Gregorio Cervantes Mejía
En medio de un silencio prolongado, la primera palabra, cualquiera que sea, altera el orden. Porque el entorno no es ya el mismo una vez que el lenguaje hace su irrupción. No en vano, en el Génesis, la creación consecuencia es del acto de nombrar. A diferencia de las divinidades de otras cosmogonías, el dios del Génesis actúa a través de la palabra.
Tal vez por este poder, el lenguaje ha generado siempre una extraña fascinación no exenta de temor. Los ritos sagrados, los conjuros mágicos, la jurisprudencia, los rituales requieren siempre la formulación exacta, invariable que hará efectivos los actos que invoca. No es gratuito que podamos bendecir y maldecir (términos que provocan un efecto tranquilizador o inquietante en nosotros).
Nuestra época parece haber desdibujado este poder del lenguaje: omnipresente, aparece ante nosotros despojado de esa carga sagrada y es sólo un instrumento ordinario, que lo mismo podemos utilizar para un juramento que para anunciar un jabón, porque no existe un momento de nuestra vida cotidiana donde las palabras no estén presentes, sean necesarias o no.
Y entonces nos resulta prácticamente imposible comprender el valor que la palabra tuvo en otros periodos. ¿Qué sentido tiene entonces nombrar? ¿Cómo elegir la palabra adecuada para la frase que estoy construyendo? ¿Qué importancia tiene decir algo cuando pareciera que todos decimos cosas importantes?
A final de cuentas, lo que yo diga se sumará a ese incesante parloteo en el que nos encontramos sumergidos. Y es muy probable que lo ahora escrito no sea más que un eco de otras palabras que están sonando a mi alrededor o que hace tiempo ya vienen resonando en mi cabeza.
Agotado como la tierra que ha sido labrada sin descanso, el lenguaje no produce ya efecto alguno. Y por eso tampoco lo escuchamos. ¡Es tanto lo que se dice a nuestro alrededor que nos acostumbramos a hacer oídos sordos!
Los anuncios publicitarios, los extenuantes contratos comerciales, las licencias de uso de software, las canciones transmitidas por las estaciones de radio o por las plataformas digitales, las notas periodísticas presentadas con llamativos y escandalosos titulares, los discursos políticos, son por lo regular pasados por alto. Nuestra vista y oído los sobrevuelan, apenas distinguiendo los puntos que nos resultan más atractivos. Porque no tenemos ni el tiempo ni la paciencia necesarios para detenernos a sopesar cada palabra, a desentrañar la función y el valor de cada una de ellas dentro de ese conjunto que se nos presenta.
Por esto también la escritura cada vez más breve, porque nuestra atención, dispersa ante tantas frases, apenas dispone de unos pocos segundos para detenerse en alguna de ellas.
¿Cómo entonces romper el silencio, que en este caso aparece bajo el disfraz de un murmullo incesante? ¿Cómo y con qué finalidad regresar a la palabra, a sopesar cada una antes de colocarla dentro de una frase si uno mismo tiene, la mayor parte del tiempo, la sensación de estar utilizando cascarones vacíos que sólo contribuirán a mantener en movimiento ese murmullo que nos ensordece?









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