Daniel J. León Islas
La palabra amor es una de las más utilizadas de nuestro tiempo y a la vez una de las menos comprendidas, ya que al ser un término abstracto es difícil establecer una definición precisa. A nivel etimológico, el amor se relaciona con el deseo: querer procede de quarare, “buscar”. Según José Antonio Marina, la palabra “voluntad” procede de la raíz indoeuropea wel-: “querer”, de donde se derivan en francés vouloir, el alemán wollen o el eslavo velja, todas con el mismo significado.
Podemos hablar del amor como una pasión, la cual se caracteriza por el deseo de una persona por querer vincularse con otra para sentirse conectada física y emocionalmente. También se puede considerar al amor como un afecto que surge espontáneamente, seguido de una sensación placentera que se asocia comúnmente con una relación de pareja.
No obstante, estos conceptos son tan generales que no llegan a involucrar las cientos de definiciones que existen hoy en día; la ciencia, la psicología, la filosofía y la religión tienen sus propias concepciones sobre esta emoción humana. Sin embargo, el amor tiene algo en común en todas las culturas: es una energía que nos mueve constantemente hacia la felicidad y también, a veces, el sufrimiento.
El amor es algo intangible que adquirimos a través de la cultura, es algo que sucede a todos alguna o varias veces en la vida y socialmente aprendemos qué formas de relación son aceptadas, qué formas de amar están mal vistas; aprendemos a formar parejas e imitamos los modelos amorosos que nos venden los medios de comunicación (radio, tv, cine, publicidad).
Este sentimiento lo podemos dirigir hacia otras personas o hacia bienes materiales que nos satisfacen, pero la realidad es que todo nace en uno mismo y el amor debería comenzar en ese punto. Amarse a uno mismo significa darse la oportunidad de descubrir el potencial y la grandeza que llevamos dentro; el ingrediente principal para amar a otra persona es amarnos a nosotros mismos. Nadie puede dar lo que no tiene, así que, si alguien no es capaz de quererse a uno mismo, no puede amar a los demás.
Si uno es capaz de amarse a sí mismo, podrá compartir amor, y en ese sentido hay aceptación incondicional, honestidad y bienestar. Entonces, si tenemos con quien compartirlo, lo apreciamos y lo disfrutamos. Pero si no hay nadie, seguimos de todos modos felices con nosotros mismos, pues ya sabemos que el amor a uno mismo no depende de nadie más.
Para empezar a querernos a nosotros mismos hay que empezar a vivir solos, hacer las paces con nuestra soledad, y en ese espacio de separación podemos atrevernos a ser quienes somos, a perder el miedo a perder, a hacernos responsables de nuestra vida. Ya no buscamos más, ni tampoco esperamos que los demás nos den el amor que, en realidad, llevamos dentro.
Las personas que viven casadas o en unión libre cada día parecen ser más infelices, al crear lazos de dependencia y apego que inevitablemente las conducen al sufrimiento, aparte de toda la problemática que implica ponerse de acuerdo en cuestiones económicas y familiares. Por otro lado están las personas que han reconocido la importancia de amarse a sí mismas al vivir solas; aquí no hablamos de egoísmo ni de creerse el centro del universo, hablamos de la necesidad de sentirse a gusto uno consigo mismo para poder vivir y disfrutar de una estabilidad mental-emocional.
Para comprender a este último grupo de personas, primero hay que verle la cara positiva a la soledad y no asociarla con estados de tristeza, desaliento o depresión. El escritor italiano Carlos Dossi dijo: “¿Por qué, en general, se rehúye la soledad? Porque son muy pocos los que encuentran compañía consigo mismos.” Indiscutiblemente, la soledad es la mejor vía para acercarnos a nosotros mismos. Únicamente cuando estamos solos, con la compañía de nuestros pensamientos, somos capaces de conocernos a nosotros mismos y apreciarnos.
La soledad es campo fértil para sembrarlo con semillas de amor propio, que a menudo se le olvida a la mayoría de las personas por estar dedicadas a los demás en búsqueda de aceptación, de ser elegidos por alguien, por demostrar al mundo que valen para sobrevivir en una sociedad caótica donde la soledad se ha confundido con la desolación.
El amor en tiempos de soledad es una experiencia personal ante la cual no existen recetas ni fórmulas mágicas, no obstante, existen tres características que utilizan las personas que viven solas: no tienen un esquema ideal de pareja o familia; son independientes, económica y emocionalmente; tienen redes o grupos de apoyo.
El amarnos a nosotros mismos es posible, pero necesitamos reeducarnos, esforzarnos, pero, sobre todo, olvidarnos de los estereotipos y clichés que tenemos sobre el amor, para dejarnos fluir e ir al encuentro con la soledad. En ella existen nuevas posibilidades que sólo pueden expandirse si la aceptamos y la abrazamos.









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