Raúl Brasca
La monstruosa sirena griega posó sus garras sobre la roca que emergía del agua, plegó las alas y comenzó a cantar. La barca puso proa hacia ella.
Una sirena diferente, con una poderosa cola de pez, surgió del mar a popa y se tendió en otra roca no muy distante. Era hermosa y tenía pechos grandes. Sus cabellos verdes resplandecían al sol. Cuando hizo oír su canto, la barca invirtió el rumbo y fue a su encuentro.
La griega no se arredró. Ella pertenecía al aire y el aire produjo una brisa suave que llenó con su voz los oídos de los tripulantes y llevó lejos la de su rival. Los remeros bogaron de nuevo hacia la emplumada, aunque por poco tiempo, porque el mar respondió con una corriente que orientó la nave otra vez hacia la bella.
Fue así como el duelo de sirenas se hizo duelo de elementos.
Cuando la barca amenazaba ir hacia la griega, la corriente se volvía más vigorosa y no la dejaba avanzar. Cuando parecía desplazarse en el sentido opuesto, un vendaval frenaba las olas. Pasaron los días. Los remeros, hambrientos y exhaustos, languidecían sin lograr que la nave se desplazara. Las dos sirenas, fieles a sus dioses tutelares, seguían cantando. Cantaron sin cesar hasta mucho después de la muerte del último tripulante. Sólo cuando la vejez y el ajetreo del viento y el agua hundieron la barca, la griega remontó vuelo y la bella volvió a las profundidades. Sin embargo, sus voces mágicas aún resuenan en ese lugar.
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El autor argentino es narrador, antólogo, crítico y ensayista. Ha publicado los libros de cuentos Las aguas madres (Buenos Aires, 1994) y Últimos juegos (Madrid, 2005), así como los libros de microficciones Todo tiempo futuro fue peor (Barcelona, 2004; Buenos Aires, 2007) y A buen entendedor (Granada, 2010), entre otros.









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