Pablo Manuel Rojas Aguilar
El arte de nombrar no es una labor sencilla puesto que cada palabra, emitida con alguna intención específica, se encuentra configurada discursivamente por seres precarios y contingentes: los hombres. Y es que hay factores como la historia, las tradiciones, las miradas, los contextos situacionales y de cultura, que van configurando las significaciones que a los nombres se van otorgando. Por ejemplo, si leemos o escuchamos “piedra”, podemos pensar en un objeto inanimado, rígido, de forma variante. Sin embargo, si encontramos el mismo significante en un contexto específico, digamos, en una obra arquitectónica, la significación que le daríamos podría ser la de una obra de arte; en cambio, si leemos “piedra” en el Génesis IV: 8, su significado será el de un proyectil o un arma.
El anterior ejemplo, así como muchos otros más que no mencionaré para no fatigar al lector, me lleva a pensar que ningún nombre es enteramente autocontenido debido a que siempre habrá algo en el exterior que lo distorsione, algo que le impida constituirse enteramente a sí mismo. En consecuencia, pensando en que socialmente se les atribuyen significaciones distintas a las palabras, ¿podríamos pensar, acaso, que la naturaleza de los nombres es también inestable? Si pensamos que las personas constituyen socialmente el mundo, y que es a partir de esta construcción precaria e inexacta que se crea la esencia de las palabras, ¿podría existir una construcción verosímil de algún nombre, por sencillo que parezca? ¿Acaso es necesario bosquejar la historia de los nombres, para reconstruir las varias superficies discursivas en las que han tenido lugar, a fin de que podamos comprenderlos totalmente? ¿O quizá podremos extraer de ellos esa carga innecesaria que se ha multiplicado hasta el vértigo, a fin de quedarnos sólo con la “esencia” de la que hablaba Sócrates? ¿Será posible que nosotros, seres mundanos, alejados sustancialmente de los “dialécticos”, seamos capaces de disecar el tiempo, de desbaratar la ficción de los contextos, a fin de nombrar las cosas, sin que éstas se distorsionen a lo largo de la historia, y de erigir monumentos textuales, hechos de letras y sílabas, como los inmutables versos de Virgilio?









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