Andrés Rivera
Le pregunté a Baudelaire, una noche, quién hubiera deseado ser si no fuese el poeta que era. Baudelaire, que cultivaba, con una pasión exquisita y femenina, la provocación, dijo, en voz alegre, Teresa Cabarrus. Y se tendió sobre la mesa, y desarrimó platos y luces, y volteó vasos, y me explicó, con una voz áspera, rápida, fulgurante, que Teresa Cabarrus fue, durante el periodo del terror jacobino, mujer de Juan Lamberto Tallién, uno de los jefes del Termidor.
Ella emplazó a su marido, dijo Baudelaire, tendido sobre la mesa, y a los otros jefes del Termidor, a que terminasen con el mandato de Robespierre. Con esta pequeña mano lo conseguí, murmuró Teresa Cabarrus, con su vocecita excitada, tendida sobre la mesa. Y me trajeron la cabeza de El Incorruptible a la cama, a mi cama, a la mía, rió la saltarina vocecita a ras del mantel. Y no mentía la vocecita tan francesa de Teresa Cabarrus. Fue, monsieur Bedoya, el símbolo de la victoria de la belleza, de lo que venía a quedarse… ¿Cómo se llama eso: burguesía? Fue el triunfo —¿cómo decirlo, monsieur Bedoya?— de los salones, eso, de los salones sobre el desvarío de los jacobinos volcados a un igualitarismo espantable y demagógico.
La vocecita dorada se apaga sobre el mantel manchado con el tomate de los spaghetti. Tiempos magníficos, monsieur Bedoya. Pero fugaces. Mi cama olía a sueños, a quimera, a las efusividades de los sanos y de los fuertes. Me llamaron, recuérdelo, monsieur Bedoya, Propiedad Nacional. Y Herodías de la clemencia. Más vino para Teresa Cabarrus.
Baudelaire se enderezó en su silla, me miró, tomó vino y volvió a tomar vino, y su voz áspera, no rápida, no fulgurante, vibró, gruesa, con el vino, y se hizo lenta, y Baudelaire, lo recuerdo, madame Cabarrus, cerró los ojos, y dijo:
La burguesía se apoderó del control económico, político y moral y social de Francia, de Inglaterra, y de los Estados Unidos y de buena parte de Europa. Y decretó la inutilidad de la poesía. Y los poetas no tenemos alternativas. Podemos aspirar, aquí, a un limbo pequeño e higiénico: ser los escribas de un banquero. O se nos sospechará de enemigos del orden y la propiedad, como a los obreros socialistas, lo cual es excesivo desde donde sea que se nos mire. En verdad, la burguesía siempre es excesiva.
Y ahora, dijo Baudelaire, sonriendo, los ojos cerrados, la voz rápida y jadeante, usted, burgués, pague al bufón.
Despierte, Charles, le contesté. Despierte. Usted es sólo una curiosidad que mi presupuesto consiente.
Baudelaire abrió los ojos, me miró, y no me vio, y dijo, con una voz que no era la suya:
Je suis un vieux boudoir plein de roses faneés.*
Baudelaire se levantó de la mesa, y se fue, negra la ropa, hacia la sífilis.
——
* Soy un viejo gabinete lleno de rosas marchitas (N. del E.).
Fragmento de la novela homónima (Alfaguara, Argentina, 1991).









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