Antonio Bello Quiroz
El discurso capitalista, y más aún, en su fase radical de capitalismo salvaje, lo sabemos, invita a mantenerse en la línea infinita del consumo, incluso hasta volver al sujeto mismo en objeto de consumo. Todo es objeto de consumo: no terminamos de conocer cómo opera un objeto o dispositivo cuando ya el mercado ofrece uno nuevo. Por tanto el vínculo con los objetos se ha vuelto efímero, todo se convierte en desechable. Los tiempos modernos imponen formas que podemos llamar banales de estar en el mundo, sometidos los sujetos a una imposición de goces pulsionales indiscriminados.
Estas nuevas formas de estar en el mundo tienen consecuencias cada vez más evidentes. Podemos mencionar tres: el primado de lo virtual, la negación de las pequeñas diferencias, y la violencia y crueldad con el que se dirimen las diferencias. Más aún, al estar sometidos al consumo indiscriminado, los espacios donde el sujeto se pueda interrogar sobre sus actos se han reducido hasta casi volverse inexistentes. Se impone el silencio social que, paradójicamente, se sostiene en la exacerbación del sonido: el silencio en medio del ruido.
La tragedia de la condición humana no tiene espacio para ser escuchada, cada vez menos resulta posible detenerse para interrogarse sobre sí mismo. El dolor no se escucha, es anestesiado. Detenerse en la carrera desesperada por tenerlo todo implica negarse a acceder al artículo prínceps que el discurso posmoderno propone: la felicidad. El sujeto contemporáneo es incitado a no perder absolutamente nada del goce de sus síntomas; por el contrario, es mandatado a obtener satisfacciones sin complicaciones, en cualquier circunstancia y a toda costa. Con dispositivos que no dejan lugar a la falta: estar siempre conectado.
Desde luego, en el campo del tratamiento terapéutico también se ofrece una amplia variedad de modelos que evaden la escucha: flores de Bach, PNL, psicomagia, constelaciones, terapias cognitivo-conductuales, las neuro-terapias, y un muy largo etcétera. Claro, la ciencia también produce fármacos de última generación, o drogas de diseño. Todo con tal de acallar el sufrimiento.
Sin embargo, la “terapia” que más adeptos tiene es justamente el consumo, uso terapéutico que no se reconoce como tal, es decir, generalmente opera sin que el sujeto se percate de ello. El consumo de todo aquello que garantice una felicidad, por efímera que sea. Más aún, un consumo que por un momento nos permita evadirnos de la lacerante realidad, quizá por ello tenga tanto auge el consumo de drogas como una vía rápida de satisfacción. También nos podemos explicar así que sea la imagen el artículo de mayor consumo.
Coincide esta posición del sujeto con la llamada “caída de los ideales”, aunque en sentido estricto más que caída de los antiguos ideales, lo que se vive es una pluralización, su explosión o estallido según se quiso pensar desde los autores que sostienen la idea del “fin de la historia”. La posmodernidad, con su propuesta de virtualidad ha producido un cambio donde se buscaría el placer sin el deseo, lo que llevaría a que, por ejemplo, en las redes sociales alguien pueda tener contactos en lugar de amigos, pornografía en lugar de encuentros sexuales, calculo en lugar de reflexión, como enseña Martín Heidegger en su libro Serenidad.
Jacques Lacan en el Seminario 17, El reverso del psicoanálisis, plantea una serie de matemas para explicar formas específicas de establecer el lazo social. Entonces estableció cuatro discursos: de Amo, Universitario, de la Histérica y del Analista. Estableciendo que es un discurso según sus enseñanzas, Lacan escribe: “El discurso como una estructura necesaria que excede con mucho a la palabra, siempre más o menos ocasional. Prefiero, dije, incluso lo escribí un día, un discurso sin palabras. Porque en realidad, puede subsistir muy bien sin palabras. Subsiste en ciertas relaciones fundamentales. Éstas, literalmente, no pueden mantenerse sin el lenguaje. Mediante el instrumento del lenguaje se instaura cierto número de relaciones estables, en las que puede ciertamente inscribirse algo mucho más amplio, algo que va mucho más lejos que las enunciaciones efectivas. Éstas no son necesarias para que nuestra conducta, eventualmente nuestros actos, se inscriban en el marco de ciertos enunciados primordiales.”
Los discursos escriben un vínculo entre parteneres humanos: el discurso del amo, entre el amo y el esclavo. El discurso del amo alude a toda acción de tomar la palabra en tanto que supone una acción sobre el otro. Se sustenta en un discurso inequívoco, es la voluntad de dominio lo que caracteriza al discurso del amo. Y si bien es cierto que ya no hay amos universales, los discursos que se imponen al sujeto no han dejado de existir, muy al contrario, se han hecho mucho más severos. Si entendemos que la pretensión del amor es determinar que de todo hay saber, un saber total. Se sustenta en un postulado establecido por la equivalencia saber = poder. En la actualidad podemos leer este postulado bajo la equivalencia tener = poder. El último rostro del amo universal es el consumo: para ser hay que consumir.
El discurso del amo opera produciendo sugestión, generando palabras o imágenes destinadas a fascinar y obtener un dominio sobre el otro. El dominio sólo es posible a condición de excluir del discurso la división subjetiva. Esto es justamente a lo que incita el amo contemporáneo, el mandato es simple: consume y no te interrogues.
En la política, que es la forma esencial del discurso del amo, el mandato que se ejerce es gozar (vía la corrupción y la impunidad) a costa de lo que sea, para lo cual se hace posible, como señala Žižek, la suspensión política de la ética. Ésta es otra forma de decir que se excluye la división subjetiva del sujeto.








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