Antonio Bello Quiroz
Jacques Lacan, el psicoanalista francés que en 1954 propone retornar al sentido que Freud había dado al psicoanálisis, fue invitado a dar unas conferencias, llamadas “Lecciones públicas”, los días 9 y 10 de marzo de 1960 en Bruselas, Bélgica. En esa ocasión el psicoanalista abordó un tema poco común, realizó un “Discurso a los católicos”.
Es invitado por el canónigo Van Camp y el tema que se propone tratar el psicoanalista es La ética del psicoanálisis. Ofrece estas charlas a un público no informado sobre el psicoanálisis y en el año en que dicta su seminario justamente con esa temática de la ética que se juega en el psicoanálisis. Lacan, lo que desea plantear de inicio es que Freud, en lo que se refiere a la moral, está a la altura de las circunstancias de su época. Como sabemos, en la tradición antigua, la moral tiene tres niveles: el del soberano bien, el de la honestidad, el de lo útil. Con respecto al soberano bien, Freud indica que el placer no lo es y tampoco es lo que la moral rechaza, más bien indica que el bien no existe y que el soberano bien no podría representarse; tampoco propone hacer del psicoanálisis el esbozo de la honestidad de la época; tampoco propone al psicoanálisis como imperativo de lo útil y progresista, más aún, lo coloca en posición de insostenible. Su propuesta apunta más que a una posición moral a ser una apuesta ética.
Desde luego que la ética sólo se puede plantear en el horizonte, es lo imposible de hacer realidad, lo imposible de apalabrar; la ética apunta a lo real; la ética siempre nos coloca en sus límites; hablar desde la ética es una canallada, es colocarse en la posición de Otro; así entonces, sólo es posible hablar desde la moral, la ética sólo nos podría, dado el caso, referir. Quizá por ello, podemos saber, desde Freud, que los que sostienen un discurso pretendidamente ético son los perversos, los dictadores de la “virtud” que son quienes más afanosos se muestran en refrendar su Ley. Son los que hacen de su moral ética.
La ética a la que se refiere el psicoanálisis, sin desconocerla, marca distancia con respecto a la ética propuesta por la filosofía en tanto que Freud aporta un elemento otro para reflexionar, se refiere a la ética del deseo, es decir, se refiere a la ética vinculada al inconsciente que se caracteriza por ser traducible aun allí donde no puede ser traducible. A lo que se traduce, Lacan lo llama significante, así la ética del psicoanálisis sería una ligada al significante. Se trata, el significante, de “un elemento que presenta estas dos dimensiones: está ligado sincrónicamente a una batería de otros elementos por los que se puede sustituir, y, por otra parte, está disponible para un uso diacrónico, es decir, para la constitución de una cadena significante”. La ética a la que nos referimos atendería a esas cosas significantes que se repiten y corren a espaldas del sujeto y que constituyen el núcleo de lo inconsciente. La ética del psicoanálisis está indefectiblemente ligada a la Ley, al lenguaje, por tanto se trata de una instancia que va más allá de lo biológico, más allá de toda pretendida “naturaleza” humana.
Lacan es psicoanalista, y les habla a los católicos de la Universidad en Bélgica, se refiere entonces a dos enseñanzas que se distinguen por ser una confesional y la otra no, pero el diálogo requiere de la tolerancia para poder no mimetizarse y confundirse. El punto de encuentro ético apela a la Ley: por el lado del catolicismo San Pablo, en la Carta a los romanos (7:7-11) se interroga: “¿Qué diré entonces? ¿La Ley es pecado? ¿No lo es? No obstante, sólo tuve conocimiento del pecado por la Ley. En efecto, no habría pensado en la codicia si no me hubieran dicho ‘no codiciarás’. Pero el pecado aprovechando la oportunidad que le daba el mandamiento, provocó en mí toda suerte de codicia, porque sin la Ley, el pecado es cosa muerta. Ahora bien, hubo un tiempo en que yo vivía sin Ley, pero cuando llegó el mandamiento, el pecado cobró vida mientras yo en cambio hallé la muerte. Así resultó que el mandamiento que debía darme la vida me llevó a la muerte. Porque el pecado al hallar la oportunidad que le daba el mandamiento, me sedujo y, por medio del precepto, me causó la muerte.”
Freud se preocupó durante todo el desarrollo teórico del psicoanálisis por reflexionar en torno a la función de la Ley (la función del padre, que concentra el amor y el odio, en tanto que al mismo tiempo que hace vivir trae la muerte) en la constitución subjetiva del sujeto; así se puede apreciar desde ese texto tan mal leído y criticado que es Tótem y tabú, donde el maestro vienés enseña que el Padre sólo prohíbe el deseo con eficacia porque está muerto, y porque él mismo no lo sabe, no sabe que está muerto. Lacan señala que tal es el mito que Freud propone al hombre moderno, es aquel para quien Dios está muerto (el hombre moderno cree saber que Dios está muerto). Así, el deseo sólo será por ello más amenazante, y la prohibición más necesaria y más dura. Señala: “Dios está muerto y ya nada está permitido. El ocaso del complejo de Edipo es el duelo por el Padre, pero conduce en definitiva a una secuela duradera: la identificación llamada superyó. El Padre no amado se vuelve la identificación que agobia con reproches a sí mismo.”
Sin duda alguna, la función del padre, y el monoteísmo como la religiosidad, están en el interés de las reflexiones de Freud, pero ¿en qué sentido se muestra este interés? El maestro vienés sabe que los dioses, en todo caso, son innumerables y cambiantes como las figuras del deseo a las que representan: son metáforas. No ocurre así con el único dios.
Freud toma distancia con respecto al imperativo que se propone como guía del cristianismo; se refiere al mandato evangélico: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. En principio lo rechaza por excesivo y pone el acento en el “como”, ahí está el peso absoluto del amor y sabe que el amor a sí mismo es muy grande y reconoce que es ahí donde radica la fuerza del delirio: le llama narcisismo. Refiriéndose al catolicismo escribe en El malestar en la cultura: “ellos aman su delirio como a sí mismos”. En ese sentido, no hay nada de sorprendente en que no sea más que yo mismo lo que amo en mi semejante, en una especie de devoción alucinada. Freud atiende a su honestidad para detenerse en este mandato en tanto que la experiencia clínica le ha mostrado la ambivalencia por la cual el odio sigue como su sombra todo amor por ese prójimo que es también para nosotros lo más extranjero. Ominoso, lo siniestro, es la palabra que Freud acuña para designar lo que nos resulta lo más propio y al mismo tiempo lo más ajeno. El discurso del catolicismo, así, se sostiene en un mandato paranoico y siniestro, y eso no es lo grave, todo discurso se sostiene en los mismos rieles; lo grave es postularse como un dogma que libra (salva) de lo siniestro del deseo, del lado oscuro de la Ley, de la tentación y de todo mal. El psicoanálisis apuesta, reconociendo que su apuesta es insostenible, a darle un lugar en la palabra.








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