Consultario
  • Ensayo
  • Museo
  • Narrativa
  • Opinión
  • Palimsesto
  • Poesía
  • Teatro
  • Directorio
  • Tendencias
  • e-consulta
000181770W
Palimsesto 0

Dulcinea

· julio 17, 2016

 

Nélida Piñón

 

La fantasía cervantina es peripatética. Nos lleva a conocer el mundo. A deambular por donde nunca estuvimos, a aceptar el misterio radical de la condición humana.

El carácter insurgente del verbo de Cervantes niega la noción de que vivimos en un universo estable. Una conclusión que obliga a su héroe, don Quijote, a inocular la realidad con su desbocada imaginación, a usar la máscara de nuestros sueños y deseos. Como hija que soy de Cervantes, gravito en torno al Quijote, la obra cumbre de la latinidad. A consecuencia de ello invento mentiras que la obra me suscita y atribuyo a sus personajes rasgos de conducta y temperamento contrarios a la narración. Es posible entonces asegurar que el amor, vago y melifluo, de don Quijote abarca a todas la mujeres. Así, por mucho que asegure que Dulcinea es el único destino de su amor inmortal, su sentimiento no está dirigido, en realidad, a una criatura palpable. La carne de su fantasía está desprovista de cuerpo. Su amor, en tanto que exaltado y melancólico, carece de huesos y de médula. Don Quijote no lleva a su doncella a la cama, y mucho menos se entretiene con las delicias del sexo. Ni siquiera comparte con ella el reparto de pan, cordero asado y vino. Su amor es solitario y, como tal, él es el único que puede entrever a su amada, describir el objeto de su devoción.

Porque intuye que Dulcinea es intangible e inefable para el resto de los hombres, dramatiza su amor con descripciones arrogantes y se equipara a otros enamorados que, como Amadís de Gaula, libran batallas por la dama en liza.

Este amor, pese a todo, de naturaleza difusa no precisa del consentimiento de la mujer para cortejarla. Así, don Quijote se apresta a idealizarla a través de sus constantes desvaríos. Lo hace sin saber que, por ser su amor mundano y adaptable, es susceptible de aplicarse a cualquiera, de convertirse en la expresión del arrobo que habilita a cualquier mujer española para ser Dulcinea, para ajustarse a las descripciones de la conspicua dama, para adoptar el aura y la idiosincrasia que los devaneos del hidalgo han atribuido a su doncella. Justamente porque Dulcinea del Toboso es una fantasía inconcreta y onírica, un sueño de presunta carne al servicio del caballero, está construida a partir de los rasgos que el resto de las mujeres le han prestado.

Sin embargo, a lo largo de la narración no se desvela ninguna evidencia que haga pensar que el cuerpo de la doncella es penetrable. Es un personaje que no sucumbe a la pasión. Su dimensión verbal sirve para que don Quijote se la describa a sí mismo y la presente a los demás.

Dulcinea es un simulacro. Una invención casi pérfida de un caballero de la Mancha cuya integridad casi zozobra entre las trampas que le tiende su propia imaginación. Pero al haber engendrado a la doncella del Toboso, se sumerge en una soledad que no admite la presencia de otra mujer en su vida, aunque la llame por el mismo nombre. Y es que ¿cómo encontrar quién le inspire ideales tan nobles, y le permita otorgar a Dulcinea la consistencia material que le faltaba? De manera que al confesar quién es ella, don Quijote admite el engaño del que estaba revestido, al mismo tiempo que presenta a las mujeres de la Mancha la visión de Dulcinea, una fantasía que requiere ser ocupada por una intrusa de carne y hueso. Abatido, sin embargo, por la desgracia, el caballero llega a una taberna que confunde con un castillo.

En el balcón, sirviendo vino, una asturiana, de nombre Maritornes, es sólo un mero personaje. Llevada por la curiosidad, tal vez le sonsacó a Sancho quién era el hidalgo “de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco” recién llegado. Sin duda Sancho le insinuó, diciendo más de lo que se registra en el capítulo del libro, que su caballero padecía mal de amores. Dulcinea del Toboso era su elegida, aunque otras mujeres podían llegar a reemplazarla algún día. Luego, el escudero, presto a golpearla en la espalda, la excluye del rol de amante ideal. Al final, ella parecía una ramera que los hombres se disputaban en medio de escaramuzas.

Pero Maritornes, en su afán de sobreponerse a su propia vulgaridad, confesó que el falso escudero, encargado de responder por su amo, era quien le había hecho todo tipo de confidencias. Él, sin embargo, se desentiende.

Así fue como Sancho, horas después y fuera de los márgenes de la novela, la sorprendió en el establo, bajo la custodia de las vacas, en extraño soliloquio. Y descubrió, para su espanto, que la mujer se resentía de todos los desvaríos que don Quijote había derramado desde su entrada en la taberna.

Sancho simuló no escucharla para disminuir la delirante agonía de la mujer, un personaje recurrente en el repertorio cervantino. Ella, sin embargo, en su pungente discusión con las vacas, les decía que el mundo, según decía el caballero, era exiguo, y que para combatir sus dimensiones había que aventurarse, abandonar el hogar y no regresar jamás.

Pero cuanto más enaltecía Maritornes el arte de deambular a la ventura por el campo, mayor era su deseo de hacer llegar sus desaires a oídos del caballero que iba a reposar aquella noche en la cama cercana al pajar, junto al mozo, su amante, con quien había quedado más tarde para copular.

Los desahogos de la asturiana, detectados entre los intersticios de su fantasía y que Sancho sólo oía a medias, tienen su razón de ser. Esa voz metálica irá armando un discurso en abierta oposición al de don Quijote, cuya audacia no deja de sublimar a Dulcinea y ensalzar sus virtudes, inéditas en el resto de las mujeres. Sancho se acordó de lo que su amo afirmara la primera vez que describió a la doncella del Toboso:

“Yo no podré afirmar si la dulce mi enemiga gusta o no de que el mundo sepa que yo la sirvo. Sólo sé decir, respondiendo a lo que con tanto comedimiento se me pide, que su nombre es Dulcinea; su patria, el Toboso, un lugar de la Mancha; su calidad, por lo menos, ha de ser princesa, pues es reina y señora mía; su hermosura, sobrehumana, pues en ella se vienen a hacer verdaderos todos los imposibles y quiméricos atributos de belleza que los poetas dan a sus damas; que sus cabellos son oro, su frente campos elíseos, sus cejas arcos del cielo, sus ojos soles, sus mejillas rosas, sus labios corales, perlas sus dientes, alabastro su cuello, mármol su pecho, marfil sus manos, su blancura nieve, y las partes que a la vista humana encubrió la honestidad son tales, según yo pienso y entiendo, que sólo la discreta puede encarecerlas, y no compararlas”.

Estas palabras tenían el doble mérito de ofender a las mujeres, tan alejadas de aquel retrato, y de despertar en ellas el deseo de ser comparadas algún día con aquella dama. A Sancho, mientras tanto, le costaba creer que existiera una mujer en la tierra parecida a la que su amo presentaba. O veía que las cejas de Maritornes evocaran “arcos del cielo”, ni que el cuello de Dulcinea, considerado de alabastro, fuese igual al de su mujer, cuya piel estaba curtida de tanto labrar el campo.

Aunque las palabras de la asturiana le llegaban con dificultad, la oía criticar el ridículo aspecto del caballero, a quien juzgaba incapaz de defender la honra femenina y de inspirar amor siquiera a una infeliz como ella. Se quejaba de que el hidalgo, al instalarse en la taberna, hubiera tenido la poca vergüenza de confundir su silueta con la de Dulcinea, atribuyéndole una belleza que no tenía.

Para atenuar su dolor, Sancho se encargó de garantizarle que algunas partes de su cuerpo se parecían al retrato de Dulcinea. Pero suspendió su defensa. Entendía que la asturiana expusiera sus dudas, de la misma forma que el caballero repetía hasta la extenuación: “Yo sé quién soy”. Y añadía: “y sé que puedo ser, no sólo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia, y aun todo los nueve de la Fama, pues a todas las hazañas que los todos juntos y cada uno por sí hicieron se aventajarán las mías”.

Maritornes, de índole modesta, admitió no saber quién era, además de ser pobre y de gestos rudos. Con todo, su existencia no hería el decoro del caballero. Y a pesar de ello, él afirmaba, perdiendo de vista por completo la realidad, que su figura de campesina parecía salida de la paleta de un talentoso pintor.

La lisonja del caballero la ofendía. Equivalía a la lujuria de los hombres que se deslizaban entre sus piernas sin la menor consideración. ¿Con qué derecho el hidalgo, de sonrisa esquiva, asumía el lirismo que los caballeros faltos de amor reservaban para las nobles de la corte? Y ¿por qué le decía, mientras masticaba un pedazo de pan, que formaba parte de la esencia de todo caballero andante enamorarse de quien fuera? Eso le hacía pensar que el caballero le cedía un pedazo de la propia Dulcinea sólo para humillarla.

Sancho estaba confundido. ¿Acaso Maritornes, sin acusar directamente al caballero, detectaba su acentuado grado de locura? Consciente de la gravedad de la acusación, recordó haberle dicho a su amo poco antes de detenerse en la taberna, que el caballero insistía en confundir con un castillo: “Digo, señor, que vuestra merced ha dicho muy bien: que para que pueda jurar sin cargo de conciencia que le he visto hacer locuras, será bien que vea siquiera una, aunque bien grande la he visto en la quedada de vuestra merced”.

La prisa de la asturiana por rebelarse contra don Quijote contrastaba con la paciencia de Sancho para escucharla. Para la mujer, el hecho de que el caballero hubiese hablado de Dulcinea significaba designada a ella, Maritornes, con el nombre que llevaba clavado en el corazón. Una conducta capaz de corromperla debido al poder que emanaba de la ilusión. Aquella ilusión que derramaba más perjuicios que ventajas. Que estaba a punto de robarle el sabor de la sopa de pan en la que fue educada, para enaltecer los exquisitos asados de Castilla a los que no tenía acceso. ¿En nombre, pues, de qué precepto el caballero desmontaba de su caballo Rocinante y la convertía en una mujer opuesta a la que se encontraba en la entrada de la taberna?

Parapetado tras las patas de las vacas, Sancho capta fragmentos de su discurso. Maritornes tan pronto ironiza sobre su barriga, o su grosera forma de comer; como duda de la nobleza del hidalgo, cuyo mérito consiste en vagar como un sonámbulo bajo el cielo abierto de la Mancha, seguido de su gordo escudero. Sancho había detectado desde el principio el carácter promiscuo de la asturiana, que ofrecía su cuerpo a cambio de pequeños favores. ¿Cómo podía una mujer con semejantes antecedentes imaginar que su amo, aun cuando carecía de enamorada, la confundía con una dama nacida bajo el estigma de la perfección?

A medida que la asturiana se ablandaba respecto a don Quijote, dispuesto a convertirla en quien no era, iba dando muestras de disfrutar de la posibilidad de heredar parte de las cualidades de Dulcinea. Tan evidente era su intención que Sancho detectó de inmediato en la mujer la incipiente manifestación de una locura que ella misma incrementaba. Quiso disuadirla de tamaño absurdo, pero comprobó que era una tarea que no podía enfrentar solo.

También él dependía de la locura de su amo para soñar y justificar, frente a sí mismo, el abandono al que relegó a su familia a cambio de la promesa de convertirse algún día en el “gobernador de la ínsula Barataria”.

A Maritornes le costaba comprender qué sería de ella sin don Quijote, y qué sería de don Quijote sin Sancho. Pero en la medida en que se esforzaba por comprender a los dos viajeros que pernoctaban en su taberna, se aproximaba cada vez más deprisa al ideal defendido por don Quijote. Quién sabe si ya estaba prácticamente dispuesta a abandonar el oficio de tabernera para convertirse en Dulcinea del Toboso. Una decisión contenida en el ideal de verdad propugnado por don Quijote, quien proponía que existir era la única forma de soñar. Pero ¿acaso le convenía que se malograra la fantasía, que la convirtiera en una princesa entregada a la tutela de don Quijote?

Para Sancho resultaba muy complicado entender la forma de pensar de Maritornes. Claro que si ella admitía ser Dulcinea, a pesar de las pruebas que la desacreditaban como tal, él debía inculcarle rápidas dosis de realismo. Y aunque fuese un aldeano que a duras penas distinguía una letra de otra en los libros del caballero, sabía que la fantasía era un fuego que se propagaba sin control.

Además de todo ello, no pretendía subvertir por culpa de algún gesto inadecuado lo más sagrado del corazón de su caballero, ni tampoco privar a la asturiana de la sordidez que hacía de su vida la única que tenía a su alcance.

Sin embargo, Sancho reconocía mejor que nadie que el delirio del caballero, en permanente ebullición, le hacía pasar por quien no era. Pero si bien tal estado convenía al caballero, que sabía utilizar como nadie la llave adecuada para ampliar o reducir el tamaño del mundo a su antojo, no siempre este recurso convenía a los demás.

Finalmente Sancho emergió de la penumbra para asegurar a la asturiana que no tenía nada en común con Dulcinea y que si creía que había algo de cierto en las palabras de un caballero a quien “del mucho leer, se le secó el cerebro”, se equivocaba. La Dulcinea a la que se refería el hidalgo era un ideal intransferible. Existía apenas en don Quijote y en el señor Quijada o Quesada, una pareja que conformaba una sola persona pese a ser muy distintos entre sí.

Ante el asombro de la asturiana, Sancho admitió que también a él le costaba distinguir a uno de otro, así como entender que bastaba atravesar el hilo invisible que unía el abismo y la tierra para seguir los pasos del más aventurero de los dos señores. Maritornes supo primero que la dama del Toboso era el amor del caballero desde su juventud. Luego supo que su nombre era Aldonza Lorenzo. Un amor vivido a escondidas incluso de su sobrina, su heredera.

Quizás Aldonza estuviera casada, lo que dificultó al caballero confesarle su amor. Así las cosas, sólo le quedó inventarse a una mujer a la que ser eternamente fiel, al tiempo que levantaba una quimera a la que iría incorporando porciones de perfección. ¿Y por qué no iba a comportarse así? Era propio de los hombres de su estirpe, como Amadís de Gaula, crear a mujeres imaginarias. Lo que oyera acerca de aquella mujer, en su condición de escudero, era de tal monta que sería incapaz de hacer una transcripción fidedigna. Quizá fuera porque había escuchado hablar a su amo poseído por la urgencia, apremiado quizá por la desconcertante imaginación que frecuentemente le inducía al error. Lo cierto es que la susodicha Dulcinea ocupaba los sueños del caballero. ¿A qué más puede aspirar un hombre para seguir aferrado a la realidad? Así fue como don Quijote le había despertado vagas esperanzas, que Maritornes no debía tomarse a mal. No había habido fingimiento por parte del caballero. Consolaba a la mujer, que le miraba sin seguir su razonamiento. Así que, en busca de algo que pareciera verosímil, Sancho le contó que el universo, según el parecer del caballero, podía ser explicado e interpretado según la versión de cada cual, siempre y cuando el descuidado caminante no renunciara a “un punto de la verdad”.

Como lacayo suyo, había aprendido a aceptar incluso la más desconcertante de las mentiras. Por esa razón, también el tabernero y su familia, el mozo y la asturiana debían acatar lo que les estaba contando. Claro que se podía acusar a don Quijote de ocioso, de haber consumido su tiempo leyendo con “afición y gusto” los libros de caballerías, cuyos héroes, belicosos e imprevisibles, le servían de ejemplo.

Su amo apreciaba especialmente aquellas partes de los libros en que se concentraban los disparates pronunciados por algún personaje importante, y que llevaban a don Quijote a repetir, de repente, cosas como: “La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura”. Sancho no entendía aquel teorema sobre la forma de la palabra. Creía que su autor, Feliciano, seguía un método que enaltecía la incoherencia. Estaba convencido, sin embargo, de que la incultura de la asturiana le evitaría trafagar por la estratosfera de tales pensamientos. Al hidalgo, en cambio, la delicadeza de aquellas ideas le ayudaría a penetrar en la telaraña del espíritu y a juzgar las acciones del hombre. En contrapartida, si bien esta sabiduría reforzaba su amor por Dulcinea, le informaba al mismo tiempo de los caprichos provenientes de su corazón.

Mas Sancho se preguntaba cómo evolucionaría la capacidad de su amo de eludirse si la doncella del Toboso no existiera. Por suerte, pensaba Sancho, no había sido él el primero en hollar la accidentada ruta del amor, ni en inventar a una dama como Dulcinea. Otros le habían precedido en audacia amorosa.

Sin embargo, fue forzosamente por la necesidad de idealizar el mundo que las Amarilis, las Filis y las Galateas surgieron de “los teatros de la comedia” para abonar el imaginario amoroso.

Poco importaba que ellas no fueran siempre de carne y hueso mientras fuesen capaces de corresponder a la esencia de los sueños, que son la parcela mágica de la voluptuosidad humana. Y pensaba Sancho qué más podía añadir para atenuar el temperamento de Maritornes, cuando percibió en ella una súbita transformación. Después de que le mencionara los enigmas de Dulcinea, la asturiana fue asumiendo definitivamente la identidad de la dama, al mismo tiempo que se rebelaba frente a Sancho, empecinado en instaurar la verdad.

¿Acaso la temible asturiana se sublevaba contra Sancho porque éste le había impedido ser Dulcinea? ¿O se excedió tanto el escudero en su misión que terminó por hacer creer a la mujer que, en los horizontes idealizados de aquellos tiempos, la redención pasaba por ser la dama de don Quijote? ¿Era por culpa de aquella fatalidad social que no había lugar en las tierras de España para las taberneras infelices, cuyos cuerpos no servían más que como depósito del sucio esperma de los escuderos?

Sancho se enfrentaba al apego de Maritornes a la ilusoria verdad sin saber cómo comportarse. Por más que se batiera junto a su amo contra los molinos de viento, era incapaz de comprender las artimañas del narrador de aquella historia titulada El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Y, menos todavía, podía comprender a todos los demás narradores que, desde un principio, habían intervenido en aquel enredo. Por lo que había oído, algunos de ellos, sabiendo lo que significaba el ridículo humano, lo plasmaban en uno u otro personaje. Pero a veces el narrador, al cual mencionaba, consciente del decoro que se le debía a determinados estamentos del clero, se olvidaba de que don Quijote, como personaje brotado de su pluma, a menudo se propasaba, arrastrando consigo a su fiel escudero.

Algunos de estos narradores se implicaban tanto en las vidas de sus personajes que ponían en su boca frases que ni siquiera resultaban comprensibles para el mismísimo Aristóteles. Y es que ¿cómo iba a entender el griego la trama del tal Feliciano que tanto agradaba a su amo? Sin duda alguna, si algún día le encargaran la exégesis de aquellos textos, fracasaría en su intento.

Sancho nunca supo quién era Feliciano. Quizá fuese un mensajero del rey, alguien obligado a propagar mentiras con aspecto de verdad. Pero no importaba. Más valía servir a la fantasía que a la realidad.

Él mismo se sentía a veces como un pedazo de cartulina que su amo recortaba a su antojo. Un prototipo que servía de molde para otros personajes de idéntica condición. Por eso se preguntaba cuál de los dos, el señor o el amo, estaba más loco. Y si sería razonable inyectar a la asturiana la misma dosis de locura que había incorporado hacía mucho aquella pareja. Mientras Sancho se explicaba, Maritornes se empeñaba en descubrir si el hidalgo, de lujuria escondida, la transformaría en Dulcinea si llegaba a dormir con ella. A Sancho le faltaba el ingenio del caballero con las palabras. ¿Cómo podía decirle a Maritornes que estaba condenada a ser quien era? Ella, sin embargo, acostumbrada a que la maltrataran, insistía en aprender las reglas que emulan al sueño y ahuyentan las deformidades de la tierra de la Mancha. De nada servía que el escudero le prohibiera la fantasía. Ella aspiraba a ser inventada por un tal Cervantes, responsable del libro del que también ella era personaje, el único poeta capaz de esgrimir su verbo para librarla de lo que decían de ella: “Del un ojo tuerta y del otro no muy sana”. Sólo así, ensalzada por la palabra de Cervantes, sería inmortalizada. Del mismo modo que lo fue Dulcinea.

Sancho nada dice. Únicamente Cervantes, acatando el hecho de que todos los personajes pueden lucir múltiples máscaras, se rinde a su voluntad. Y con él, también todos nosotros.

——

Traducción de Héctor Castells Albareda. Reproducido de Don Quijote alrededor del mundo, Instituto Cervantes, 2005.

Share Tweet

admin

You Might Also Like

  • 05 Yunque. Palimsesto

    El martillo

  • 05 El poeta. Palimsesto

    Dominio de la noche

  • 05 Manuel Machado. Palimsesto

    Canción de invierno

No Comments

Leave a reply Cancel reply

Recientes

  • Gorilas en Trova 0

    Tirsso Castañeda: sinapsis y revelaciones

    Abril 20, 2022 / Por Maritza Flores Hernández Rodeado de su obra, el artista plástico Tirsso Castañeda conversa sobre cómo el arte es revelación del yo interior, de ...

    On abril 21, 2022 / By admin
  • teatroprincipal_puebla
    Tinta Insomne 0

    Las calles de Puebla

    Fabiola Morales Gasca (Portada: Teatro Principal de Puebla. Tomada de https://www.mexicoescultura.com/recinto/50387/teatro-principal-de-puebla.html#prettyPhoto) Siempre he amado las calles del Centro Histórico de Puebla. El Teatro Principal fue, durante mucho tiempo, ...

    On abril 20, 2022 / By admin
  • picasso_blue1
    DCTS 0

    Las madres y el otoño

    Márcia Batista Ramos (Portada: Pablo Picasso, Madre e hijo, 1901. Periodo azul)   Divinos misterios trae el otoño, que derrama las hojas en tonos naranjas y amarillentos, precediendo ...

    On abril 20, 2022 / By admin
  • Fronteras infranqueables
    Ensayo 0

    Fronteras infranqueables

    Jorge Escamilla Udave   La experiencia de leer un libro conjuga una serie de aspectos que suelen ser reglas de oro para el lector potencial y los más ...

    On abril 20, 2022 / By admin
  • secesionenmexico
    Las malditas ciencias sociales 0

    ¿Cuántos regionalismos caben en el nacionalismo?

    Cúmulo Obseso / Aarón B. López Feldman   ¿Quién recuerda cuando la nación hace memoria? Jesús Martín-Barbero   Cuando hablamos de nacionalismo y de regionalismo hablamos de la ...

    On noviembre 20, 2020 / By admin
  • Directorio

© 2013 Solo Pine Designs, Inc. All rights reserved.