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El carácter masturbatorio de las adicciones

· junio 30, 2018

Antonio Bello Quiroz

En una época en donde lo que impera es el mandato de gozar, gozar consumiendo, el cuerpo no puede quedar al margen. El cuerpo y la imagen del cuerpo se han vuelto objetos de consumo. Si el cuerpo es, para todo aquel que tenga uno, fuente de sufrimiento e insatisfacción, como ya enseñaba Freud en El malestar en la cultura, la ciencia y la tecnología ofrecen toda una miscelánea de objetos de satisfacción sustitutiva: sustancias químicas y dispositivos mecánicos que “mágicamente” resuelven las impotencias e insatisfacciones. Cremas y tratamientos que le ponen límite al molesto y denigrante envejecimiento. Medicamentos que garantizan curar las cada vez más enigmáticas enfermedades e ilusionan con retardar la muerte. Nuestra civilización posmoderna ofrece una amplia variedad de performances como refugio ante la ominosa realidad. El contubernio entre la endocrinología y la cirugía plástica, con la validación de la psiquiatría, ofrece la posibilidad de hacernos de un rostro o cuerpo de diseño que nos devuelva una imagen de completud. La masturbación entra en esta lista de acciones sustitutivas, más aún, es la acción primordial. En fin, el cuerpo se ha vuelto sede de la la satisfacción absoluta, imagen sin falla, goce del Uno absoluto y desconocimiento del Otro.

El cuerpo para el psicoanálisis está más allá de los determinismos biológicos, se encuentra descentrado de las concepciones anatómicas. Así, el cuerpo es para el sujeto un enigma, fuente de desconocimiento que obliga al sujeto a un ejercicio permanente y fallido de apropiación del propio cuerpo. Más allá del desconocimiento del propio cuerpo, para el psicoanálisis el cuerpo deviene el lugar del goce. Lo que le es propio es gozar, goce del cuerpo más allá del sujeto. Es el cuerpo en tanto que gozante lo que el psicoanálisis pondrá en el centro de su discurso en forma de interrogación: ¿cómo goza un cuerpo?

Jacques Lacan en el Seminario Libro XX, Aun, se preguntará: ¿Qué es el goce? Dirá que “el goce es lo que no sirve para nada”. Se trata de una instancia negativa y, en este sentido, por tanto, el goce se encuentra en relación al desgaste y agotamiento del cuerpo. Goza el cuerpo en tanto que cuerpo vivo, sólo goza el cuerpo que habla. El cuerpo para el psicoanálisis es un cuerpo que habla. Por ello, más adelante en el texto dirá: “… pero no sabemos qué es estar vivo a no ser por esto, que un cuerpo es algo que se goza”. Las adicciones o toxicomanías son formas de gozar del cuerpo, formas de saberlo vivo en el desgaste y tensión a que el cuerpo se somete mediante el exceso.

Si algo se juega de manera radical en las toxicomanías o adicciones es la relación del sujeto con el cuerpo. Las drogas vendrían a ocupar el lugar del objeto que permitiría ser la vía de acceso al goce. Al mismo tiempo es una forma de cuestionar al Otro, incluso negándolo, para instalarse en una dimensión autoerótica. Así, el goce es del Uno y se sostiene en el desconocimiento del Otro. En sentido pleno, la droga es una sustitución de la sexualidad. La toxicomanía, como vía de acceso al goce, se juega en la exigencia impostergable del tipo: “o el goce o la nada”. La relación al goce es en detrimento del goce, el adicto pone en suspenso su ser hablante: a-dicción implica quedarse justamente sin palabra.

Sin embargo, es necesario señalar que estas consideraciones teóricas sobre las adicciones y la posición del sujeto frente al objeto no se reduce a las drogas ilegales o el alcohol, también podemos pensar el mecanismo donde se sustituye el vínculo con el objeto a (el objeto causa del deseo en tanto que es un objeto que falta) con cualquier objeto sustituto absoluto y necesario. Lo reconocemos en la adicción al juego o ludopatía, al trabajo, al sexo (paradójicamente la adicción al sexo “salva” al sujeto de la castración implicada en la relación sexual), a la comida e incluso opera en la adicción al poder. En resumidas cuentas, se trata de diversos modos de goce del cuerpo.

Con lo que el adicto no puede es con la posibilidad de la falla, por ello el consumo se hace con frecuencia con carácter preventivo, como ocurre en el consumo de ansiolíticos por si la ansiedad se presenta, o de viagra ante el temor de fallar. El consumo de lo que sea se incrementa, lo sabemos, en los momentos donde la falla se hace presente aunque sea en términos imaginarios.

En lo que podríamos tomar como lo planteado por Freud con respecto a la drogadicción, encontramos la referencia a la masturbación en la Carta 79 de 1895. La llama la “adicción primordial”, de la cual la adicción a las diversas sustancias o prácticas repetitivas son sustitutos. Escribe ahí el maestro vienés: “se me ha abierto la intelección de que la masturbación es el único gran hábito que cabe designar ‘adicción primordial’ y las otras adicciones sólo cobran vida como sustitutos y relevos de aquélla”. En las neurosis la adicción al onanismo se presenta como un obstáculo, resulta ser el “gran obstáculo” de la histeria, como llegará a decir. Se trata del lazo íntimo entre la pulsión y el objeto que tiene carácter de fijación. En la masturbación, como en las adicciones, se anula el interés en cualquier otra cosa que al objeto de satisfacción.

Tenemos algunas otras referencias a esta condición de “adicción primordial” de la masturbación y su íntima relación con el autoerotismo. Referencias donde es posible apreciar que la masturbación apunta directamente al goce del cuerpo mismo. En un texto de Freud de 1908, Fantasías histéricas y su relación con la bisexualidad, dirá que: “el acto masturbador se dividía por entonces en dos partes: la evocación de la fantasía, y, llegada ésta a su punto culminante, los manejos activos conducentes a la satisfacción sexual. Esta composición es más bien, como ya sabemos, una soldadura. En principio, la acción presentaba un carácter puramente autoerótico”. Sólo más tarde esta acción mecánica, que es puro autoerotismo, se va a fusionar con una representación optativa o fantasía. Así se produce la soldadura entre la fantasía y los movimientos mecánicos que producen la excitación. Según lo planteado por Freud, no habría masturbación sin fantasía: no se trata entonces de un acto solitario sino de un acto que anula el vínculo con el Otro, una actividad que pone al sujeto al resguardo de la falla o de la pérdida que se encuentran implicadas en la castración.

En estos dos tiempos podemos ver que la excitación o fantasía es suficiente para que el órgano se excite, aunque (por lo menos del lado masculino) el orgasmo sea alcanzado sólo por la vía del tocamiento. Esto ocurre en tanto que, como dice Lacan, “el significante toca al cuerpo”.

¿De qué se libra el adicto mediante su adicción, que ya sabemos es sustitución de la adicción primordial? ¿Por qué generan tanta satisfacción las adicciones? Se libra del síntoma, para el psicoanálisis (y esto opera en Freud como si fuera una ley), para hacer síntoma primero hay que dejar de masturbarse. Lo mismo que para “hablar” primero hay que dejar de drogarse. Masturbación y síntoma son excluyentes entre sí, como lo son palabra y adicción.

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