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Don Quijote después de cuatro siglos

· enero 4, 2017

 

Harold Bloom

 

La pregunta de la isla desierta (“¿Qué libro te llevarías?”) no tiene una respuesta universal, pero la mayor parte de los lectores asiduos y con un criterio auténtico elegirían entre estos tres: la Biblia británica autorizada por el rey James, las obras completas de Shakespeare y el Don Quijote de Miguel de Cervantes. ¿No resulta curioso que los tres competidores fueran casi simultáneos?

La Biblia del rey James apareció en 1611, seis años después de la publicación de la primera parte del Quijote en 1605 (la segunda parte llegó una década más tarde, en 1615). En 1605, Shakespeare correspondió a la grandeza de la obra cumbre de Cervantes con El rey Lear, a la que siguieron rápidamente Macbeth y Antonio y Cleopatra. Cuando le plantearon la pregunta de la isla desierta, James Joyce respondió maravillosamente: “Me gustaría elegir a Dante, pero tengo que quedarme con el escritor inglés porque es más rico.” En esta aseveración se detecta un cierto resentimiento irlandés contra Shakespeare, así como una envidia personal por el público de Shakespeare en The Globe, que se expresa en el todavía poco leído (excepto por algunos estudiosos y otros entusiastas) Finnegans Wake. La Biblia se lee, y Shakespeare se lee y se representa, pero Cervantes parece tener una menor prevalencia en los países de habla inglesa de la que una vez tuvo. Se han realizado buenas traducciones al inglés desde la de Thomas Shelton en 1612, que Shakespeare evidentemente conocía, pero la extraordinaria versión de Edith Grossman, publicada en 2003, merece ser leída por todos los que no podemos asimilar fácilmente el español de Cervantes.

Cervantes (1547-1616) murió en la misma fecha que Shakespeare (1564-1616) y, sin lugar a dudas, nunca oyó hablar del dramaturgo inglés. La vida de Shakespeare fue tan tranquila y anodina que ninguna biografía suya resulta en absoluto convincente; los hechos significativos pueden exponerse en unos cuantos párrafos. Sin embargo, Cervantes vivió una existencia difícil y violenta, aunque en Inglaterra aún no existe ningún relato de su vida digno del tema que trata. Su mero perfil parece sacado de un guión de Hollywood. Los estudiosos no se ponen de acuerdo sobre si Cervantes pertenecía al linaje de los “cristianos viejos” o bien a una familia de “nuevos cristianos”, judíos conversos que se hicieron católicos en 1492 con el fin de evitar su expulsión. Para unirse a las fuerzas armadas imperiales españolas había que jurar que se tenía sangre “pura”, y así lo hicieron Cervantes y su hermano, pero uno se pregunta por qué un héroe que vio mutilada su mano para siempre en la gran batalla naval de Lepanto de 1571 contra los turcos nunca mereció siquiera el menor ascenso por parte de Felipe II, rey de España y ferozmente católico. Hasta su ancianidad, época más o menos confortable gracias al mecenazgo tardío de un noble, la historia personal de Cervantes es una sucesión de infortunios. Exiliado por celebrar un duelo en 1569, marchó a Italia, donde, un año después, se alistó en una campaña conjunta de Italia y España contra el Imperio otomano, bajo el mando de don Juan de Austria, hermano bastardo de Felipe II.

Tras recuperarse parcialmente de su herida de Lepanto, el maltrecho Cervantes aún luchó en siete batallas marítimas más hasta 1575, cuando fue capturado por los turcos y sometido en Argel a cinco años de cautiverio, del que Felipe II rehusó rescatarlo. Su familia y un monje amigo suyo lograron finalmente redimirlo en 1580. Todavía incapaz de obtener un empleo de manos de Felipe II, Cervantes comenzó una precaria carrera literaria, en la que fracasó varias veces como dramaturgo. Desesperado, se convirtió en recaudador de impuestos, lo que le llevó a ser encarcelado bajo la acusación de desfalco en 1598. En la cárcel Cervantes empezó a escribir su Don Quijote, que terminó en 1604 y que sacó adelante al año siguiente con un editor que le estafó todos sus derechos de autor. Su gran obra causó sensación al instante, pero tuvo pocos efectos inmediatos en las necesidades de Cervantes y su familia. En 1614 apareció una falsa segunda parte de Don Quijote, a la que respondió la verdadera segunda parte de Cervantes de 1615. Un año después, el mayor autor que haya escrito jamás en español murió y fue enterrado en una tumba sin inscripción alguna.

Al leer Don Quijote, no logro convencerme de que estén en lo cierto los estudiosos que consideran devotos tanto el libro como al autor, aunque sea sólo porque ignoran su ironía, que a menudo es demasiado amplia para ser captada. Igualmente, muchos estudiosos afirman que Shakespeare era católico, y tampoco en esta ocasión me persuaden, pues las principales alusiones bíblicas del autor se refieren a la Biblia de Ginebra, una versión muy protestante. Don Quijote, como el Shakespeare tardío, me parece más nihilista que cristiano, y ambos grandes creadores occidentales insinúan que la aniquilación es el destino final del alma.

¿Por qué Don Quijote es el único rival de Shakespeare para merecer la más elevada gloria estética? Cervantes es de una comicidad extraordinaria, como Shakespeare, pero Don Quijote no puede considerarse una comedia en mayor medida que Hamlet. Felipe II, que había agotado los recursos del Imperio español en aras de la Contrarreforma, murió en 1598, una década después del fiasco de la Armada Invencible, derrotada por los marinos ingleses y galos. La España que se describe en Don Quijote es posterior a 1598: empobrecida, desmoralizada, dominada por el clero y con la tristeza subyacente de haberse destruido a sí misma un siglo antes, al exiliar o condenar a la clandestinidad a sus numerosas y productivas comunidades judía y musulmana. Gran parte de Don Quijote, como ocurre con Shakespeare, debe leerse entre líneas. Cuando el afable Sancho Panza grita que él es un cristiano viejo y que odia a los judíos, ¿pretende el sutil Cervantes que lo aceptemos sin ironía? El contexto de Don Quijote es mísero, excepto por las casas de los nobles, que son baluartes de la burla y el racismo donde se expone al maravilloso don Quijote a horribles prácticas bromistas.

La novela de Cervantes (que inaugura el género) es memorable por dos seres humanos extraordinarios, don Quijote y Sancho Panza, y por la afectuosa —aunque irascible— relación que se establece entre ellos. No existe tal comunión en Shakespeare, donde Falstaff es afectuoso y el príncipe Hal irascible, y Hamlet no tiene en Horacio más que un adulador. En una ocasión observé que Shakespeare nos enseña a hablarnos a nosotros mismos, mientras que Cervantes instruye sobre cómo hablar los unos con los otros. Aunque tanto Shakespeare como Cervantes construyen realidades lo bastante amplias para incluirnos a todos, la individualidad de Hamlet es, en última instancia, indiferente tanto a sí misma como a las demás, mientras que la del caballero español es una singularidad que se preocupa por sí misma, por la de Sancho y por la de aquellos que precisan ayuda.

Como maestros de la representación, Shakespeare y Cervantes son igualmente vitalistas, y ésta es la razón de que caiga sobre Falstaff y sobre Sancho Panza la bendición de continuar con vida. Pero estos dos eminentes escritores modernos son también escépticos, por lo que Hamlet y don Quijote resultan irónicos, aun cuando actúen como unos locos. El entusiasmo, la exaltación primordial, es el genio que comparten el padre castellano de la novela y el poeta y dramaturgo inglés, más allá de todos los demás autores, anteriores y posteriores, en cualquier lengua.

La libertad, para don Quijote y para Sancho, es la función del orden de juego, que es desinteresado y precario. El juego del mundo, para don Quijote, es una visión purificada de la caballería, el juego de los caballeros errantes, de las damiselas virtuosamente bellas y afligidas, de encantadores repugnantes y poderosos, así como de gigantes, ogros y búsquedas idealizadas. Don Quijote está valerosamente loco y es obsesivamente valeroso, pero no se engaña a sí mismo. Sabe quién es, pero también quién puede ser si él lo elige. Cuando un cura moralizante acusa al caballero de estar ausente de la realidad y le ordena que se vaya a casa y deje de deambular, don Quijote responde que, siendo realistas, como caballero errante ha enderezado tuertos, castigado la arrogancia y abatido a toda una sarta de monstruos.

¿Por qué la invención de la novela tuvo que esperar hasta Cervantes? Ahora, en el siglo XXI, la novela parece estar experimentando una muerte prolongada. Nuestros maestros contemporáneos —Pynchon, Philip Roth o Saramago, entre otros— parecen obligados a replegarse de vuelta a las formas románticas y picarescas, de antes de Cervantes. Shakespeare y Cervantes crearon gran parte de la personalidad humana tal como la conocemos hoy, o al menos las formas en que se puede representar la personalidad: el Poldy de Joyce, su Ulises juedoirlandés, es a la vez quijotesco y shakespeariano, pero Joyce murió en 1941, antes de que se tuviera pleno conocimiento del holocausto de Hitler. En nuestra Era de la Información y del Terror acuciante, la novela cervantina puede resultar tan obsoleta como el drama shakespeariano. Y me refiero a los géneros, no a sus sumos maestros, que nunca pasarán de moda.

——

Prefacio al libro de Don Quijote alrededor del mundo (Instituto Cervantes / Galaxia Gutemberg / Círculo de Lectores, España, 2005).

 

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