Lêdo Ivo
Como los arquitectos, me aprovecho de lo transitorio para dibujar en ello una línea que voy continuando incesantemente: la línea de mi espíritu, la línea de un astro que brilla en mí como el sueño de un sol en equilibrio.
Duermo, cuando estoy despierto, y los siglos son leves. No dudo ante una infinita libertad que me asombra. Un día, entre mis dedos, es más que arena y dura eternamente, si el egoísmo y la disolución de todo no me empujan a arrojarlo en los ríos que deberían atravesar todas las ciudades.
Todo en mí es obra para que mi corazón permanezca fiel a su siniestra realidad. Todo en mí es sortilegio para que lo más real predomine sobre esta apariencia de realidad que ningún hombre verdaderamente vivo podría tomar en serio. Y todo en mí es hastío y desolación porque miro al mar sin saber que es el mar y bebo en los pozos de la tarde sin tener sed.
Desde el principio de los tiempos, antes de que la vida fuese dividida en horas, estoy llamando a las puertas de la Realidad y nadie me responde porque no hay nadie al otro lado, sino el vacío que Dios habitó otrora, fraccionando las eternidades posibles.
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Traducción de Ángel Crespo.









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