Antonio Bello Quiroz
En 1931, con la sombra de Hitler asomándose, la incipiente Liga de las Naciones (antecedente de la ONU) encargó al Instituto Internacional de Cooperación Intelectual que organizara un intercambio epistolar entre intelectuales de relevancia sobre temas de interés para las naciones. Una de las primeras personalidades que se eligió con tal propósito fue Albert Einstein, y él mismo sugirió como interlocutor al eminente psicoanalista Sigmund Freud. Einstein le propone al psicoanalista una pregunta para dialogar, cuestión nada fácil: ¿Por qué la guerra? En 1933 la correspondencia fue publicada en tres idiomas: inglés, francés y alemán, pero en Alemania su circulación fue prohibida; la sombra de Hitler había caído: fue designado canciller.
En 1932 Einstein le escribió a Freud y este le contestó en 1933. Freud venía de una poderosa reflexión sobre la cultura y el malestar con el que cada uno cruza por ella (El malestar en la cultura, 1930); el vienés había vivido ya la primera guerra y había sufrido por la partición en ella de sus hijos; la guerra, la violencia, la agresividad le son presentes casi toda su vida.
Son varias las cuestiones que le inquietan a Einstein con respecto a la guerra, y piensa que el profesor vienés, explorador profundo el alma humana, le puede aclarar. Pregunta: “¿Hay algún camino para evitar a la humanidad los estragos de la guerra?” “¿Cómo es que estos procedimientos logran despertar en los hombres tan salvajes entusiasmos, hasta llevarlos a sacrificar su vida?”
Si revisamos la correspondencia a la luz de nuestros días, que efectivamente no se han librado de la guerra, podemos darnos cuenta de que algunos argumentos del físico siguen presentes, e incluso se han recrudecido. Señala que, por ejemplo, la clase gobernante tiene “hambre de poder político”, y se pone al servicio de intereses económicos, se hacen guerras para fabricar y vender armamentos. La guerra, decía en 1932, se fomenta por una minoría que tiene bajo su influencia la prensa, las escuelas, y a las iglesias. Ahora tendríamos una forma de decirlo: sirven a los “poderes fácticos”.
Freud responde un tanto forzado a este requerimiento epistolar, la considera “correspondencia tediosa y estéril”, señala su convicción de que el psicoanálisis se vea imposibilitado, como lo está, en encontrar soluciones prácticas a los estragos de la tierra, no se trata, el psicoanálisis, de una cosmovisión, tampoco es una forma de pensar; señala que evitar los estragos de la guerra se trata de un trabajo que tendría que hacer el Estado, los políticos.
Freud inicia su respuesta señalando la relación que hace Einstein entre Derecho y Poder, solicitando la oportunidad de referirse mejor aún a la relación entre Derecho y Fuerza o violencia. Enseña que en un principio los conflictos de intereses entre los humanos se solucionaban mediante la fuerza o la violencia, como ocurre con los animales. Esta condición se modificó y cambió cuando la mayor fortaleza de uno podía ser compensada por la unión de los más débiles; así, la violencia es quebrantada por la unión, y el poder de éstos unidos constituye el derecho en oposición a la violencia. Así, el derecho deviene en el poder de una comunidad, y estará pronta a “dirigirse contra cualquier individuo que le haga frente”.
Es a partir de esta construcción que se sucede una serie de hechos históricos que van constituyendo nuevos órdenes de derecho, mas siempre con el mismo esquema; es la historia de la guerra que se muestra, paradójicamente, como un medio para establecer la paz, escribe el maestro vienés: “por paradójico que suene, habría que confesar que la guerra no sería un medio inapropiado para establecer la anhelada paz ya que es capaz de crear unidades mayores dentro de las cuales una poderosa violencia central vuelva imposibles ulteriores guerras”. Freud, en 1932, centraba sus esperanzas de que la Liga de las Naciones tuviera la capacidad de asumir ese poder central que pudiese evitar futuras guerras; sin embargo, también expresaba sus serias dudas de que esto fuera posible. Podemos ver que sus sospechas eran fundadas. La hoy ONU, como es evidente, ha sido cooptada por los poderes fácticos trasnacionales que avalan invasiones, genocidios, matanzas siempre que convenga a los intereses de quienes mueven los hilos de la economía mundial. La violencia y las imposiciones que de esta se derivan están al servicio de los más poderosos.
Einstein se pregunta, y pregunta, si no habrá acaso algo que logre entusiasmar con tanta facilidad a los hombres para la guerra, algo así como un instinto de odio o destrucción. Freud concuerda con el físico y le intenta comunicar los derroteros que el psicoanálisis sigue al respecto. Señala que desde la teoría de su inversión se propone que las pulsiones que mueven a los hombres son de dos categorías: o bien son aquellas que tienden a conservar o unir, a la creatividad, y se les llama eróticos o sexuales; o bien son las pulsiones que tienden a destruir o matar, y les llama pulsiones de muerte. Son distintos, sin embargo no pueden presentarse separados, se requieren mutuamente, aunque comanda la pulsión de muerte.
Las motivaciones que Freud reconoce para que un hombre vaya a la guerra son muchos, en todos los sentidos. “La rosa de los motivos” les llama. La rosa de los vientos o rosa náutica tendría 32 motivos, nobles o bajos, que se pueden expresar o se callan. De entre ellos menciona al placer de la agresión y la destrucción.
Para Freud la pulsión de muerte se transforma en pulsión de destrucción cuando, con la ayuda de órganos especiales, es dirigida hacia afuera, hacia los objetos. Pero buena parte de esa pulsión de muerte, al mantenerse en el interior, genera conciencia moral, elemento fundamental para la valoración de la vida y la construcción de cultura.
En Freud hay dos formas de oponerse a la guerra: si se trata de la pulsión de destrucción, entonces la primera vía sería apelar a su antagonista, la fuerza de eros, establecer vínculos por las vías del amor, aunque desprovistos de fines sexuales; el otro camino de vinculación afectiva es por la vía de la identificación, donde se funda buena parte de las estructuras de la sociedad.
Se trata de no desconocer las fuerzas destructivas que mueven a lo humano sino utilizar esa pulsión de muerte para ponerla al servicio de la vida, de la creación que la requiere.
Frente a la violencia, imaginación. Así escribía Freud en El malestar en la cultura.









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