Pietro Citati
En uno de los episodios más citados del Evangelio según Mateo, Jesús pregunta a sus discípulos: “‘Y vosotros ¿quién decís que es el Hijo del Hombre?’ Simón Pedro contestó: ‘Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo’. Jesús le dijo: ‘Bienaventurado eres tú, Simón, porque ni la carne ni la sangre te lo han revelado, sino mi Padre que está en los cielos’.” En un texto gnóstico, el Evangelio según Tomás, encontramos una variante de este episodio. “Jesús dijo a sus discípulos: ‘Comparadme, decidme a quién me parezco’. Simón Pedro le dijo: ‘Te pareces a un ángel verdadero’. Mateo le dijo: ‘Te pareces a un filósofo sabio’. Tomás le dijo: ‘Maestro, mi boca no consentirá de ningún modo que yo diga a quién te pareces’.” Tomás, el discípulo elegido, según la gnosis, rehusó, pues, revelar lo que sabía en lo más hondo de su inteligencia: porque Cristo es inefable como el Abismo. “Entonces Jesús cogió a Tomás, se apartó con él y le dijo tres palabras.” Según Henri-Charles Puech, estas palabras pudieron haber sido: “El Padre, el Hijo y el Espíritu”; o “La Vía, la Verdad, la Vida”; o “Kaulaku, Saulasau, Zeesar”, tres misteriosos nombres gnósticos. Aunque, como también él observa, lo más significativo es que no se digan esas tres palabras. El nombre de Cristo, que en el Evangelio según Mateo Pedro manifestaba sin miedo, queda oculto. La verdad permanece oculta. “Entonces, cuando Tomás hubo vuelto junto a sus compañeros, éstos le preguntaron ‘¿Qué te ha dicho Jesús?’ Éste les contestó: ‘Si os digo una sola de las palabras que me ha dicho, cogeréis piedras y me las tiraréis, y saldrá un fuego de las piedras y os quemará’.” Cualquier discurso que sobre Dios se pronuncie en el mundo es escandaloso: lleva al asesinato y al fuego vengador; así que el nombre secreto no debe salir de la confidencia entre el Maestro y el discípulo elegido.
¿Es ésta, entonces, la última palabra de la gnosis?, ¿el silencio?, ¿la imposibilidad de expresar? En uno de esos giros absolutos, característicos de la gnosis, el Evangelio según Tomás insiste: “Nada de cuanto está oculto dejará de ser revelado”; “nada de cuanto está tapado dejará de ser revelado”. En la pequeña comunidad gnóstica, que anuncia la unánime comunidad del fin del mundo, todos los nombres son conocidos, todos los secretos son pronunciados, todos los hombres saben de dónde vienen y a dónde van. Nadie podría ignorar el nombre y la presencia de Cristo, porque “levanta la piedra y allí lo encontrarás; hiende la madera y de nuevo allí lo encontrarás”.
Cristo es un fuego devorador; el Fuego que se esconde tras los siete velos del Trono; el Fuego de la caridad; el Fuego que incendiará el universo en el día final. “He arrojado el fuego al universo —dice— y hete aquí que lo cuido hasta que no queme.” Así, en las visiones que, a veces, lo liberan del peso del mundo, el gnóstico llega a ver una luz. “Un día de plenilunio, habiendo salido el sol de su órbita, una gran potencia luminosa lo siguió, brillante por extremo, y era imposible medir la luz que la seguía. Venía de la luz de luces… Esta potencia luminosa descendió sobre Jesús, cuando estaba sentado lejos de sus discípulos, y lo envolvió enteramente y resplandeció y a ellos les era imposible medir la luz que estaba encima de Él porque tenían los ojos oscurecidos por la gran luz y sólo pudieron ver que la luz emitía una multitud de rayos, cada uno de naturaleza diferente y de forma diferente…” A este ardor se eleva la plegaria del gnóstico: “¡Jesús, misterio escondido que me ha sido revelado, en mí has manifestado todos tus misterios más que en todos mis compañeros; me has dicho palabras en las que ardo, pero que no puedo expresar…! ¡Gloria a ti, viviente de viviente! ¡Gloria a ti, dador de vida a muchos! ¡Gloria a ti, ayuda y sostén de quienes vienen a tu refugio! ¡Gloria ti, insomne en toda la eternidad, que despiertas a los hombres…! Te doy las gracias con la voz que está encerrada en el silencio, que no se oye abiertamente, que no se emite con órganos del cuerpo, que no llega a oídos de carne, que no es oída por ningún ser que vaya a pudrirse, que no se extiende por la Tierra, que no está escrita en libros…”
Este Cristo de fuego no tiene nada que ver con el Cristo de los Evangelios y de san Pablo. Cuando atraviesa los cielos para descender a la Tierra, el Cristo gnóstico se reviste de la apariencia de un ángel para esconder su viaje a los ángeles malos que rigen los cielos. En la Tierra tiene la apariencia de un hombre. Su cuerpo no está, pues, hecho, como el nuestro, de carne, de huesos, de nervios, de sangre; sino que es un cuerpo sutil, espiritual o es, incluso, un fantasma, un espectro ilusorio y mudable. En los Hechos de Juan, los apóstoles tratan en vano de ver las huellas de sus pies en el suelo, y si ponen la mano en su cuerpo, se les hunde en una sustancia inmaterial. Cristo se transforma según los momentos y las personas: unas veces es un niño; otras, un gigante que toca el cielo con la cabeza; otras, un hombre hermosísimo de mirada serena; otras, un hombre calvo, pequeño y feo. Con ese engañoso cuerpo de aire, no puede sufrir ni morir en la cruz. Basílides llega a afirmar que quien subió a la cruz fue Simón el Cireneo, mientras Cristo, que había asumido la apariencia de éste, “estaba allí cerca, disfrazado, y se reía de los crucifixores”. El drama de la encarnación y el escándalo de la cruz, núcleo de la revelación cristiana, se convierten, pues, para los gnósticos, en un juego teatral, un truco de ilusionismo, con el que Cristo se burla de sus adversarios. Pero los gnósticos fueron vencidos. El Cristo ilusionista (o el Cristo-Ángel) fue vencido por el Dios-Hombre; la materia, el cuerpo, el dolor fueron redimidos y llevados a los cielos, y, como dice Henri Corbin, “la suerte del pensamiento y de la cultura occidental quedó establecida para diecisiete siglos”.
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Fragmento del libro La luz de la noche – Los grandes mitos en la historia del mundo (Acantilado, 2011).









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