Daniel Bernal Moreno
Sólo queda una oreja y un ojo. Ella es incapaz de ver lo que sucede. Está allí, tendida, inmóvil. No nota siquiera la sangre que la rodea ni los trozos desgarrados de partes imposibles de reconocer. Da lástima. En cambio él lo ve todo. Es un glóbulo ocular que no escucha cuando, detrás de él, el lobo se acerca. Con una mordida lo destroza. La oreja escucha masticar al animal y los pasos dirigidos hacia ella, lentos, cada vez más cerca.









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