Jesús Bonilla Fernández
Todos somos, y Eliade el primero, ex creyentes, todos somos espíritus religiosos sin religión.
E. M. Cioran
La obra inolvidable de Mircea Eliade (1907-1986) es, sin duda, su breve libro publicado en 1951, El mito del eterno retorno, sostenido en cientos y miles de páginas de historia de las religiones, memorias, diarios y narraciones literarias.
Esta idea —la del eterno retorno y su imagen, serpiente devorándose a sí misma—, en ocasiones escalofriante, la cual asociamos generalmente al genio de Friedrich Nietzsche y la sabiduría presocrática, el pensador rumano la construye de las tradiciones de su país y la mitología (escribo a propósito en singular) de los hombres.
“La cantidad de fuerza que obra en el universo es determinada, no es infinita”, escribe el martilleante filósofo en la Gaya ciencia, quien nos deja petrificados cuando leemos este pasaje, un poco más adelante: “El mundo de las fuerzas no sufre merma alguna, pues de lo contrario, en un tiempo infinito estas fuerzas hubieran ido disminuyendo hasta consumirse del todo. El mundo de las fuerzas no encuentra reposo alguno, pues de lo contrario, éste ya se hubiera alcanzado y el reloj de la existencia se hubiera parado. Por consecuencia, el mundo de las fuerzas nunca está en equilibrio; no tiene un momento de descanso; la cantidad de fuerza y de movimiento son siempre iguales en todo tiempo. Cualquier estado que este mundo pueda alcanzar lo habría alcanzado ya y no una vez, sino un número infinito de veces.” Igual este instante fue en otro tiempo y volverá a suceder y todas las fuerzas serán distribuidas de nuevo como ahora; y lo mismo puede afirmarse con el instante que le antecedió y con el que le seguirá. Pero más nos pasma la continuación de este parágrafo: “El eterno reloj de arena de la existencia siempre es invertido de nuevo, y tú con él —granito de polvo que del polvo vienes.”
Se puede pensar, sin riesgo, que Mircea Eliade sincretiza su círculo vicioso —para retomar una imagen de Pierre Klossowski— de la así llamada filosofía occidental y el instinto —quizá deba decir ser esencial— oriental así llamado ousia. Si bien existe la recurrente presencia de Nietzsche en su versión de las cosas y el tiempo, y la influencia de los filósofos españoles Miguel de Unamuno y José Ortega y Gasset, encontramos también una certeza íntima, aun antes de sus viajes y estancias por la India, donde descubre la importancia de la libertad y el amor en el pensamiento hindú.
El eterno retorno (¡eureka!) es una obsesión, la circulación de la sangre en el cuerpo, el corazón del día y la noche…, “la mística y la orgía, la fe en la santidad y la desintegración cínica en la voluptuosidad” de la vida de Mircea Eliade, amoral sexualmente, según propia confesión, quien el 25 de enero de 1943 lo describe así en su Diario portugués: “¿Abandoné acaso el Himalaya en 1931 porque no conocía todavía el mundo, porque no había penetrado en su gran ilusión? No obstante, ¿no es mi vida desde entonces sino una serie de intentos para convencerme de la inutilidad e insensatez de la vida ‘moderna’? Puede que mis verdaderos polos no sean el nacimiento y la muerte, sino el año que me marché del Himalaya y el año en que regresé allí definitivamente, arrepentido y preparado.” (En realidad, después de la Segunda Guerra Mundial Mircea Eliade ni siquiera vivió en Rumania: residió en París y Chicago, en donde murió.)
Medio año antes, en 1942, había anotado que no le asustaba que algo fuera o no fuera ni lo que sucediera en el futuro, la muerte, o en el tránsito del presente, sino le “horroriza lo que ya no se va a repetir”.
Los Diarios portugueses, editados en español a principios de este siglo confirman la versatilidad del rumano, comentada por propios y extraños y reconocida sin falsa modestia por el propio Mircea Eliade, quien se comparaba al también español Marcelino Menéndez y Pelayo, si bien se apreciaba con mayor curiosidad, la cual, a final de cuentas, propongo entender como su búsqueda, trascendencia de los estancos del humus, sésamo de los cielos del tiempo “para quien quiere ver”.
Son los años de la conflagración y trabaja en Lusitania para el servicio exterior de su país, después de pasar una temporada en Londres, en donde vivió el bombardeo del 9 de septiembre de 1940. Su curiosidad lo lleva a escribir un libro sobre el dictador Salazar, a cuyos pies “ruge toda la masa viva”. Si bien sus colegas se alegran discretamente por los reveses sufridos por la Alemania nazi en el frente ruso, Mircea Eliade se desespera por los splendis days de Winston Churchill. El asunto es complejo, advierto a los vigilantes literarios de correcciones trasnochadas, como todo lo que tocan las palabras del autor.
Su versatilidad también lo lleva a interesarse por la política, pero él es rumano, y si se cumplen esos espléndidos tiempos y triunfan los “anglobolcheviques”, significaría la destrucción de la nación y el Estado rumanos. “Agonizo —apunta— sólo de pensar que Churchill pudiera tener razón. Y es que en lo que a mí respecta, no podría aceptar la historia sin la Rumania que he conocido yo. Se me quedaría abierta la vía del misticismo, de la retirada del mundo, de la anarquía y del distanciamiento total de él. Jamás ha sido más violenta la lucha en mi espíritu y en mi carne entre la desesperanza y la esperanza como ahora.”
Esa violencia espiritual se encarna en la novela que escribe por aquellos días y que después de varios intentos termina en 1956: Noaptea de zinziene, en francés Fôret interdite (El bosque interdicto), publicada en español como La noche de San Juan.
Esta obra motiva los sueños después de su lectura, como la tradición rumana pretende la apertura de los cielos esa noche. Contiene elementos mágicos —no en la gran proporción de La serpiente—, al menos temáticamente, la salida del tiempo histórico, y se puede considerar un texto absoluto. El bosque es una imagen recurrente en Mircea Eliade, igual que en otros mitógrafos, como Ernst Jünger y su emboscadura, los árboles gramáticos de Robert Graves y los alisos de la Selva Negra de Michel Tournier, que evocan el proceso de la vida que se autodevora para persistir. El profesor Nazarie, personaje de Eliade en La señorita Cristina, comenta que los lugares en donde por cientos de años han existido bosques, son lugares mágicos.
El escritor narra con envidiable desenvoltura, sobre todo en lo que respecta a sus temas como académico, o mejor dicho, como erudito: el mito, las religiones, la magia, el chamanismo, la literatura. Pero desarrolla con destreza también los temas del mundo, la política, la guerra, la economía, la cultura. Basta leer La India y Diario íntimo de la India para convencerse que nos encontramos ante una escritura extraordinaria, metafísica pero mundana como la que más.
Alcoholes
La literatura es la denuncia del tiempo en que se vive. Camilo José Cela
Muévase siempre en el sentido de la concisión. Y luego cultive sus recuerdos; la naturaleza nunca le dará otra cosa que pistas —es como un riel que evita que uno se descarrile hacia la banalidad. Ha de permanecer usted siempre el amo y hacer lo que le plazca. ¡Tareas, nunca! ¡No, nunca hacer tareas! Manet









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