Adriana Cahuantzi Salgado
El arte de la cinematografía es una ventana que nos permite empaparnos de sus historias, que en muchas ocasiones son las nuestras o en otras por lo menos nos circundan con su magia natural. Una de esas historias es la nueva creación del mexicano Guillermo del Toro, quien con su largometraje La forma del agua ha impactado al público y también a la crítica.
En primer lugar, es importante mencionar que la dicotomía necesaria entre autoridad y marginación es muy palpable en nuestros días. Quienes se encuentran en la cima del poder necesitan de los “insignificantes” para que la estructura creada por aquéllos siga dando frutos; sin embargo, la magia de la libertad siempre puede surgir, incluso en momentos inesperados.
Lo anterior se vislumbra certeramente en la cinta en cuestión, por ello Luciano Campos Garza dice: “Del Toro expone a su inocente protagonista a los horrores de la peor maldad, mezclando las acechanzas, en un delirante juego de ambivalencias, con la candidez de una mujer que es como una madona desvalida. Está entregada, literalmente, en alma y cuerpo a un ser desconocido, bestial, que provoca pavor a sus captores pero que, ante ella, se comporta como una mascota afectuosa. Son dos parias que el mundo rechaza.”
Sin duda, las relaciones que se establecen en la historia revelan mucho del juego de poder que se dibuja magistralmente. El brutal agente de seguridad, villano de la historia, es frío, manipulador, egoísta en el puesto que desempeña pues esto le permite mostrarse como dueño de la situación y el orquestador de la vida de quienes están a su cargo. Elisa y Zeida son seres que encuadran a la perfección en el entorno del agente, pues son subordinadas, afanadoras del laboratorio, últimas piezas en el engranaje de su organización; aunado a esto se encuentra la discapacidad auditiva de Elisa y la pertenencia a la raza negra de la otra.
Del mismo modo, la marginación se presenta en el caso del vecino de Elisa, pues su condición de anciano le permite a la compañía de publicidad en que trabajaba quitarle el puesto, ya que son más llamativas las fotografías que las ilustraciones hechas a mano. El carro de la modernidad no permite, a quienes son obsoletos, abordarlo. La fugacidad nos circunda. Cabe mencionar que este personaje también sufre la homofobia propia de la época y por lo tanto debe esconderse en la sociedad en el aislamiento de la noche.
Por otro lado, la ambientación en la época de la Guerra Fría hace que los conflictos políticos también se hagan patentes, pues el único objetivo de los norteamericanos al mantener a la bestia en cautiverio es utilizarla como una arma bélica, sin importarles el sufrimiento de este ser. Es decir, su lema se resumiría en: vencer sin mirar a quién, aunque al lado de quienes liberan a la bestia, se encuentra un investigador ruso infiltrado, quien tiene un mortal fin. Esto nos remonta a la época en que, para los norteamericanos, se cristaliza un sueño que nunca llega a realizarse: ganar la carrera espacial a Rusia.
Después de revisar los aspectos antes mencionados, es necesario comentar que la soledad, el amor y la solidaridad se observan entre el grupo de “incomprendidos”. Elisa, el vecino, la amiga y la bestia unen sus fuerzas para romper el yugo opresivo de la sociedad. Tal vez por eso Del Toro sitúa a estos seres imaginarios en la oscuridad y la quietud de la noche, pues la mayoría de las escenas se sitúan en ese ambiente.
Por ello es importante comentar que el mundo creado por el director mexicano es una fotografía del tiempo actual en el que las esferas sociales actúan según conveniencias, crean estrategias para verse beneficiadas y la marginación, en pleno siglo XXI, es nuestra compañera a pesar de que existen grupos o asociaciones que trabajan en su eliminación. El racismo, el clasismo, el abuso del poder están en la historia.
Para concluir, La forma del agua es un canto profundo que tiene como principales intérpretes a los desvalidos, piezas claves del laberinto que Del Toro trazó para gusto de sus espectadores. Es un espacio ficticio en donde fluye la libertad, esencia del ser humano que se agita y emerge para hacer de cada uno de nosotros agua multiforme.









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