Pablo Manuel Rojas Aguilar
Agotado por tanto caminar, limpiaste con el dorso de tu mano el sudor que te escurría de la frente. Volviste atrás la mirada para contemplar el largo sendero que habías recorrido, y ya no alcanzaste a mirar a la mujer a quien le negaste una moneda en el umbral del puente.
Ignoras cuánto tiempo ha pasado desde que emprendiste la simple empresa de cruzar ese río. No obstante, aún no ves el horizonte. El fluir de las aguas ha dejado de crear música y no puedes explicarte por qué. Ahora sólo escuchas la atroz y permanente eufonía de tu silencio, la cual habrá de acompañarte el resto del camino.
Allá, donde tú te diriges, verás el vacío del universo, la noche cargada de extintas estrellas, de supernovas masivas que explotaron hasta destruirse, como ocurrirá con tu existencia, que volverá a su polvo hasta desbaratarse en la nada.
No hay quien te espere del otro lado, habrás de llegar al límite y estarás solo; sólo tus pasos te harán compañía y, quizá, entonces la recordarás a ella. Recordarás el ritmo esplendoroso de sus pasos, esa sensualidad fascinante que penetraba tus sentidos, su dilatado cuello donde hundiste tantas veces tu olfato; recordarás también, sin duda, el momento preciso en que se alejó de tu vida sin decir una palabra, sin reprocharte siquiera que otra mujer recibió de tus labios lo que a ella le correspondía… Nunca podrás olvidar lo que le hiciste, el sufrimiento que le provocaste. Ese dolor te ha sido multiplicado y viene ahora contigo, cargado en la bolsa de tu camisa, dificultando el ligero latir de tu corazón.
Te preguntarás si tendrá fin tu caminata, pues ya has dado demasiados pasos y aún no ves panorama alguno. Y la sed ha secado tu boca y tu sangre ha cosido tus labios para ya no dejarte hablar. Tus piernas se han entumido, tus pies se han lacerado y tú ni siquiera estás en la mitad del trayecto. Entonces, te darás cuenta de que, acaso, te encuentras en el centro mismo del infierno y de que estás condenado a repetir el mismo trayecto una y otra vez en un laberinto circular… No puedes detenerte, no puedes saltar al río, no puedes desviarte del sendero, no puedes acusar ni reclamar a un Dios por tu suerte: el engranaje fatídico de tu existencia fue diseñado por ti, y por nadie más. Sabrás que no hay horizonte, que los pasos que has dejado son un vacío permanente. Te preguntarás otra vez si estás en el infierno, si este vacío, si este silencio serán el fin, mientras tu vida se desploma y se fertiliza para volver al principio…









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