Daniel León Islas
Sus movimientos era un éxtasis total que exacerbaba los sentidos.
Esa noche, en ese momento, todos quedaron expectantes: caminaba sin parpadear con un aplomo de Victoria’s Secret. Se sentó a mi lado ante la mirada atónita de mis amigos, me invitó una copa y empezamos a bailar. Su belleza, llena de sensualidad, hacía resaltar sus erguidos senos y la elipse trepidante de sus caderas era una invitación a poseerla.
Desperté, un extraño hormigueo me recorría todo el cuerpo. Escuché que alguien sollozaba. Al principio no pude distinguir quién era, pero después de un largo rato reconocí la voz entrecortada de mi hija, que derramaba lágrimas sobre mis mejillas.
—Gracias al cielo has regresado.
Todo me daba vueltas.
—¿Dónde estoy?
—En el hospital.
—¿Qué es lo que recuerdas?
Cómo decirle que lo último que recordaba era haber salido del bar con una diosa y tomado un taxi. En mi incociencia, supuse que me había caído o me habrían asaltado. Volví a quedarme dormido.
Por la tarde, al abrir los ojos, sentí súbitamente un fuerte dolor que impedía moverme. El efecto de la anestesia estaba pasando; empecé a percibir la gravedad de la situación.
Con los ojos entrecerrados vi a varios médicos rodeándome. Uno de ellos comentó en voz baja: Si sigue con vida es porque la suerte lo acompañó, la policía cateó el hotel de paso y avisó a la Cruz Roja. Lo encontraron drogado y desangrándose. Otro se acercó y me dijo: No se preocupe, se repondrá; perdió un ojo, pero con un riñón podrá vivir sin mayores complicaciones.
¡De qué hablaba ese matasanos!, yo veía bien… Hasta que descubrí… que sólo lo hacía con el ojo derecho.









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