Roberto Calasso
Si se hubiera preguntado a los hombres védicos por qué no fundaron ciudades ni reinos ni imperios (a pesar de que conocían las ciudades, los reinos y los imperios), habrían podido responder: No buscábamos el poder sino la ebriedad; si ebriedad es la palabra que se aproxima mejor al efecto del soma. Ellos lo describieron así, con palabras sencillas: “Ahora que hemos bebido el soma somos inmortales, hemos alcanzado la luz, hemos encontrado a los dioses. ¿Qué puede hacernos ahora el odio y la maldad de un mortal?” Nada más, pero tampoco nada menos querían los hombres védicos. Construyeron un enorme edificio de actos y de fórmulas para llegar a decir esas pocas palabras. Eran el principio y el fin. Para quien ha alcanzado esto, palacios, reinos y vastos sistemas administrativos son antes un obstáculo que una conquista. Toda gloria humana, todo orgullo de conquistadores, toda avidez de placeres no eran más que un estorbo. La ebriedad dada por el soma no era un estado exultante sino incontrolable. Por eso decían acerca del soma: “Tú eres el guardián de nuestro cuerpo, oh soma; has tomado posesión de cada miembro como un custodio.” La ebriedad era una cáscara protectora, que podía en cada momento ser quebrada, pero sólo por la debilidad del individuo, quien entonces se volvía hacia aquella sustancia que era además un rey, pidiéndole gracia, como a un soberano benévolo: “Si quebrantamos el voto, perdónanos como a buenos amigos, oh dios, por nuestro bien.” Esta familiaridad fisiológica con lo divino hacía que el soma, rociando el cuerpo, lo sostuviese. Ni siquiera los griegos, expertos en ebriedad, osarían hacer confluir la posesión y el supremo control en un mismo estado, concedido por esas “bebidas gloriosas” y “salvíficas”, de las que se dice: “Como los arreos del carro, así mantenéis unidos mis miembros.” ¿Cuál será el último deseo, que entonces parece casi al alcance de la mano? La vida infinita: “Oh, rey Soma, prolonga nuestros días como el sol las tardes de primavera.” Delicadeza, lucidez: el infinito se presenta como una gradual, imperceptible expansión del dominio de la luz.
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Fragmento de la novela con el mismo nombre (Anagrama, Barcelona, 2016).









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