Ernst Jünger
Qu’elle soit ramassée pour “le bien” ou pour “le mal”, la mandragore est crainte et respectée comme une plante miraculeuse… En elle sont renfermées des forces extraordinaires, qui peuvent multiplier la vie ou donner la mort. En une certaine mesure donc, la mandragore est “herbe de la vie et de la mort”. Mircea Eliade en “Le culte de la mandragore en Roumanie” (Zalmoxis, 1938)
El influjo de la droga es ambivalente: actúa sobre la acción y sobre la contemplación: sobre la voluntad y sobre la intuición. Estas dos fuerzas, que parecen excluirse, son frecuentemente provocadas por el mismo medio, como sabe cualquiera que haya observado alguna vez una reunión de bebedores.
Es verdad que resulta problemático decidir si cabe incluir el vino entre las drogas en sentido estricto. Tal vez su poder primordial se ha domesticado durante milenios de disfrute. Los mitos nos han transmitido una imagen más poderosa y también más inquietante, en que Dionisos aparece como señor de la fiesta, con su comitiva de sátiros, silenos, ménades y fieras.
El cortejo triunfal del dios se desplegó en dirección inversa a la de Alejandro: desde la India, por el Próximo Oriente, hacia Europa, y sus conquistas son más duraderas. Al igual que Adonis, Dionisos pasa por ser el fundador de fiestas orgiásticas, cuya periodicidad se entreteje profundamente con el mundo histórico y con las que se entreveraba un voluptuoso culto fálico. Este último no formaba el contenido de las Dionisias, sino una de las revelaciones que confirmaban el misterio y su fuerza vinculante. Frente a todo esto, siguiendo a un autor antiguo, “las fiestas en honor de Afrodita en Citerea podían calificarse de inocentes juegos pueriles”.
Esa fuerza originaria del vino se ha mermado; la vemos retornar mitigada en las fiestas otoñales y primaverales de los países vinícolas. Sólo excepcionalmente irrumpe en la exaltación del gozo de vivir de los colores, de las melodías y de las imágenes grotescas, una traza del antiguo mundo mistérico, con su inquietante poder de contagio. Rasgos arcaicos emergen sobre rostros, saltos y danzas. La máscara, símbolo del “mundo invertido”, pertenece, sobre todo, a estos ritos.
Al comparar los triunfos de Alejandro y Dionisos, rozamos también la diferencia entre poder histórico y poder elemental. El éxito en la historia, por ejemplo la conquista de Babilonia, es efímero y se vincula a ciertos nombres. El instante no retorna bajo esa forma; constituye un eslabón en la cadena del tiempo histórico. En cuanto a las transformaciones en el seno del mundo elemental, por el contrario, ni nombres ni fechas tienen importancia y, sin embargo, siempre acontecen de nuevo, no sólo por debajo del tiempo histórico, sino también en su interior. Irrumpen como magma por debajo de la corteza.
Detengámonos en el vino: Alejandro se vio forzado a retirarse de la India, mientras Dionisos reina aún hoy como anónimo señor de la fiesta. El vino ha transformado a Europa más radicalmente que la espada. Todavía hoy se lo considera un medio para las metamorfosis cultuales.
El intercambio de nuevos venenos y ebriedades, incluso de vicios, fiebres y enfermedades, carece de fechas fijas gracias a las cuales una coronación o una batalla decisiva se graban en la memoria. Permanece en la oscuridad y en la maraña de raíces. Podemos adivinar los antecedentes, pero no medir el alcance ni penetrar en su profundidad.
Cuando en 1519 Cortés desembarcó en México, fue un acontecimiento que para los europeos se encuadraba en el orden del mundo histórico, mientras que para los aztecas pertenecía al mundo mágico. En México el sueño es aún más potente que la conciencia despierta, el presagio es más concluyente que el verbo. En tales contactos, las imágenes se intercambian como en un juego especular, que se comprende ora como gracia, ora como culpa y expiación. Así, en el sacrificio: por una parte Moctezuma, por la otra Maximiliano, ambos emperadores de México. Bajo la superficie gérmenes, imágenes y sueños se dan y reciben en un intercambio que aniquila a unas razas y fructifica a otras, pero cuya actividad se sustrae a la descripción y datación exactas.
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Incluso cuando goza de precisión, la estadística no puede extraer de un problema más que cifras. Ni siquiera roza el problema en su estrato profundo; permanece, en el sentido literal de la palabra, como objeto de controversia. Esto es particularmente válido para ámbitos que lindan con la psique, así como para todo comportamiento, incluido el animal, y en no menor medida para nuestro tema: drogas y ebriedad.
Así, por mencionar en este lugar uno de los grandes regalos de América a Europa, el tabaco, se han logrado cifras bastante exactas sobre la relación que existe entre la nicotina y una serie de enfermedades. Tales datos pertenecen al ámbito de la economía; sin embargo, para concederles valor es necesario haber ya aceptado el concepto de “utilidad”, en virtud del cual se han reunido.
En este caso, la utilidad es de naturaleza higiénica. Pero desde otra perspectiva, fumar podría entrañar cierta ganancia: ya la palabra “disfrute” lo sugiere. Se podría pensar en la placidez que infunde a la conversación, en cómo abrevia una hora tediosa o cómo aligera una hora triste, en cómo propicia una asociación, en un instante de dicha, simplemente. Toda concentración, pero también toda disipación, tienen que ser pagadas. ¿El disfrute compensa el gasto? Aquí radica el problema, y la estadística sólo puede proporcionar datos. Se le plantea a todo fumador ante cada cigarrillo.
La estadística sólo corrobora un hecho conocido desde antaño: que la droga es peligrosa. Quien la consume corre un riesgo, tanto más grave cuanto menos lo calcula. A este respecto, cuando se trata de comparar ganancias y pérdidas, el método estadístico tiene naturalmente su valor.
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Si tomamos en consideración al vino y al tabaco es porque resulta recomendable partir de magnitudes familiares en la medida de lo posible. Ambos pertenecen al verdadero tema sólo de forma marginal. Cuanto más nítidamente delimitemos el concepto de droga, tanto menos se verán involucrados. Para Baudelaire el vino, como el opio y el hachís, abre las puertas a los paraísos artificiales. Con razón al amante del vino le disgusta contemplarlo como una droga. Asimismo prefiere que se ocupen del vino viticultores y toneleros antes que químicos y fabricantes. Aún hoy, desde el cultivo de la vid hasta el renacimiento de la uva en las bodegas, siguen consagrándose al vino con esmero y arte de jardineros y artesanos; aún hoy pasa por ser una dádiva divina con un maravilloso poder de metamorfosis. Sangre de la tierra al par que sangre de los dioses.
Si se quisiera contemplar el vino como droga no sería sino una constatación entre otras, como, por ejemplo, la de que contiene alcohol. El tabaco parece encontrarse más cercano a aquel mundo. La nicotina ofrece un atisbo de las posibilidades contenidas en la esfera de los alcaloides. En los sacrificios de humo que se ofrendan diariamente sobre el planeta se anuncia la levedad, la liberación espiritual de los grandes sueños de levitación. Sin embargo, comparada con el poder mágico del opio, tan sólo proporciona una débil elevación, una leve euforia.
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Como muchas explicaciones etimológicas, así también la interpretación de la palabra “droga” es insatisfactoria. Posee un origen oscuro. Al igual que en el término “alcohol” hay derivaciones de raíces hispano-árabes, también del latín medieval. La procedencia del holandés drog, seco, es más verosímil. Tales drogas eran sustancias procedentes de diversos países, que se comercializaron en herbolarios y droguerías y que aplicaron médicos, cocineros y mercaderes de perfumes y especias. Desde antaño, se asoció a la palabra una connotación plena de misterio, con resonancias mágicas, y, en particular, de procedencia oriental.
En nuestro contexto “droga” es una sustancia que engendra ebriedad. De todas formas, tiene que intervenir algo específico que distinga a esa sustancia de otras que se emplean en medicina o para el goce puro. Esa especificidad no ha de buscarse en la sustancia, sino en la finalidad, pues tanto medicinas como medios de goce pueden emplearse como drogas embriagantes en este sentido más estricto.
En El sueño de una noche de verano, Shakespeare habla del sueño “vulgar” y lo distingue de un estado mágico más intenso. Uno trae sueños, el otro visiones y profecías. De modo análogo, la ebriedad provocada por drogas produce efectos particulares, difíciles de definir. Quien aspira a esta ebriedad, le mueven propósitos particulares. Y quien emplea la palabra “droga” en este sentido, presupone un acuerdo con el oyente o con el lector no definible more geometrico. Con ellas se adentra en una zona fronteriza.
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Infusiones y concentrados, cocciones y elixires, polvos y píldoras, ungüentos, pastas y resinas pueden emplearse en este sentido específico. La sustancia puede ser sólida, fluida, humeante o gaseosa; se puede comer, beber, untar, inhalar, fumar, esnifar o inyectar.
Para provocar estados de ebriedad no sólo se necesita una sustancia determinada, sino también cierta cantidad o concentración. La dosis puede ser ínfima o excesiva: en el primer caso no conduce más allá de la sobriedad, en el segundo conduce a la inconsciencia. Con la habituación a una droga, como es sabido, resulta cada vez más difícil mantenerse en el término medio: por una parte amaga la depresión, por otra, la sobredosis. El precio que se exige por el placer es cada vez más elevado. Esto entraña la siguiente disyuntiva: retroceder o llegar al fondo.
Cuando el efecto de la droga disminuye, puede incrementarse la dosis o la concentración. Tal es el caso del fumador o del bebedor que, al comienzo, aumenta el consumo acostumbrado y luego se pasa a especies más fuertes. Con ello demuestra al mismo tiempo que el goce puro ya no le satisface más. Una tercera posibilidad reside en la modificación de la periodicidad: en el tránsito del hábito cotidiano al exceso en ocasiones extraordinarias o festivas.
En este tercer caso no se aumenta la dosis, sino la receptividad. El fumador que se impone la disciplina de contentarse con un cigarrillo matutino se verá obligado a asumir los costes, cuando alcance una intensidad de goce que hasta el momento, a pesar de un consumo mucho más fuerte, le había permanecido extraña. Circunstancia que contribuye de nuevo a la tentación.
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La sensibilidad puede ser extremadamente aguda y la dosis correspondiente ínfima, incluso mínima. Desde la época de Hahnemann sabemos que incluso trazas microscópicas de sustancia pueden llegar a ser psicoactivas y la química moderna lo confirma. Pero junto a la fórmula tiene que coadyuvar también una disposición receptiva. De ahí que las medicinas homeopáticas sirvan a cualquiera; presuponen un comportamiento homeopático. Al sujeto sensible basta una sugerencia. Es una ley universal no sólo para el campo de la higiene sino para los modos de vida en general. Por otra parte, es válido el proverbio: “Tal tronco, tal hacha.”
La dosis puede, por tanto, ser mínima. Asimismo, bajo ciertas circunstancias, determinadas sustancias que pasan por neutrales, como el aire que respiramos, pueden embriagar. Sobre este punto se basa la Idea del Doctor Ox de Jules Verne. So pretexto de querer construir una instalación de gas, el Doctor Ox modifica la mentalidad de los habitantes de una ciudad de provincia, embriagándolos mediante el abastecimiento de oxígeno puro. Por tanto, la concentración transforma en veneno una sustancia que inspiramos cotidianamente. Como decía Paracelso: “Sola dosis facit venenum”.
El Doctor Ox destiló el aire. Es presumible que para naturalezas sensibles pueda llegar a ser embriagante en sí mismo. Así es de hecho. Debe de haber pocos seres humanos a los que, al menos en ciertos instantes, no se les haya corroborado la máxima de Goethe: “Juventud es embriaguez sin vino.” Ciertamente para ello resulta necesaria esa disposición intacta, que es uno de los rasgos distintivos de la juventud. Pero siempre concurren factores externos, ya sean “potencias superiores” de sustancias conocidas o desconocidas, ya sean influjos atmosféricos. En las novelas se encuentran flores retóricas como: “El aire era como vino.” La “serenidad inefable” brota de fuentes casi inmateriales.
No obstante, la hora propicia puede también suscitar melancolía. Ésta posee frecuentemente una fuerza monitoria, preventiva y, por esta propiedad, no es menos favorable, pues a menudo se anuncian de tal modo peligros inminentes. Al lado de percepciones que son tan difíciles de explicar como de controvertir, hay muchas otras que se justifican tan sólo por el aguzamiento de la sensibilidad. En su Viaje a las regiones del Equinoccio Alexander von Humboldt se ocupa pormenorizadamente de los fenómenos que preceden a las erupciones volcánicas y a los terremotos y, en este contexto, aborda ese estado de desasosiego que en seres humanos y animales actúa como presagio y como percepción.
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Hasta el día de hoy no se ha cejado en el empeño de extraer, en cierto modo, sustancias o fuerzas psicógenas de la atmósfera. Así, por ejemplo, a partir del magnetismo, Mesmer creyó identificar un “fluido” que emanaría del cuerpo humano y que se podría almacenar en determinados objetos, como en acumuladores. El mesmerismo no ha representado sino una moda en el arte médico; sin embargo, su influencia ha sobrevivido en la fantasía poética. Ha fascinado sobre todo a E.T.A. Hoffmann. Ya la tesis doctoral de Mesmer había causado expectación. De planetarum influxu podría figurar como título de una consideración de Novalis semejante a la de un artículo en el Atheniium.
Menos conocido, y no obstante más relevante que Mesmer, es Carl-Ludwig von Reichenbach, que se distinguió no sólo como filósofo de la naturaleza, sino también como geólogo, químico e industrial. Reichenbach pretendía haber reconocido en el od* una sustancia, cuya energía o irradiación era parangonable al fluido de Mesmer. Aunque existente por doquier en la naturaleza, ese od sólo se percibía por seres de una organización delicada que Reichenbach denomina sensitivos o, en casos de excepcional aguzamiento de la sensibilidad, hipersensitivos.
Reichenbach, cuya persona reconcilia las dotes de filósofo de la naturaleza con la exactitud de la ciencia física, se esforzó por demostrar experimentalmente la existencia del od y, para ello, se sirvió de los tipos sensitivos de modo análogo a como un miope utiliza gafas. Con tal fin, desarrolló procedimientos que hoy día llamaríamos tests, por supuesto sin recurrir a aparatos, pero con diferenciaciones muy sutiles. Así, por ejemplo, excluyó de la categoría de los sensitivos a quien no sentía ninguna diferencia térmica entre la parte aguda y la parte roma de un huevo de gallina que tenía que sostener entre dos dedos. Reichenbach osó adentrarse en regiones que, sin ser lejanas ni accesibles, son intrasitables para los sentidos toscos.
Sin embargo, los físicos prestaron tan poca atención al od como los psiquiatras y neurólogos a los sensitivos. Como científico, Reichenbach se afligió por tal desinterés, pero como filósofo supo abstraerse. Había llegado con sus ideas en la época menos propicia que quepa imaginar. Esta intempestividad vale en mayor medida para el caso de Fechner, que vio la imagen físico-matemática del mundo como el “lado nocturno” del universo y para su “psicofísica” sacó el máximo provecho de los escritos de Reichenbach.
Las ideas de Fechner sobre la animación de los cuerpos celestes y de las plantas tenían que extinguirse en un tiempo en que las teorías mecanicistas se abrían paso con una pujanza inaudita. En la medicina se preparaba el positivismo masivo, cuya hybris llevaba a cierto cirujano a vanagloriarse de no haber observado jamás alma alguna en sus operaciones.
Tales antítesis en el seno de la intuición sugieren la idea de que el espíritu actúa en dos alas diversas de un edificio, entre las que no hay ninguna puerta. Se podría también pensar en un doble espejo cuyas dos superficies estuvieran separadas por una capa opaca. Vienen de nuevo épocas que se acercan a la unidad de la intuición. Tal unidad no podrá alcanzarse de forma absoluta, pues tanto la imagen físico-matemática del mundo, como también la filosofía de la naturaleza de Fechner y Reichenbach son sólo aspectos del “interior de la naturaleza”.
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La dosis capaz de embriagar puede por tanto ser mínima cuando la predisposición es suficiente. También en este aspecto existen tipos sensitivos particularmente susceptibles. Las normas que el legislador se ve obligado a promulgar, por ejemplo en el código de circulación, no ofrecen más que un criterio grosero. Éste se volverá cada vez más estricto, porque el mundo empírico proporciona diariamente nuevas pruebas del hecho de que en la ebriedad y en la técnica colisionan dos poderes excluyentes. En realidad, esto no sólo vale para las drogas en general. Más bien aumenta sin cesar el número de remedios y la extensión de su aplicación. Se multiplican los trabajos en que no sólo se recomienda el vehículo imprescindible. Esto se ha convertido en una ciencia particular.
La disposición a la ebriedad puede llegar a ser tan acusada que baste con procedimientos puros y sobren productos químicos. Es un privilegio reservado a la ascética; su estrecha relación con el éxtasis es conocida desde tiempos remotos. A la abstinencia, a la vigilia y al ayuno se suma la soledad que tampoco cesa de dispensar fuerza a artistas y sabios. La marea de imágenes en la Tebaida: televisores que no necesitan drogas, ni mucho menos aparatos.
El pensador, el artista, que está en buena forma, conoce fases en que afluye nueva luz. El mundo comienza a hablar y a responder al espíritu con fuerza desbordante. Se diría que las cosas se cargan de energía; su belleza, su orden rebosante de sentido, se revela a una nueva luz. Este “estar en forma” es independiente del bienestar físico; a menudo se le opone, como si en la postración las imágenes afluyeran con más facilidad que de ordinario. De todos modos, Reichenbach ya advirtió contra el error de confundir hipersensibilidad y enfermedad; sin embargo, no es fácil evitar aquí este yerro. Esto se confirma particularmente en las disputas en que se extraen conclusiones sobre la psique del artista partiendo de la obra. No es ningún azar que precisamente nuestra época sea rica en tales controversias. Probablemente estos estados de disposición inauditos preceden no solamente a fases productivas en la vida del individuo, sino también al cambio estilístico en el seno de las culturas. Éstos producen necesariamente una confusión babilónica tanto en el lenguaje de las formas como en el lenguaje en general.
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Jung-Stilling caracteriza esta disposición como “don de adivinación” y entiende por ello una receptividad elevada, alcanzable gracias a una forma de conducir la vida. “Pero, a la postre, un hombre puro y devoto también puede tras largos ejercicios y peregrinaciones alcanzar a Dios en éxtasis y estados de trance magnético.” Según él, “en su estado natural, el alma opera a través del cerebro y de los nervios, en estado magnético sin ambos”. Sólo tras la muerte, el ser humano adquiere el pleno poder del sueño clarividente, puesto que entonces se ha separado por completo del cuerpo, y esa capacidad es más perfecta que la que cabe lograr en vida.
Los que, según Jung-Stilling, están dotados con poderes adivinatorios se corresponden aproximadamente a los hipersensitivos de Reichenbach. Según el uso lingüístico actual podríamos interpretarlos como mutantes extremadamente raros, pero que siempre se manifiestan de nuevo. El don de adivinación se puede desarrollar, pero su origen tiene que ser innato. Con ello Jung-Stilling aclara, entre otros casos, aquellos en que los sueños monitorios o las revelaciones no se comunican directamente a la persona amenazada, sino a un tercero que representa para aquélla el papel de receptor. Esa capacidad no necesita ser coronada con dotes espirituales o éticas; puede manifestarse tanto en una existencia roma como en una existencia genial. En la figura del príncipe Myschkin, Dostoievski describe un tipo de don adivinatorio altamente desarrollado que en su entorno provoca la impresión de idiotez.
En biografías, ya sean antiguas o modernas, nos topamos continuamente con la figura del sensitivo que, antes de un incendio, de un relámpago o de otra desventura, sobrecogido por un invencible desasosiego o ahogo, abandona el recinto donde se encontraba junto a otros individuos que permanecen despreocupados.
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Los estados de excitación o de meditación, similares a los de ebriedad, pueden también aflorar sin emplear sustancias tóxicas. Esta posibilidad indica que mediante las drogas pueden despertarse fuerzas más vastas que las de una intoxicación específica. La ebriedad es una llave que abre puertas a reinos inaccesibles a la percepción normal pero no es la única.
Para el estado al que se aspira, el concepto de ebriedad puede ser insuficiente, a menos que se amplíe hasta abarcar fenómenos diversos al par que contrarios. Comenzamos, efectivamente, con la constatación de que la droga actúa tanto sobre la voluntad como sobre la visión. Dentro de esa ambivalencia hay una amplia escala que en ambos sentidos conduce hacia la pérdida de consciencia y finalmente a la muerte. Las drogas pueden ser objeto de deseo como excitantes y estimulantes, como somníferos, narcotica y phantastica; sirven tanto a la narcosis como a la excitación. Hasan Ibn Al-Sabbah, el Viejo de la Montaña, conocía esa escala en todos sus grados. Condujo a los fedavis, a los iniciados, que más tarde se denominaron los haschischins del amok, desde el sosiego de los paraísos artificiales hasta la furia, dirigida contra príncipes y gobernadores. En el interior de la maraña de nuestro mundo técnico no se encuentra nada igual, pero sí fenómenos afines. Forma parte de las tendencias de este mundo técnico, tanto la evasión hacia el aturdimiento como la intensificación cinética mediante estimulantes.
El legislador se ve obligado a simplificar esa complejidad. Contempla la ebriedad como “el estado provocado por estupefacientes, en particular la intoxicación etílica aguda”. Le incumbe decidir en qué casos individuales la embriaguez tiene que ver o no con la comisión o con la omisión de un acto. Ya por esta razón resulta difícil juzgar con qué estado de conciencia comienza la desviación punible, puesto que hay drogas que favorecen, al menos provisionalmente, la ejecución técnica. En todas las épocas los atletas de competición han conocido tales fármacos, pero la frontera que separa el dopaje de la estimulación autorizada es incierta.
Todos los años penetran nuevas drogas en el mercado, cuya peligrosidad con frecuencia sólo se reconoce cuando ya han causado daños. En otros casos, el perjuicio es mínimo, sin embargo se acumula a lo largo de decenios de uso, a menudo de forma funesta. Esto vale para drogas estimulantes como el tabaco y también para aquellas que aletargan, como los somníferos ligeros. A esto se añade que los stimulantia y los narcotica se usan con frecuencia de forma combinada o, mejor dicho, de forma contrapuesta. La sierra va y viene. También cabría pensar en el pesaje de una balanza: a cada peso se coloca un contrapeso sobre el otro platillo. De este modo, se mantiene un equilibrio artificial hasta que un día el brazo de la palanca se rompe.
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El espectador indiferente, sobrio, observa en el espectro de la ebriedad aquella parte donde hay movimiento. Allí no se puede ignorar la mudanza; ésta se anuncia, a lo lejos, a ojos y a oídos. Las palabras para designar este estado se refieren, al menos en los países vinícolas y cerveceros, a la libación inmoderada o a la exaltación de la actividad. La mayoría se derivan del latín bibo yebrius, del antiguo alto alemán trinkan y del gótico drigkan.
El alemán rauschen, por el contrario, designa un movimiento vivaz, por ejemplo, de élitros que también puede percibirse de forma acústica como “murmullo”. El movimiento puede llegar a ser enérgico: el anglosajón rush por “precipitarse” viene aquí al caso. Además sugiere una vitalidad vibrante y acrecentada. Rauschzeit designa la estación de apareamiento. Del jabalí se dice que en tal época se encela. Insectos y aves se reúnen en enjambres o bandadas; inmediatamente después del vuelo nupcial las termitas pierden los élitros.
La estación de apareamiento es periodo de formación de bandadas; seres humanos y animales se agrupan. Ya por esta razón se conoce mejor el aspecto activo o volitivo de la ebriedad. El ebrio no teme la compañía; se siente a gusto en el bullicio festivo y no busca la soledad. Con frecuencia se comporta de modo excéntrico, pero disfruta respecto a su comportamiento de una licencia mayor que la del sobrio. Es más agradable ver a una persona risueña que a una afligida. El bebedor entonado se contempla con benevolencia, a menudo como enemigo del tedio y del desánimo. Un mensajero de Dionisos irrumpe para abrir la puerta al mundo carnavalesco. Incluso tiene un efecto contagioso para el sobrio.
No debe pasarse por alto esa actividad exaltada que ha dado su acento a la palabra “ebriedad”. En la mayoría de los casos, el aspecto visible de las cosas exige una participación en el lenguaje más relevante que la parte oculta. La palabra “día” ofrece un ejemplo. Cuando la pronunciamos, incluimos también la noche. Por tanto, el lado luminoso comprende en sí a la sombra. Apenas reflexionamos sobre este punto. En un sentido completamente análogo, la palabra “ebriedad”, si bien acentúa la evidente exaltación de las fuerzas vitales, incluye también su aletargamiento: los estados letárgicos e indolentes, similares al ensueño y a la duermevela.
La ebriedad se expresa en fenómenos diversos y a menudo opuestos; igualmente la droga provoca diversos efectos. A pesar de todo se complementan en un conjunto de gran envergadura. Hassan Ibn Al Sabbah debe de haber conducido a sus asesinos con un solo medio, el hachís, tanto al mundo de sueños bienaventurados como al mundo de las pesadillas criminales.
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Quien desea aletargarse actúa de un modo distinto a quien aspira a embriagarse como el visionario. No busca compañía, sino soledad. Está más cerca de la adicción, de ahí que procure ocultar su hábito que carece de la periodicidad festiva. El “bebedor secreto” pasa por ser un tipo sospechoso.
Quien se aletarga profunda y regularmente, se ve ya obligado por ello mismo al secreto, porque la droga procede, casi siempre, de fuentes oscuras. Su goce conduce a una zona fuera de la ley. Cuando tales ebrios ya no temen mostrarse en público, nos encontramos ante un síntoma de anarquía inminente. Así tras la Primera Guerra Mundial se podía observar en los cafés a tipos drogados con la mirada absorta en el vacío.
El narcotizado no evita la compañía sólo porque, por diversas razones, le inspire temor. Por su naturaleza es adicto a la soledad; su esencia no es de índole comunicativa, sino pasiva y receptiva. Es como si se demorase ante un espejo mágico, inmóvil, ensimismado en su yo, y no se goza sino en ese yo, ya sea como pura euforia o como mundo imaginario que engendra su interior y refluye sobre él. Así hay lámparas cuya luz fluorescente puede transformar a una piedra gris en una pepita de oro.
Baudelaire, que llama al hachís “un arma para el suicidio”, menciona entre otros efectos el frío extraordinario que se siente tras haber disfrutado de la droga, goce que incluye en “la clase de placeres solitarios”. Ese helor que también provocan otras phantastica no es de naturaleza fisiológica. Constituye asimismo un signo de soledad.
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Narciso era hijo de un dios fluvial y de una ninfa, Liriope. La madre estaba fascinada tanto de su belleza como espantada de su fría sensibilidad. Preocupada por el destino de su hijo, pidió consejo a Tiresias, el vidente, y recibió de sus labios el siguiente oráculo: mientras no se conozca a sí mismo, su hijo gozará de una longeva vida. La palabra enigmática se cumplió cuando un día, regresando al hogar tras ir de caza, Narciso se inclinó sediento sobre una fuente y vio reflejada su imagen en el agua. El adolescente se enamoró de aquel fantasma y se consumió en una nostalgia insaciable por su propia imagen hasta que pereció. Los dioses lo metamorfosearon en una flor de perfume letárgico, en un narciso que aún hoy lleva su nombre y cuyas flores gustan curvarse sobre aguas mansas.
Probablemente, del mito de Narciso, como de tantos otros, sólo se han conservado rudimentos; su gran tema parece haber sido el ansia. A ella también sucumbió la ninfa Eco, que suspiraba en vano por un abrazo de Narciso y se consumió de melancolía hasta que a la postre no quedó de ella sino la voz.
Narciso vio su imagen, mas no se reconoció. Sobre el templo de Apolo en Delfos estaba inscrito: “¡Conócete a ti mismo!”; como muchos otros antes y después de él, Narciso fracasó ante la más difícil de las tareas; buscó en vano su yo en su imagen refleja. El verbo “conocer” tiene un doble sentido; Narciso se lanzó a una aventura erótica como Fausto a una espiritual.
Precisamente esa ansia consuntiva constituye también un signo distintivo de la droga y su goce; el deseo permanece siempre a la zaga de la satisfacción. Las imágenes excitan como un espejismo en el desierto; la sed se vuelve abrasadora. Podemos también imaginarla como un descenso a una gruta que se bifurca en un laberinto de galerías cada vez más angostas e infranqueables. En su interior amenaza el destino de Elis Fröbom, el héroe de “Las minas de Falun”, el relato de Hoffmann. Él ya no retorna, se ha perdido para el mundo, como le sucede al monje de Heisterbach que se extravió en el bosque y sólo pasados trescientos años volvió a su monasterio. Ese bosque es el tiempo.
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Las sustancias que engendran estados de ebriedad narcótica nos parecen más sutiles, más etéreas que aquellas que estimulan la voluntad. Tras el gran conjuro en el gabinete de estudio nocturno, Fausto es conducido, en primer lugar, a la bodega de Auerbach, con sus bebedores disolutos, y sólo más tarde al antro de las brujas.
Hablamos de un “perfume narcótico”. La palabra procede del griego “narcotizo”. En las regiones del sur hay especies de narciso cuyo perfume se presume peligroso. Euforia y analgesia se siguen de la inhalación de sustancias volátiles, como el gas hilarante o el éter, que fue, en las postrimerías del siglo, el vehículo de recreo en boga y al que Maupassant dedicó un estudio. En la magia clásica se menciona con frecuencia al humo que no sólo aletarga sino que también sirve como vehículo sutil para las visiones que suceden al letargo. Encontramos tales escenas en Las mil y una noches, pero también en autores como Cazotte, Hoffmann, Poe, Kubin y otros.
Hay razones para suponer que el aspecto visionario de la ebriedad es también el más significativo desde un punto de vista cualitativo. Si deseamos formarnos un juicio sobre esta cuestión, tenemos que remontarnos a la raíz común de la cual crecen las formas variadas de la imaginación. El riesgo que corremos con las drogas consiste en que socavamos uno de los poderes fundamentales de la existencia: el tiempo. Por supuesto, esto puede ocurrir de diversos modos: según nos narcoticemos o nos estimulemos, dilatamos o comprimimos tiempo. Esto guarda una vez más relación con el modo de recorrer y explorar el espacio: en un caso, el esfuerzo por incrementar el movimiento en su interior, en otro, la rigidez del mundo mágico.
Si comparamos el tiempo, como es habitual desde antiguo, con la corriente de un río, parece que bajo el efecto de estimulantes el lecho de este río se angosta, que la corriente se acelera, como si descendiera al valle por remolinos y cascadas hervorosas. Pensamientos, mímica y gestos siguen a esta corriente; este tipo de ebrio piensa y obra más veloz e impulsivamente que el sobrio, también de forma menos previsible.
Por el contrario, bajo el influjo de narcóticos, el tiempo se remansa. La corriente fluye con más calma; las orillas se alejan. Cuando comienza el letargo, la conciencia va a la deriva como una barca sobre un lago cuya costa ya ni se columbra. El tiempo se vuelve ilimitado, oceánico.
Así se llega a los ilimitados sueños de opio que describe Thomas de Quincey. Imagina “haber yacido sepultado durante miles de años en las entrañas de pirámides eternas”. En Suspiria de profundis, una colección de ensayos que vio la luz un cuarto de siglo después de las Confesiones, evoca esa dilatación desmesurada del tiempo y afirma que las cifras astronómicas no bastarían para describirla. “Sí, sería ridículo mensurar el espacio de tiempo que se vive durante un sueño por generaciones o incluso por milenios.”
Otros autores, como Cocteau, han confirmado ese sentimiento de lejanía frente a la conciencia humana del tiempo: “Tout ce qu’on fait dans la vie, mëme l’amour, on le fait dans le train express qui roule vers la mort. Fumer l’opium, c’est quitter le train en marche; c’est s’occuper d’autre chose que de la vie, de la mort.”**
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El tiempo transcurre más rápido en el polo animal, más moroso en el polo vegetal. Esta perspectiva también proyecta luz sobre la relación de los narcotica con el dolor. La mayor parte de los seres humanos se familiariza con los narcóticos gracias a sus propiedades anestésicas. El sentimiento de felicidad, la euforia vinculada a su uso conduce a la habituación. Que los sujetos depresivos sucumban con particular facilidad a la morfina se explica por el hecho de que experimentan la existencia en cuanto tal como dolor.
Muchos narcotica son al mismo tiempo phantastica. Al aislar en 1803 el alcaloide de la morfina, Sertümer separó en el opio la potencia analgésica de la eidética. Con ello prestó una gran ayuda a innumerables sufrientes, pero al mismo tiempo robó al jugo de la adormidera, como lo canta Novalis, sus colores.
Quien anhela el mundo de las imágenes, no emplea los narcóticos ni para escapar al dolor ni para sentir euforia; busca lo fantástico. No le mueve el miedo al sufrimiento, sino una curiosidad sublime, tal vez osadía. En la magia y en la brujería de la Edad Media interviene continuamente el mundo de los alcaloides: el conjuro se sirve de bebedizos, ungüentos y exhalaciones, recurre a la mandrágora, al estramonio y al beleño.
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En aquellos tiempos, el conjuro se contaba entre los crímenes capitales. Las apariciones eran más dignas de fe que en la actualidad. Para Fausto, el “reino de los espíritus”, aunque reducido en gran parte a “mundo espiritual”, aún “no está cerrado”, pero tan sólo le preocupa el éxito del conjuro. Escrúpulos religiosos o morales ya no le atormentan.
De modo muy similar, en nuestro tiempo, el hombre de espíritu y amigo de las Musas se pregunta qué le pueden ofrecer las drogas. En el fondo, no le puede interesar la exaltación dinámica de las fuerzas, ni la felicidad ni la ausencia de dolor. Ni siquiera se trata de aguzar o de acendrar la facultad visionaria, sino, como en el gabinete de Fausto, de algo que “sobreviene”.
Ese sobrevenir no supone conocimiento de nuevos datos. Tampoco implica enriquecimiento del mundo empírico. Fausto deseaba evadirse del gabinete de estudio, donde un Wagner permanecerá toda la vida, sintiéndose feliz. “Es cierto que sé mucho, mas desearía saber todo”: es un deseo infinito y, en este sentido, el descubrimiento de América pertenece también al mundo de los hechos; ninguna nave espacial conduce fuera de su mundo.
Ninguna aceleración, aunque llevara a las estrellas, puede derogar la palabra primigenia: “A ti mismo hurtarte no puedes.”** Esto vale también para la exaltación de la fuerza vital. Ni la multiplicación ni la elevación a una potencia modifican el número cardinal. De la sobrevenida se espera algo distinto a una exaltación de tipo dinámico o vital. En toda época se ha aguardado de ella una ampliación, un complemento, una adición. Lo cual no significa potenciación, sino suma.
Antaño, no cabía ninguna duda de que en el conjuro, ya fuera gracias a la ascesis o a otros medios, sobreviene algo extraño. Mientras tanto, la razón ha adquirido un poder, frente al que esa convicción sólo es defendible desde la retaguardia. Pero decidir si aquello que sobreviene llega del exterior o del interior, si, por tanto, tiene su origen en el universo o en lo más profundo del yo, plantea sólo un pseudoproblema.
El punto decisivo no es aquel en que se introduce la sonda, sino el que alcanza. Allí, la visión convence con tal certeza que no queda espacio ni necesidad para la pregunta por su realidad, por no hablar de la pregunta por su origen. Cuando son necesarios fundamentos, autoridades o siquiera medios coercitivos para asegurar a la visión, esta facultad ha perdido ya todo poder; actúa entonces como sombra o eco. Pero la disposición siempre tiene que permanecer intacta.
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* El diccionario de J. Ott incluye la entrada odylic que define así: “Perteneciente al así llamado ‘magnetismo animal’ o espíritu. De donde derivan: Odyl, Odyle, Odylically Odylism, Odylization, Odylize. Cf. Jonathan Ott”, The Age of Entheogenus & The Angel’s Dictionary, Natural Products Co, Kennewick, 1995, p. 117. (N. del T.)
** La anotación completa dice: “El tedio mortal del fumador curado. Todo lo que hacemos en la vida, incluso el amor, lo hacemos en el tren expreso que corre hacia la muerte. Fumar opio es abandonar el tren en marcha; es ocuparse de otra cosa que de la vida y de la muerte”, Jean Cocteau, Opio. Diario de una desintoxicación, trad. de Mauricio Wácquez, Bruguera, Barcelona, 1981, p. 44. (N. del T.)
*** Jünger cita sólo una parte del célebre poema goetheano “Palabras primigenias órficas”. (N. del T.)









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