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El arte de amar

· febrero 16, 2018

Antonio Bello Quiroz

En mis peregrinaciones he visitado muchos santuarios,

pero ninguno más santo que el de mi cuerpo. Verso del poeta hindú Sahāra

 

Hacer el amor era considerado un arte. Algunas culturas, principalmente en Oriente, cultivaban el arte de amar como una parte esencial de su forma de ser. Hoy, en tiempos donde los mitos se han silenciado, el amor no escapa al mandato del consumo, que dicta las acciones en las formas de amar.

Entre los años 2 a.C. y 2 d.C. el romano Publio Ovidio Nason escribe un manual conocido como El arte de amar. Las primeras palabras de este escrito son contundentes: “Si alguien en la ciudad de Roma ignora el arte de amar, lea mis páginas, y ame instruido por sus versos.” Es una obra publicada en tres libros con intención didáctica: los dos primeros libros se dirigen a los hombres y los instruyen sobre “cómo y dónde conseguir el amor de una mujer” o “sobre cómo mantener el amor ya conquistado”. El tercer libro está dedicado a las mujeres, y ahí les da “Consejos para que las mujeres puedan seducir al varón”.

También sabemos que Avicena (908-1037), el príncipe de los médicos árabes, escribe el Canon dedicando el libro III a asuntos erótico-médicos. Avicena va a introducir la idea del esperma femenino que era emitido por la mujer en el momento del orgasmo. La fecundidad dependía de esta emisión, por lo que era trabajo de los médicos ayudar a la consecución del placer y garantizar así la fecundidad.

En Roma, en Grecia y en los mundos orientales, el amor se consideraba un arte y se generaban discursos de ars amatoria. Amar como una de las artes. Y por tanto se hacen escuelas de amor. Una de esas muestras del arte amatorio es Kama sutra o aforismos sobre el amor, escritos en sánscrito por Mallanaga Vatsyáyána, uno de los autores más reconocidos en materia de sexología de la India. En Occidente se conoció primero el Ananga Ranga, es decir, “teatro del amor” del poeta Kalyana Mall. En ambas obras se apunta a sostener el ideal del estado perfecto o la paz interior. Este estado se alcanza manteniendo las tres cualidades de la vida, que son: el Dharma o culminación del mérito religioso, el Artha o prosperidad terrenal y el Kama o satisfacción erótica. Y de estas tres cualidades (virtud, riqueza y placer), Vatsyáyána llega a la conclusión de que para conseguir y gozar plenamente del dharma y del artha, era preciso que se sintieran sexualmente satisfechos; de otro modo, las frustraciones les llevarían por mal camino. Y vale decir que esto está escrito unos trece siglos antes de Freud.

Si un problema preocupa a estos autores de las ars amatorias es la elección de pareja, dado que para Vetsyáyána el principal de los males en el amor proviene del adulterio que atrae la mala suerte y la enemistad de los dioses. Por lo tanto, la finalidad del Kamasutra es que cada uno de los cónyuges pueda encontrar plena satisfacción dentro del matrimonio. Ésta es una diferencia radical con el arte de amar de Ovidio en la Roma imperial, donde el amor, el verdadero amor, pasaba por la prohibición. Si era necesario educar al varón para acercarse a la amada es porque ésta era por lo general de un rango social superior que la hacía inalcanzable. El amor para el romano es por la vía de la prohibición, mientras que para el hindú es con la esposa.

Para Vetsyáyána el amor no es ni puede ser algo estático: la rutina y el repetirse son los peores enemigos del amor, terminan por matarlo. El amor es un ejercicio de ingenio que llevaría a mantener la llama tan despierta como al principio. Pudiera pensarse que el Kama sutra o tratado de lo erótico tiene algo de pornografía, en tanto que se preocupa de las posturas o ejercicios físicos amatorios, sin embargo es lo más alejado de esto. La descripción es sin apasionamiento y sin que las emociones de su autor (y espera que así ocurra con sus lectores) se encuentren involucradas. Describe las posiciones sexuales como quien describe el funcionamiento de una planta o de un reloj.

En estos tratados se deja ver que para amar hay que prepararse, lo que en nuestros días ha pasado al olvido. Se consideraba que el hombre y las mujeres deberían estudiar el Kamasutra, y las artes y ciencias que con él se relacionan, esto es: el canto, la música instrumental, la danza, la escritura y el dibujo, el tatuaje. Lo mismo que el cuidado del cuerpo, cómo deben arreglarse y adornarse las uñas, el cabello y la cara. Sesenta y siete son las artes que los amantes habrán de dominar. Hay algunas muy sorprendentes, por ejemplo: almacenar y acumular agua en los acueductos, cisternas y depósitos. O, preparación de limonadas, sorbetes, extractos espirituosos con el color y sabor adecuados. Algunas extrañas, como: el arte de la mímica o de la imitación. Lectura, incluidos el canto y la entonación. Estudio de frases difíciles de pronunciar. Ejercicios con la espada, el bastón simple, el bastón de defensa, el arco y las flechas. Algunas muy necesarias: componer poemas. Conocimiento de diccionarios y vocabularios. El arte de conocer el carácter de un hombre basándose en su rostro. Una mujer que sea hermosa, dotada de buenas disposiciones y que esté versada en las 67 artes recibe el nombre de ganika o mujer pública de alta calidad. Se convierte en objeto de consideración universal. Y un hombre “versado en dichas artes, que además sea locuaz, hable con delicadeza y tenga experiencia en la galantería, pronto conquista el corazón de las mujeres”.

La educación amorosa cristiana es desmentida, por otro lado, por un libro escrito por un morisco español expulsado en 1609, quien desde el exilio en Túnez hace una encendida celebración espiritual del amor humano. En un tratado erótico del que sólo se sabe fue hecho por un morisco y que estuvo por años empolvado hasta que la investigadora Luce López-Baralt lo rescata y le da luz bajo el título de Un Kāma Sūtra español (editado por Siruela) donde se propone la compatibilidad del amor sexual con la más alta vida espiritual. Es decir, busca devolver al erotismo la dignidad religiosa. El autor, en tanto que moro español, pero también musulmán, estudia el matrimonio y sobre todo el acto generativo desde un punto de vista islámico, como una obligación placentera. Para la esposa la máxima virtud religiosa consiste en hacer el amor gozosamente con su marido.

En nuestros días, las ars amatorias fueron silenciadas, primero por la religión y su separación de la divinidad y lo erótico, pero también desde la ciencia positiva que quiere ordenar en la razón lo que de la sexualidad no deja de escapar y busca reducir el amor a sustancias químicas o procesos neurológicos, haciendo una sexología más relacionada con la mera funcionalidad adaptativa, y más aún, por el consumo que ha determinado que la elección de objeto de amor es una cuestión de mercado.

Sólo queda un discurso que se define a sí mismo como una erotología: el psicoanálisis. Por lo menos así lo enseña Lacan: “Porque aquí no somos psicólogos, somos psicoanalistas. No desarrollamos ante ustedes una psicología directa, lógica, un discurso de esa realidad irreal que se llama Psique, sino una praxis que merece un nombre: Erotología.”

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