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01 Eraos y Psique.
KAOS 0

El alma y el amor

· junio 21, 2019

Antonio Bello Quiroz.

 

Para Valeria, amor del alma mía

 

Jacopo Zucchi, pintor manierista nacido en Florencia en 1541 realizó, como una obra tardía (1589) Amor y Psique, que también es llamada Psique sorprende a Amore, ilustrando una interpretación de una escena narrada por Lucio Apuleyo en su Metamorfosis o el asno de oro, escrita en el siglo II d.C. La escena en cuestión es la entrada de Psique a la habitación donde muchas noches se ha encontrado con su amante (Eros), a quien tenía prohibido ver. Entra armada, con una lámpara en una mano y en la otra una daga. Ha estado muchas noches con Eros, pero nunca lo ha visto y no puede más con la curiosidad y las ansias de conocerle que le consumen.

Casi dos siglos antes, también en otra Metamorfosis, pero ahora la de Publio Ovidio Nasón, un largo poema que narra la historia del mundo, en el libro X se relata la historia de Mirra y su padre Cinirias que es recitada por el divino Orfeo, después de fallar en el rescate de Eurídice de los infiernos. Se cuenta que todos los hombres de Oriente, hermosos y poderosos, se disputaban el amor de Mirra en edad casadera, pero no era eso lo que ella deseaba. Llorando, narra Ovidio, la desdichada joven encaraba a los dioses con intensidad: “¿Qué pasión me enloquece? ¿Qué deseo hacer? ¡Oh, dioses! ¡Piedad! ¡No permitáis mi pecado, si pecado es amar a su padre!…” Así se dolía la joven Mirra, calificaba como una injusticia el no poder amar a su padre como ella lo deseaba, un deseo prohibido, incestuoso. “Cinirias es digno de ser amado… pero ¡¡yo no lo puedo amar como a un padre!! La sangre me une a él… ¡y la carne! ¡Es mío… y no es mío! […] Cuando me acaricia, mi sensualidad se enciende… ¡Ay, cómo envidio y odio a mi madre que con él ha gozado!” El padre le pregunta a quién ha decidido entregarle su corazón, y ella contesta: “¡A ti le quiero semejante!” Al no encontrar respuesta a sus tormentos amorosos, decide suicidarse. Una anciana que escuchó sus plegarias la salva y le promete ayudarle en sus pasiones. Lo hace: una noche aprovecha que Cinirias está medio borracho y le dice que hay una doncella muy hermosa y llena de amor por él. Cinirias, febril, le pide que la haga venir. La anciana le pone una condición a Cinirias para llevarle a su propia hija: ella quería llegar e irse sin ser vista, sin ser reconocida. Así se consumó la relación y Mirra quedó embarazada por su padre. Los encuentros se sucedieron muchas noches, hasta que Cinirias no pudo refrenar su deseo de conocerla e ideó una forma en que las luces de los mecheros se encendieran de pronto, y al ver que era Mirra, su hija, quedó aterrado, cogió su espada y Mirra salió huyendo. Amor incestuoso, amor enloquecido. De esa relación nació el hermoso Adonis.

Regresando al cuadro de Jacopo Zucchi, donde Psique sorprende a Eros, ella entra a la habitación alzando su lámpara sobre la cabeza de Eros. Psique es favorecida por el amor de un dios, es un amor extraordinario, pero hay una prohibición: él le prohíbe verle. El amor persiste mientras no se realiza. Psique no puede evitarlo, la curiosidad le gana y transgrede la prohibición; empiezan sus desgracias. Irrumpe en la habitación con su lámpara y su daga.

Jacques Lacan, en la lección del Seminario 8, sobre La transferencia, desarrolla una lectura de esta pintura de Zucchi. Después de mencionar la cuestión de que Psique irrumpe armada, señala la ausencia de alas en Psique. Pero sobre todo nos llamará la atención sobre un ramo de flores que aparece en primer plano; señala “el órgano que anatómicamente debe estar simulado detrás de esa masa de flores, a saber, muy precisamente, el falo de Eros”. Las flores señalan ocultando lo que es amenazado por la daga de Psique. Para el psicoanalista es claro, se trata de la representación de la amenaza de castración, aquí de manera directa a lo sexual, porque ya algo hay de esto, nos recuerda Lacan, por ejemplo, en la representación de Judith y la decapitación de Helofermes.

La escena representada en el cuadro del manierista es sólo un momento de la novela de Apuleyo. Viene precedida por una fase de la historia que bien podría ser llamada, nos dice Lacan, como etapa de “la felicidad de Psique”, aunque también ahí hay ya una adversidad: es considerada tan bella como Venus quien, celosa, le encarga a su hijo Eros que la lleve a la cima del monte y la entregue a un monstruo. Sin embargo, en la encomienda él queda prendado de ella, la rapta y la lleva a lo más oscuro de una gruta, y entonces Psique todas las noches disfruta de Eros, conoce la felicidad de los dioses. Hay un pacto que sostiene esta relación imposible, se trata de una prohibición: la condición para que se encuentren carnalmente es que ella nunca le vea. La joven, sin embargo, es curiosa y desobediente, e incitada por sus hermanas, decide armarse de lámpara y daga y revelar el misterio. El resultado es que Eros huye cuando es visto. Psique ha perdido lo que gozaba, Eros, el objeto de amor, se ha perdido y, sin embargo, enseña Lacan, es ahora que “Psique empieza a vivir como Psique”. Es decir, no simplemente provista de ese don que es la belleza que le lleva a competir con Venus, ni tampoco aferrada a una promesa de felicidad; por el contrario, adviene “como sujeto de un phatos que es propiamente hablando el alma”, se hace de un alma sólo en el momento en que “el deseo que le ha colmado se escapa y huye de ella”.

El alma (el falo, diríamos desde el psicoanálisis) es lo que organiza la existencia y, más aún, es lo que da estructura y dinámica al sujeto; dicho de otra manera, le otorga existencia sexuada. Dado que, según Freud, donde el deseo se presenta como deseo es en el plano del deseo sexual. Por ello, Lacan le hace coincidir en su surgimiento con el drama de la castración y lo marca como un momento histórico en la vida del sujeto, es decir, como un drama que marca en la dimensión significante, lo posibilita que el sujeto ocupe un lugar como deseante, se ubique en una dimensión inconsciente. En Psique se produce una metáfora, de ser el objeto de amor: la que es raptada, pasa a la acción, pone en juego su deseo de saber con quién se encuentra amorosamente, es cuando lo sabe que el objeto falta.

En el cuadro de Jacopo Zucchi es lo que queda oculto por las flores, el significante que falta, lo que organiza la escena, lo que introduce el enigma que se revela y se pone a la luz en primer plano en la relación entre Psique (el alma) y Eros (el amor).

 

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