Mariela Arrazola Bonilla
Las historias de asesinatos de Edgar Allan Poe (19/I/1809-7/X/1849) engloban el problema de la relación entre el arte y la representación del mal. Me parece que es la concepción del mal la que determina la viabilidad de éste como motivo estético. Así lo señalé en mi libro Edgar Allan Poe, el arte hasta las últimas consecuencias (BUAP, 2009), del cual extraigo algunas ideas con el pretexto del aniversario de su nacimiento.
Por ejemplo, durante todos los siglos en que la pintura se dedicó a plasmar temas religiosos, de alguna manera era de esperarse la aparición de la contraparte del bien: el mal.
De esta manera, si bien en el arte bizantino todavía no existía la figura del demonio como hoy le conocemos, ya se empezaba a representar como un hombre de perfil: él que sólo muestra una de sus caras. De hecho, para Rüdiger Safranski (El mal o el drama de la libertad, 2005), es hasta el siglo XIII cuando se perfecciona el canon del diablo como hoy lo conocemos.
Como fuera, finalmente, su presencia era justa y necesaria. Los santos y los ángeles sólo pueden ser bellos cuando a su lado se plasman criaturas deformes, horribles, oscuras. El mal era parte del discurso y, por lo tanto, tenía que estar presente.
Ahora, es bien sabido que en tiempos de Poe sus historias de asesinatos causaron conmoción. Esto se debió principalmente a dos causas. Primero, me parece que estas historias escandalizaban no porque la literatura nunca hubiera hablado de asesinatos —de hecho ya vimos que en Inglaterra De Quincey lo había justificado—, sino porque éstos quedaban impunes. Es decir, si bien en los cuentos de Poe el asesino siempre era atrapado y estaba en espera de su ejecución, esto no bastaba.
Digamos que el asesino no sufría lo suficiente como para arrepentirse. Ni sufre ni se arrepiente. Esta “falta de moral discernible” era lo que los críticos estadunidenses reprochaban a Poe. Dónde estaba la enseñanza de la historia, era lo que le preguntaban. De ahí que hay quien diga que Poe escribió como si el cristianismo nunca hubiera existido.
En segunda instancia, otro factor que causó mucho alboroto fue la concepción del mal de Poe. Su idea del mal por el mal mismo, de hacer daño por hacer daño, fue y ha sido desconcertante, pues se opone a la respuesta “oficial” al problema del mal.
Poe y la perversidad
Para entender la subversión de Poe respecto al problema del mal, se debe considerar primero cuál ha sido dicha respuesta al problema, y para esto Hugo Hiriart (“El mal porque sí”, 2003) puede ser de mucha ayuda.
Este autor en “El mal porque sí” asegura que el problema del mal suele tener trasfondo religioso. Para él, el cristianismo tuvo que enfrentar el problema y fue San Agustín quien brindó la respuesta oficial. Según esta concepción, si Dios es lo que es, entonces, todo lo que es viene de Dios, y el mal, que por hipótesis no puede venir de Dios, no es. Consecuentemente, el mal es negación, vacío o nada. Entonces, nadie habría creado el mal.
No obstante, para este autor el mal tendría demasiada presencia como para no ser nada y esto se demostraría observando la conducta malvada, la cual equivaldría a interrumpir una melodía. “Nuestro frenesí y precipitación nos hacen percibir sólo un punto de la totalidad, y arrojamos a él aislándolo del principio y del final, es decir, de su lugar en la melodía. Es algo así como un encandilamiento por un solo aspecto de un todo que se nos pierde de vista” (Op. cit.).
De hecho, Hiriart concluye que el avorazarniento traduciría bien lo que San Agustín tenía en mente cuando analizaba la operación que genera la maldad. El avorazado se abalanza sobre lo que quiere. No piensa y por ello no consideraría las consecuencias. Se obsesiona y esto es una especie de posesión.
De este modo el mal, de alguna manera, se escondería a quien lo perpetra. No se hace adrede y, por tal motivo, es un error. Sería causa de la ceguera de nuestras pasiones. Ésta sería, para Hiriart, la respuesta “oficial” al problema del mal.
La visión de Poe respecto al mal, en especial de la perversidad, es contraria y por ello desconcertante. Para entender dicha cuestión es necesario revisar tres cuentos: El gato negro (1843), El corazón delator (1843) y El demonio de la perversidad (1845). Así como el poema filosófico, o como lo llama la crítica contemporánea, el tratado pseudocientífico, Eureka (1848), pues nos ofrece una explicación más profunda del problema de la perversidad y es conveniente empezar con él.
Eureka es un poema en prosa publicado en el clímax de la actividad artística de Poe. En él pretendía revelar el misterio del universo, precisamente por lo cual ha sido muy criticado. Sin embargo, es muy importante en su biografía pues expresa sus creencias más profundas.









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