuición sobre lo que podría ser la más dramática representación de los estados melancólicos del alma: las famosas cárceles metafísicas dibujadas por Giovanni Battista Piranesi a mediados del siglo XVIII. Las dieciséis láminas de Le Carceri d’Invenzione han ejercido hasta nuestros días una poderosa influencia en la literatura, la música, el cine y la arquitectura. Las cárceles imaginarias de Piranesi son, según Huxley, la imagen de la acedia renacentista, del Weltschmerz romántico, del ennui francés evocado por Baudelaire y de la acedia que corroe a los melancólicos que Dante sumerge en el fango negro del tercer círculo del infierno. En suma, serían un dibujo de la melancolía como cárcel absurda y vacía, en la que las escaleras, las pasarelas y los puentes no llevan a ninguna parte, donde el cielo casi no se ve, donde hay extrañas máquinas irreconocibles salvo acaso como instrumentos de tortura. Le Carceri nos llevan a un mundo interminable de grandes vestíbulos, habitaciones, cámaras y pasajes oscuros que no tienen ningún sentido inteligible, y en los cuales aparecen apenas esbozados unos pocos prisioneros. Como dice Huxley: los aguafuertes de Piranesi remiten a “cosas existentes en las profundidades físicas y metafísicas del alma humana: a la acedia y la confusión, las pesadillas y el Angst, la incomprensión y el pánico”.
El cerebro de un melancólico es una cárcel donde los humores se queman y se corrompen, donde el espíritu vaga solitario bajo una oscura luz saturnina. Quien quiera explorar hoy este mundo carcelario debería ver el maravilloso video que hizo Grégoire Dupond en 2010. Observará que las cárceles que imaginó Piranesi son el inverso o el negativo de las moradas del castillo interior que exploraba Teresa de Jesús, que tanto sabía de melancolías. Al contrario del luminoso castillo de la santa, las cárceles de la melancolía son como un cristal negro y opaco que cubre las moradas grises, las murallas graníticas y las torres vanas que se levantan dentro de la cabeza del que las habita.
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Capítulo de Melancolía moderna (Fondo de Cultura Económica, México, 2017).









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