Antonio Bello Quiroz
Hannah Arendt en un hermoso libro, El concepto de amor en San Agustin, nos dice que para este Padre de la Iglesia “Amar no es otra cosa que anhelar algo por sí mismo”. El amor es un tipo de anhelo (apettitus) que se encuentra ligado a un objeto determinado que es el desencadenante del propio anhelo. Esto implica un movimiento que nos llevaría al objeto que nos mueve; una vez que tenemos el objeto nuestro deseo cesa, a no ser que estemos amenazados por su pérdida. Así, el deseo de tener (appetitus hahendi), dice Arendt, se torna en temor de perder (metus amittendi). El amor, en este sentido, se encuentra vinculado necesariamente con la insatisfacción, y una de las formas de garantizar la insatisfacción (que haría que el deseo se sostenga) es el vínculo con lo prohibido, lo que le da su carácter de clandestino.
El objeto amoroso está sometido siempre a lo prohibido (lo clandestino) como condición para que el deseo se sostenga, además de encontrarse siempre amenazado. Lo que nos lleva a pensar que el deseo se sostiene mientras el amor no se encuentra realizado. Podríamos decir que, más allá del sentido común, no hay amores seguros, y más aún, la mayor sentencia para el vínculo amoroso es considerar que el vínculo con el partenaire está “seguro”. Tanto es así que al parecer no se puede amar sino a lo que se nos escapa, lo que nos deja medio insatisfechos y además que exista algo que lo haga inalcanzable, marcado por la dificultad e incluso por lo clandestino. Es casi un lugar común escuchar frases como “lo prohibido es lo que genera más tentación” y, más radical aún: “nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde”, como si se supiera vulgarmente que conocer la esencia del amor requiere la pérdida del objeto amado.
Una amenaza actual recae sobre la vida amorosa, la cada vez más difícil clandestinización de la elección del objeto amoroso. Me explico. Si bien es cierto que el amor (como la culpa) tendría que declararse, como enseña Roland Barthes en su Fragmentos de un discurso amoroso, en la actualidad, ante la casi obligación de hacerlo público mediante las redes sociales, se cancela el espacio que le es propicio: la clandestinidad, ese espacio privado donde se puede recrear la seducción, incluso la cortesía. El mandato social, desde el capitalismo salvaje es: ¡goza! pública y rápidamente.
El amor se organiza en y desde lo secreto, lo oculto, lo que es clandestino. Su raíz etimológica es la raíz latina clam, que se refiere a lo oculto o escondido. El amor requiere de reserva para poder florecer. Lo clandestino del amor, desde luego, es con respecto a lo público, lo que cada grupo social reclama como cuota, como legislación que les daría un lugar en el grupo social y sus leyes. El amor, en su primer y vital momento, surge como una oposición a la ley social (leyes de intercambio y de estructuras de parentesco), eso es justamente lo que lo hace sostenerse, aunque no por mucho tiempo en tanto que el amor no puede preservarse sino en lo simbólico.
Vivimos, sin embargo, un momento social en donde lo privado está desapareciendo, y se exige que la vida amorosa se haga pública de inmediato. Las redes sociales operan como el gran ojo que todo lo escudriña; el amor se vuelve volátil porque no encuentra el espacio de lo oculto, lo clandestino, que es su caldo de cultivo. La amenaza recae sobre el espacio de lo privado. Lo privado, la lógica lo demanda entender, no puede extinguirse, no habría posibilidad, más aún su búsqueda se recrudece, entonces pasa a ocupar el lugar de la tentación por lo clandestino.
¿Dónde radica el riesgo? Freud ya nos ha mostrado en diversos momentos que la libido, en la medida en que es retirada del mundo exterior, retorna al yo ahora bajo la forma de libido narcisista. La vida en pareja está fuertemente narcisizada, aunque ocurre lo mismo en todos los ámbitos donde los sujetos nos movemos. La consecuencia de esta retracción libidinal la encontramos en los cuadros clínicos narcisistas como las toxicomanías, la bulimia-anorexia, o patologías del acto como el suicidio o el crimen. En todas estas expresiones encontramos posiciones de autocastigo. La vida amorosa no escapa. Nos encontramos con una vida amorosa completamente al servicio del mandato que opera como imperativo: ¡goza!
Contrariamente a lo que de ordinario se piensa, el psicoanálisis nos habrá de mostrar que la vida amorosa se organiza en torno a la lógica de lo prohibido en tanto que es inevitable que el amor consista en ofrecer al otro lo que “no se tiene” y de esperar precisamente lo que tampoco tiene el otro. Así lo escribe Jacques Lacan en el Seminario 5, Las formaciones del inconsciente: “El problema del amor es la profunda división que introduce en las actividades del sujeto. De lo que se trata para el hombre, de acuerdo con la propia definición del amor, es dar lo que no se tiene, es de dar lo que no tiene, el falo, a un ser que no lo tiene.” Sólo de esta manera el deseo prevalecerá en el estatuto que le es propio: insatisfecho y clandestino. ¿Cómo entendemos esa lógica? Se dice que primero hay que tener para poder dar, pero eso es muy sencillo, es la lógica diurna, la pública, pero el amor se sostiene en otra, dar lo que no se tiene. Asumir este sentido implica recoger una invitación a la creación, amar a pesar de las fallas, incluso asumir que las fallas en el amor son su motor.
Pero si hemos afirmado que el amor se despliega a partir de la insatisfacción y la clandestinidad, ¿de qué estamos hablando? ¿Será que se trata de sugerir que entre los amantes se procuren los desencuentros y se guarden secretos? No, de ninguna manera, estamos hablando de que el amor se despliega esencialmente en una dimensión de fantasía inconsciente. Éste es justamente el espacio de lo privado a que nos referimos. Es ahí donde se conjugan tentaciones, prohibiciones (el amor es una persistente nostalgia, por lo que es designado como prohibido, por ello está siempre ligado a la culpa), insatisfacción y clandestinidad. Es el rostro privado del amor lo que ese que se encuentra amenazado al poner en peligro de extinción la vida privada, la vida íntima.
Quizá el consultorio del psicoanalista sea el último oasis donde se abre un espacio y se monta un dispositivo donde se escucha la vida íntima del sujeto, la vida privada, la vida amorosa que se expresa como insatisfactoria y clandestina.








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