Leonardo Sciascia
Al final del segundo capítulo de la segunda parte, Sancho le dice a Don Quijote: “… que anoche llegó el hijo de Bartolomé Carrasco, que viene de estudiar de Salamanca, hecho bachiller, y yéndole yo a dar la bienvenida, me dijo que andaba ya en libros la historia de vuesa merced, con nombre de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha; y dice que me mientan a mí en ella con mi mesmo nombre de Sancho Panza, y a la señora Dulcinea del Toboso, con otras cosas que pasamos nosotros a solas, que me hice cruces de espanto cómo las pudo saber el historiador que las escribió.” A partir de este momento, dice Américo Castro en su ensayo Cervantes y Pirandello (1924), “los personajes principales del Quijote comienzan a mostrarnos su doble identidad de seres reales, que viven y van aquí y allá, y de figuras literarias, a merced de la segunda existencia que a un escritor le plazca concederles”. Y más adelante: “La literatura moderna le debe a Cervantes el arte de establecer interferencias entre lo real y lo fantástico, entre la representación de la posibilidad y la de la efectuación. En su libro encontramos por primera vez al personaje que habla de sí mismo en cuanto personaje, que reclama en nombre de su existencia, a veces real, a veces literaria, y reivindica el propio derecho de no ser tratado de cualquier manera. Y éste es el punto central de los Seis personajes en busca de autor, a partir del cual el resto es mera consecuencia.”
Pero ni en la primera ni en la segunda edición (aumentada) del ensayo sobre el humorismo (1908 y 1920, respectivamente), Pirandello —que a cada momento habla de Don Quijote— toma en cuenta esta peculiar vertiente del libro; del conjunto proporciona incluso una interpretación nada nueva y más bien banal. Fenómeno curioso pero explicable, debido acaso a una lejana lectura de la obra (son muy pocos los que releen Don Quijote después de los veinte años, y que presumen haberlo leído, y bien, de una vez por todas) o al hecho de que lo que en Cervantes era juego en Pirandello era drama: sin conseguir, por lo tanto, vislumbrar que los elementos del juego eran los mismos e idénticos elementos del drama. Es cierto que intervienen otras sugestiones en la relación de Pirandello con sus personajes, y tal vez por eso tampoco Adriano Tilgher menciona a Cervantes a este respecto; sin embargo no anduvo muy lejos al decir que “La tragedia de un personaje”, y luego los Seis personajes, tenían un “motivo parecido a la novela Niebla de Miguel de Unamuno, muy anterior a los Seis personajes, pero posterior al relato ‘La tragedia de un personaje’”. Muy buena observación de las afinidades entre Pirandello y Unamuno, pero inútil puntualización cronológica. Ya existía Cervantes tres siglos antes, y lo supo muy bien Unamuno, que le dio una tercera vida a Don Quijote.
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Reproducido de Alfabeto pirandeliano, de Leonardo Sciascia (Ediciones El Milagro, México, 1997).









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