Miguel Samsa
Incontables han sido las páginas utilizadas para determinar si las tesis de Heráclito de Éfeso y de Parménides de Elea se oponen en sus planteamientos centrales o se complementan. De más estaría citar aquí la ya conocida lista de autores que han esgrimido argumentos en uno u otro sentido.
El dilema, me atrevo a afirmar, ha sido un falso conflicto, un boxeo de sombras por decirlo de alguna manera, toda vez que la tradición filosófica ha dejado fuera a uno de sus principales protagonistas: Georgalos de Pesto (545 a.C.-508 a.C.), autor de un poema filosófico sobre la naturaleza que si bien fue leído con atención en su época, fue desdeñado por considerarse obra de un artesano, un aficionado, y no de un filósofo profesional. Georgalos gozó de abundante prestigio en las ciudades de la Magna Grecia, e incluso en la misma Atenas, debido a su trabajo de alfarería. Las técnicas desarrolladas por Georgalos, de acuerdo con los escasos vestigios que de ellas se conservan, podrían haber competido —si hubieran tenido la oportunidad— con la mejor cerámica del antiguo Oriente.
Sin embargo, este prestigio como alfarero y ceramista, terminó por excluirlo de las discusiones filosóficas de la época, cuyos aristócratas protagonistas desdeñaban el trabajo manual por considerarlo un distractor de la vida contemplativa. Autores como Edvard München o Lisandro Giacomino sostienen que Platón habría dedicado a Georgalos, precisamente, aquellos pasajes de su República donde se refiere a los artesanos y a la conveniencia de que cada individuo, para preservar la justicia dentro del orden social, debe dedicarse únicamente a la tarea que le corresponde.
Como resultado, seguramente, de su mismo trabajo artesanal, Georgalos planteó que el principio ordenador de la Naturaleza no podía ser ninguno de los elementos naturales que formularan los filósofos que lo antecedieron, pues cada uno de ellos puede ser afectado por los restantes. El principio ordenador, motivo de todas las reflexiones de los primeros tiempos de la filosofía, debía ser de orden distinto a los elementos materiales. Y no podía ser otro más que el vacío (κοίλος).
Para Georgalos, la forma de un objeto, así como su naturaleza (entendida como utilidad) está determinada por los vacíos o huecos que la determinan y contienen. El κοίλος es lo que le permite a todos los entes ser lo que son. Pero también, asegura el ceramista, es la posibilidad de que los entes puedan desplazarse o cumplir una función. Un ánfora que careciera de κοίλος no podría ser tal, pues justamente lo que la determina como ánfora es ese vacío que le permite contener líquidos.
No es la materia lo que permite que las cosas sean lo que son. Justamente, la ausencia de esa materia es lo que posibilita su existencia.
La idea de que lo hueco, lo inexistente, fuera el principio ordenador del cosmos le pareció aberrante a Parménides: nada puede proceder del vacío, de eso que no puede asirse ni nombrarse. Por ello se enfrascó en la tarea de escribir un poema que contrarrestara los —para él— absurdos planteamientos de alguien que, además, pretendía ejercer la filosofía en los ratos libres que su trabajo de ceramista le permitía.
Por eso, asegura Lisandro Giacomino, Parménides se empeñó no sólo en demostrar la existencia de un ser esférico, perfecto e inmóvil (donde no hubiera posibilidad alguna de ese peligroso y aberrante vacío concebido por Georgalos) sino también en advertir del peligro del falso saber generado por los hombres comunes, tan ajenos al saber auténtico.
La última copia del poema de Georgalos de la cual se tiene noticia se perdió en el incendio de la biblioteca de Alejandría del 48 a.C.









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