Ivonne Vira
La miro y lo primero que se me viene a la mente es la imagen de Hilda, la niña a la que no le gustaba París, quizá porque Hilda también fue contemplada por alguien más. Veo a mi madre parada enfrente del cancel mirando el jardín. El clima estos días ha cambiado mucho, sus plantas lo recienten. Ella está preocupada. No me ve, pero sabe que estoy ahí. Ya quiero que crezca esa vara, ya quiero saber qué es —me dice—. La miro y me miro. Algo dentro de mí hace un click necesario. El flashback que me lleva al momento exacto. La vuelvo a ver, pero esta vez sonrío, me ha provocado ternura. Viajo en el tiempo y me descubro en la misma situación, pero entonces soy yo la que se desespera porque a sus macetas no les salen hojas.
Así fue como aprendí nada sobre ser paciente. Nadie me había hablado acerca de esa palabrota, no hubo una sola voz que me dijera/advirtiera que las cosas requieren de un tiempo para darse, para crecer.
Yo tenía seis años. Los reyes magos me habían traído una muñeca jardinera y traía todos los aditamentos para sembrar jitomates, zanahorias y papas. En la caja venían unas macetas de plástico, eran pequeñas, muy pequeñas, con forma de vegetales y en la parte superior se les podía poner un sombrero (también de plástico). Seguí las instrucciones, no sabía leer, pero los dibujos bastaban para entender. Una vez que las macetas tuvieron listas, las tomé y las puse en la ventana. Recuerdo que en el último dibujo las macetas estaban debajo de un gran sol. Las dejé ahí un rato. Salí con mi muñeca a ver cómo mis hermanas se iniciaban en el mundo de los patines.
Entré y salí de la casa varias veces sólo para cerciorarme de que las plantas estaban creciendo, pero no lo hacían, no salía ni una ramita. Abrí la ventana para que les diera aire, les eché más agua, más tarde las cambié de lugar. De haber conocido a Hilda yo le habría copiado la cantaleta, pero con la modificación necesaria: No me gustan las macetas, No me gustan las macetas.
Al final del día no apareció nada, era lo lógico, pero en mi cabeza de niña se instauró uno de los primeros fracasos, con el paso de los días nada germinó. Ahí le di fin a mi carrera en la jardinería. Mi madre, por su parte, tiene lo que se dice buena mano, buenísima. La condenada toca una rama, una semilla, un loquesea y ¡Bang! florece algo. Tiene magia, las flores han cambiado de color, les busca su lugar a las que se rehúsan a florecer. Apuesto todos mis libros que si ella se hubiera hecho cargo de las macetas de mi infancia se habrían dado unas papas enormes, pero ni ella ni yo coincidimos en el arte de las plantas, o yo me adelanté o ella se atrasó.
Me quedo con esa imagen, la imagen de una Mary mirando ansiosa el crecimiento de sus plantas, veo a una Hilda sentada en el jardín contemplándonos desde afuera pensando en la casa de su infancia. Me quedo con eso, con la inocencia que se niega a abandonarnos.









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