Daniel Bernal Moreno
Por un momento parecieron estar solos. Las huellas de la batalla eran evidentes: sangre, polvo, sudor. Cada uno luchaba con los fantasmas de su pasado, sus errores y aciertos. “¡Jálale!”, gritó uno embravecido. El otro lo miró confiado. “¡Tira!”, insistió. El disparo no se hizo esperar. El delantero pateó el balón con displicencia, sin fuerza, al centro y bombeado. Las ansias del portero por detener el disparo lo hicieron lanzarse antes de tiempo. La pelota entró a la portería sin complicación. Con la misma soberbia, el delantero festejó. En el futbol, como en la vida, no siempre ganan los buenos.









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