Antonio Bello Quiroz
Lo dijo y todo fue hecho,
lo ordenó y todo fue creado.
El enigma bien puede ser el signo de la pintura de Jerónimo Bosco. Nos sumerge en un mundo onírico, pienso en El jardín de las delicias. Este conocido tríptico donde el Jardín de las delicias se encuentra al centro y a los costados los jardines del Edén y el infierno. Este tríptico que abierto deslumbra por la intensidad de los colores y, al cerrar los laterales, muestra el tercer día de la creación, en un tono oscuro que contrasta con la obra abierta y expuesta a la vista en el Museo Nacional del Prado de Madrid.
Es difícil leer la obra, porque El Bosco no sigue las reglas de la pintura renacentista. Aunque es contemporáneo de Leonardo da Vinci o Rafael su obra es de otra manufactura, más onírica, una creación muy libre. En la parte central, y que le da nombre a la obra, El jardín de las delicias, hay una enorme cantidad de figuras humanas desnudas, entregadas a las delicias del placer. Todos los cuerpos desnudos, excepto dos, que representan a Adán y Eva una vez que han sido expulsados del Paraíso. En el lateral derecho de la obra, El infierno, hay una serie de instrumentos musicales, por lo que también le llaman el infierno musical. Los instrumentos serán utilizados para torturar a los pecadores que pierden su tiempo en la música profana. Evidentemente en el centro de este apartado está el demonio y los pecados capitales. Las tres partes del tríptico están alineadas por el pecado, que es la constante.
Jacques Lacan escribe en Sobre la agresividad en psicoanálisis, con respecto a Jerónimo El Bosco: “Hay que hojear un álbum que reproduzca el conjunto y los detalles de la obra de Jerónimo Bosco para reconocer en ellos el atlas de todas esas imágenes agresivas que atormentan a los hombres. La prevalencia entre ellas, descubierta por el análisis, de las imágenes de una autoscopia primitiva de los órganos orales y derivados de la cloaca ha engendrado aquí las formas de los demonios. Hasta la misma ojiva de las angustias del nacimiento se encuentra en la puerta de los abismos hacia los que empujan a los condenados, y hasta la estructura narcisista puede evocarse en esas esferas de vidrio en las que están cautivos los copartícipes agotados del jardín de las delicias.”
Salvador Dalí menciona en algún momento que El Bosco fue el primer pintor surrealista. Desde luego, esta exagerada afirmación es motivada por las imágenes que nuestro pintor plasma con humor y señalando la estupidez humana en las composiciones más bizarras. Se pueden apreciar estas imágenes fundamentalmente en cada fragmento de El infierno de su Jardín de las delicias, donde los cuerpos humanos ya no están completos sino son mitad humanos mitad animal. Son cuerpos mutilados, atravesados, pies separados del cuerpo… en fin, cuerpos de pesadilla, cuerpos grotescos. Representa símbolos fálicos en los peces, monjas con cuerpo de cerdo. Sin duda se trata de un artista que le dio un lugar preponderante a la locura y plasma cómo se pensaba que se curaba extrayendo la piedra de los tontos. Se trata de un pintor que muestra, como en un espejo, la locura, la estulticia de todos. Como sabemos, en los tiempos de El Bosco la pintura muestra la locura; se le elogia como hace Erasmo y El Bosco la retrata en La nave de los locos.
Se trata de un artista obsesionado con el demonio, con el pecado, con el infierno. Los siete pecados capitales es una obra donde el ojo de Dios, al centro, observa todo; en el círculo externo muestra a los siete pecados capitales. Y hay, en las esquinas de esta obra, cuatro círculos que muestran las postrimerías del pecador: muerte, juicio, gloria y el infierno.
El Bosco retrata la mente medieval, con sus monstruos fantásticos y seres inimaginables e informes, sus demonios terroríficos y humoristas. Imágenes sobrepuestas donde los objetos más cotidianos se muestran como verdadera amenaza o instrumentos de tortura: un cuchillo que atraviesa, una lámpara que se convierte en horno humano, un arpa que de instrumento musical pasa a ser de tortura. Las criaturas grotescas, terribles híbridos de hombre y bestia: hombres-pez, hombre-pájaro, monja-cerdo, como salidos de una alucinación. De hecho, se ha cuestionado insistentemente si acaso estas obras salieron de la mente del pintor bajo los influjos de alguna droga. Más allá de esta discusión, podríamos pensar que la droga es justamente el tormentoso mundo interior.
Quisiera detenerme en esa figura excremencial, escatológica, que aparece y atrapa en El infierno, del tríptico de El jardín de las delicias. El hombre-pájaro que se traga a los condenados sólo para excretarlos en un agujero. El cuerpo humano representado como un tubo, un orificio de entrada y un agujero de salida, la “boca posterior”. Como si este extraño personaje “hablara con su trasero”, como dice Lacan en el Seminario 8. El fragmento nos coloca, como una muestra, en el centro de los enigmas bosquianos: ¿por qué al ser tragado por el pájaro del ano del hombre salen cuatro pájaros?, ¿qué significa el caldero que lleva la criatura pájaro en la cabeza?, ¿qué significa que el hombre abajo esté defecando monedas? ¿Por qué las patas de este grotesco pájaro están metidas en jarrones? Es una muestra del simbolismo con que pinta El Bosco, enigmas que nunca podrán ser revelados por los múltiples estudiosos del artista.
Una de las imágenes más grotescas que se pueden leer en la obra de Freud es la de las ratas entrando por el ano de El hombre de las ratas. En la obra de El Bosco, sin embargo, abundan las imágenes de penetración, aunque con diferencias: en El paraíso son delicadas, con flores; no así en el infierno, donde las penetraciones son más bien tortuosas, con enormes objetos como troncos, instrumentos musicales o flechas. Si avanzamos una atrevida lectura, podemos mencionar que lo que El Bosco muestra en su obra es una serie de delirios de fragmentación del cuerpo. Una serie de imágenes donde podemos ver el sadismo, como ocurre en Cristo con la cruz, donde la terca turba humana muestra sus rostros de sadismo, saborean el momento cuando Jesús morirá de manera terrible. Cristo, con los ojos cerrados, escapa al caos humano, se refugia en su parte divina.
La vida de Jheronimus van Aken, llamado Jheronimus Bosch o El Bosco, también está marcada por el enigma. Se conoce muy poco de él con certeza. Nacido cerca de 1425 o 1430, muere el 16 de agosto de 1516. Se trata de un hombre religioso que será un enigma. Su obra influyó en la obra de otro notable holandés, Pieter Brueghel el viejo.








No Comments