Julio Cortázar
De Edgar Allan Poe existe en el corazón de los hombres una imagen falsamente verdadera y verdaderamente falsa. Está inscrito allí como Ramón Gámez de la Serna vio al desgarrado Baudelaire, ese doble, ese otro Poe de Francia: “Él es la estatua de bronce en la plaza central de nuestra memoria.” Pero las estatuas suelen estar embellecidas, y además no son ni Poe ni Baudelaire, sino su estatua. La imagen inicial que tenemos de Poe en el corazón nos viene de tempranas lecturas y es siempre terrible, es siempre fatal, es siempre el símbolo fácil del poeta maldito; hermosamente falsa a la luz de la investigación literaria, pero verdadera en la tiniebla de las convicciones inexpresables, de las creencias, de las larvas elementales que mueven nuestras conductas más profundas. El problema crítico frente a Poe supone conciliar y superar en una síntesis válida su imagen falsamente verdadera (digamos la de nuestra subjetividad) y la verdaderamente falsa (digamos la de la crítica sólo objetiva). Para lograr esta síntesis y esta superación se requiere aceptar las larvas y las fichas bibliográficas al mismo tiempo, como dobles instancias de realidad, doble sistema de señales en un camino. El crítico que renuncie al Poe que puebla el trasfondo de su juventud con el horror de El gato negro, con la magia de A Helena, con la aventura de El escarabajo de oro, estará perdido como crítico, porque ha empezado por perderse como hombre. Pero aquel otro que ahueque la voz para exaltar al arcángel Edgar Poe rodeado de enemigos implacables, al león devorado por las moscas, estará perdido en el orden de la inteligencia y hará bien en limitarse al amable campo de las biografías noveladas.
En la actualidad no existen atenuantes para las actitudes unilaterales. La visión diabólico-arcangélica de Poe pudo justificarse en la segunda mitad del siglo pasado [XIX] (aunque entra profundamente en el nuestro, sobre todo en Europa), por cuanto la bibliografía accesible estaba batida por vientos de odio o vehementes tentativas de reivindicación. Poe tuvo la desgracia inicial de confiar su destino póstumo de escritor a uno de sus más solapados enemigos, que se vengó de agravios reales e imaginarios vilipendiando astutamente su memoria. La reacción superó en violencia a la primera etapa y nació entonces un seudo-Poe literalmente aureolado de cualidades hiperbólicas, quizá más perjudicial para la verdad que el de la leyenda negra. Afortunadamente, una generación de concienzudos investigadores estadounidenses inició una revisión objetiva, en parte porque era su deber y en parte porque el impacto de Poe fue siempre más violento en Europa —vía Francia— que en su patria. El hecho de no exaltarse frente al poeta, de encarar su estudio con la misma tranquilidad que en el caso de un Hawthorne o un Lowell, favoreció la liquidación de exageraciones, mitos de apoteosis o de condenación infernal, y desde 1910 en adelante la búsqueda biográfica, por una parte, y la exégesis crítica, por otra, extrajeron de un caos de materiales contradictorios, discutibles, muchas veces falsos o falsificados, la imagen relativamente definitiva de Edgar Poe. Pues, ¿quién dirá jamás cómo era, qué pensaba, cómo vivió? Toda biografía es un sistema de conjeturas; toda estimación crítica, una apuesta contra el tiempo. Los sistemas son sustituibles y las apuestas suelen perderse. De todos modos, no habremos pecado aquí por sequedad monográfica ni por efusión ingenua.
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Prólogo a Edgar Allan Poe, Ensayos y críticas, Alianza Editorial, España, 1973.









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