Antonio Bello Quiroz
A Valeria, por ese sí
El amor es un invento. Por más que se intente justificar, nada, absolutamente nada hasta el momento puede dar certeza de alguna condición natural del amor. La razón última de lo que aquí se afirma es muy simple: nada de lo humano es natural. Los seres humanos somos un manojo de sueños hechos de palabras. Los seres humanos, los hablantes seres, estamos cruzados por el lenguaje y por tanto nos hemos desarraigados de lo natural. El amor no tiene nada que ver con las feromonas o la química, nada que ver con lo biológico, aunque nunca nos alejemos de ese misterio que es el cuerpo anatómico. El amor es una cuestión más mitológica que biológica e incluso lógica. El amor es la zona privilegiada de lo imaginario, sí, pero también la historia que se cruza entre los amantes (hecha de palabras), y además lo real indecible del cuerpo.
Desde luego que el amor tampoco tiene nada que ver con lo metafísico, no es una cuestión divina ni demoniaca. Por más que el amor nos pueda elevar a los cielos o hacernos caer al peor de los infiernos. Así nos lo dibujó Platón en su Banquete o sobre la erótica, donde Eros, el amor, es hijo de Penia (la pobreza) y Poros (la abundancia). No, el amor no es ni biológico ni metafísico, es una cuestión psicológica que tiene fecha de invención.
El amor se inventó en Occidente, aunque ya existía como tal en el mundo árabe medieval. La prueba contundente se encuentra en la obra de ese beduino llamado Ibn Hazm y su Collar de la paloma. El amor es una pasión venerada por muchos y practicada, siempre con ambigüedad, por muy pocos. El amor reclama exclusividad, se centra en la elección y la decisión. Pero nadie conoce la elección y la decisión correcta, por ello es un juego. Un azar, un juego, si se quiere, que también es muestra de fe. El amor es un acto de fe, una eucaristía, como dice Octavio Paz en La llama doble.
El amor no puede desarrollarse sin obstáculo. No puede vivirse sin prohibición y, por tanto, sin transgresión. Muchos son los obstáculos que el amor habrá de superar. Pero justamente por eso, porque no hay amor sin un tercero que obstaculiza (puede ser una persona o una condición como la edad o la distancia), es que el amor despliega toda su pasión transgresora. El amor es una de las formas de la oposición a lo que se muestra como prohibido. El amor se alimenta de prohibición, el obstáculo es su motor. El amor cortés es la forma más desarrollada de la transgresión. La mujer amada, la dama, debe ser casada y su enamorado, el trovador, habrá de ser de un rango inferior. En el amor cortés, ese amor que se organizaba en las cortes donde se daba el “galanteo de palacio”, generalmente entre las jóvenes doncellas y los hombres mayores que eran parte de la corte real.
Las prohibiciones que se interponen en el amor han cambiado de época en época, pero siempre tendrían que estar ahí. El tercero como un dios siempre en medio de los amantes. La categoría del tercero como aquello que genera dudas es la condición del amor. Nietzsche decía que el amor se alimenta de dudas. Las primeras prohibiciones tenían que ver con el la diferencia de rango. Ya decía, por un lado, la dama era una mujer cortesana, casada. Mientras que por el otro lado tenemos al trovador, un plebeyo de menor jerarquía social. Pero también había prohibición por la edad de las doncellas, casi siempre menores de edad según nuestros parámetros, y los cortesanos, generalmente hombres mayores y casados.
Quizá de los obstáculos o prohibiciones más crueles, y quizá el de mayor vigencia, sea el que implica una categoría tan ambigua como peligrosa. Me refiero a la categoría de raza. Aún hoy podemos escuchar como un anhelo familiar la ofensiva expresión “mejorar la raza” en el momento de la elección de pareja. Se trata de un obstáculo que implica tanto a lo racial, lo social y lo económico. Nadie puede negar que en buena medida el obstáculo que implica la clase social y la posición económica es obstáculo para las relaciones sexuales permanentes. Son diferencias que, como señala Octavio Paz en La llama doble, no figuran en los códigos sino en las costumbres. La forma más radical de selección racial se ha dado en el nazismo. Las relaciones sexuales fueron prohibidas entre dos personas que no pertenecieran a la raza aria. Esa tontería de la pureza de sangre ha traído las más crueles y fatales consecuencias.
Es muy difícil negar que en nuestras sociedades la Iglesia es la que más ha promovido las prohibiciones al amor. La Iglesia, en particular la católica, ha impuesto sus criterios para conformar una familia, con la carga de discriminación que eso implica. Con un discurso retrógrada, la Iglesia piensa más en conservar sus privilegios que en el amor y en la conformación de la pareja. Con una doble moral, en particular se ha ensañado con los homosexuales. Aduciendo un no sé qué derecho natural, se han opuesto siempre al amor entre personas del mismo sexo. Lo mismo que al aborto y a la adopción por parejas del mismo sexo. La Iglesia católica, ese cadáver ambulante que tanto daño le ha hecho a la humanidad, es promotora de las prácticas más crueles y discriminatorias para aquellos y aquellas que se atreven a mostrar su diferencia. Desde luego, sus preceptos sólo están orientados para mantener sus privilegios y tener el control de los cuerpos y de las almas. La Iglesia se alimenta de la sumisión y la ignorancia, lo mismo en el amor que en todas las prácticas de vida cotidiana.
El amor no puede existir sin las prohibiciones. Nunca hemos visto una forma de amor que no venga con sus obstáculos y por tanto con sus transgresiones. El amor es en sí mismo subversivo y se tendría que estar atento a todos los discurso que hagan del obstáculo su bandera. El obstáculo es lo propio del amor, sin embargo, no debe ser sino un motor para poder hacer del amor una hazaña. De lo que se trata es de hacer del amor algo más digno y menos tonto.








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