
Juan Norberto Lerma
Los pobladores de Monte Arena pertenecen a una casta guerrera que nutre sus virtudes militares con ejemplos prácticos. En la formación de sus soldados incluyen la celebración de un concurso anual único, que culmina con cantos abundantes y un festejo que dura siete días.
Uno de los momentos más emotivos de la festividad es cuando veintiséis hombres se ofrecen para formarse como guerreros de avanzada y un sacerdote los somete durante diecisiete días al más riguroso ayuno, un día de sacrificio absoluto por cada uno de sus dioses.
Los aspirantes a guerreros no tienen más fuerza ni son más inteligentes que el resto de los pobladores y es posible que sea su afán de sobresalir, más que su ánimo belicoso, lo que los impulsa a ofrecerse voluntariamente a padecer la tortura del ayuno. Los veintiséis aspirantes a guerreros conocen las reglas del torneo y están convencidos de que podrán superar la prueba. Encerrados en celdas decoradas con motivos culinarios, los cautivos se debaten entre el deseo de conseguir alimentos y su convicción de convertirse en guerreros.
Quienes logren sobrevivir a ese primer filtro, tendrán más adelante la posibilidad de mostrar su fortaleza y sus habilidades singulares en actividades que requerirán su vigor y entereza. Sin embargo, todo parece planeado para su fracaso. El objetivo del ejercicio consiste en que los aspirantes a guerreros, con todas las posibilidades en contra, adquieran templanza.
En el séptimo día de su cautiverio, se retira una pared de la celda y los aspirantes a guerreros pueden observar en el frente de su prisión el paso de la vida cotidiana en la aldea, contemplan el ir y venir de las mujeres, y como un martirio implacable, escuchan durante dos días el trajín en las cocinas y el golpeteo en las cacerolas, que por asociación de ideas prefiguran en sus cuerpos debilitados la comida.
Si aún no han desertado o sucumbido a la locura, el treceavo día, uno a uno los futuros guerreros son llamados por el sacerdote hasta una plaza y se les presentan manjares suculentos de olores magníficos para saciar primero el castigado apetito de sus ojos y enseguida su olfato. Los que sobreviven a esta tortura, son devueltos sin mayores ceremonias a sus celdas y se les incita a declinar y aceptar su fracaso.
El decimoséptimo día, los aspirantes son liberados y purificados con humos coloridos que los hacen arrojar flemas y les provocan un castañeo de dientes que les dura un par de horas.
El término del ayuno es un acto trascendente, la población entera se reúne y acosa a los aspirantes a guerreros con alimentos, los cuales van desde los comunes hasta los exóticos e irresistibles. Como en toda ceremonia o rito hay un instante climático, que aquí ocurre cuando los veintiséis estómagos están satisfechos.
Sin embargo, la avidez de los intestinos o el mecanismo mental de su satisfacción destruido por el ayuno, impulsa a los aspirantes a guerreros a continuar devorando cuanto está a su alcance hasta que les sobreviene la muerte.
El espectáculo que sigue es deplorable y la población contempla impasible cómo uno a uno los veintiséis concursantes, o los que soportaron el ayuno los diecisiete días, mueren entre estertores que revelan su intemperancia y su hartazgo. Los demás participantes del pueblo, de entre los que saldrán los verdaderos guerreros, aprenden del espectáculo y del sacrificio de sus compañeros. La derrota, la avidez de los aspirantes a guerreros nunca es inútil del todo, pues con su ayuno y su capitulación ante la gula, estimulan las virtudes de las futuras generaciones de verdaderos guerreros.
Una vez comprendida la enseñanza, el pueblo lamenta la pérdida de los que participaron en el concurso y se sumerge en una fiesta que dura siete días, en los que los habitantes consumen sin melancolía todo lo que los aspirantes a guerreros no fueron capaces de comer debido a su muerte prematura.









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