(fragmento)
Curzio Malaparte
—Es posible —contestó Sebastiano—. Son unos animales tan extraños, de los que sabemos tan poco… Pero me asombraría menos de lo que en su tiempo asombró a los ingleses el caso del camaleón de Napoleón.
No sabía que Napoleón tuviera uno.
—Es una historia curiosísima —empezó a contar Sebastiano— que muy pocos conocen, porque el gobierno inglés hizo lo posible por silenciarla, temiendo que llegara a oídos franceses y reavivara el celo de los bonapartistas. Era un camaleón que Napoleón se encontró en Santa Elena, cerca de la famosa fuente. Si quieres hacerte una idea de cómo era el vencedor de Austerlitz los últimos años de su vida, piensa en una de esas caricaturas de los ingleses que lo representan obeso, vestido de blanco, con los pies hinchados y el cuello corto y grueso, y tocado con un gran sombrero de paja de ala anchísima, con el que parecía un cultivador de caña de azúcar de la Martinica.
—No era el Bonaparte que pintó David —comenté—; ni siquiera Vernet tiene piedad del prisionero de Santa Elena.
—Un día —prosiguió Sebastiano—, pasaba el emperador solo por la fuente cuando se encontró con un extraño animal que al pronto tomó por inglés, de lo feo que era. Cuando advirtió que era un camaleón, resolvió domesticarlo y educarlo como a un francés. La empresa no fue ardua, dada la capacidad que tienen estos animales de aprender por mimetismo. Efectivamente, poco después el animal, al que el emperador, con buen criterio, había puesto su mismo nombre y llamaba Napoleón, había hecho tales progresos en el arte de imitar a los humanos, que pensaba y hablaba como el mismísimo emperador. Por supuesto, el gobernador de Santa Elena, Hudson Lowe, desconfiando de todo aquello, no tardó en dar parte a Londres. Entretanto, el animal, obligado a imitar a su amo por la presencia continua de éste, día a día iba adoptando más las maneras y hasta el acento del vencedor de Austerlitz, de suerte que, a los pocos meses, quien los hubiera oído sin vedas habría creído, por lo idénticas que eran las voces y lo interesante que resultaba lo que decían, que quienes hablaban no eran el gran corso y una bestia, sino dos auténticos Napoleones. Así estaban las cosas cuando Hudson Lowe recibió órdenes de eliminar al peligroso animal. El gobierno de Londres contaba con buenas razones para evitar que se crease un precedente en materia tan delicada, porque no deseaba tener que vérselas algún día con una fea copia del rey de Roma, sobre todo desde que, gracias a los informes que recibía de Santa Elena, creía conocer las intenciones secretas del emperador: sabiéndose próximo a morir, y dado que le era imposible burlar la vigilancia inglesa, Napoleón, por conducto de aquel camaleón, de aquel ser fuera de toda sospecha, de aquella especie de lagarto al que nadie podría acusar seriamente de bonapartismo, se proponía transmitir al pueblo francés la herencia viviente de su gloria y los secretos de la política europea. Un camaleón podría escapar con facilidad de los ingleses y regresar a Francia para denunciar la perfidia de Pitt, la traición de Talleyrand, la complicidad de los falsos amigos, y dar fe, con su presencia y su palabra, de la inmortalidad de Napoleón.
“Aquel animal, ce Napoléon déguisé en lézard, aquel Napoleón disfrazado de lagarto, causaría daños irreparables a los intereses ingleses. ¿Quién creería al gobierno de Londres cuando denunciara el grave peligro que podía suponer para la paz europea un reptil bonapartista? ¿Qué cancillería admitiría nunca que un animalillo de apenas dos palmos de largo podía dar al traste con los esfuerzos de la Santa Alianza y derribar los pilares del Congreso de Viena? ¿Qué Metternich se pondría en ridículo tomándose en serio las advertencias del gabinete inglés? ¿Y quién daría crédito al gobierno de Londres cuando denunciara ante las cortes europeas que aquella especie de lagarto n’était que Napoléon lui-mëme, déguisé en lézard pour mieux troubler la paix des Rois, no era sino el mismo Napoleón, disfrazado de lagarto para turbar más la paz de los reyes? Éstos eran los peligros que entrañaba aquel Napoleón cuadrúpedo, y por eso Hudson Lowe debía eliminarlo cuanto antes, para que el emperador no pudiera llevar a la práctica su infernal propósito.
”Obedeciendo, pues, las órdenes de Londres, Hudson Lowe, armado de un largo sable como esos que usaban en los barcos ingleses para cortar las sogas, se encaminó una noche a Longwood, la residencia del emperador. El camaleón, como siempre, estaba hecho un ovillo ante la puerta del dormitorio de Napoleón, cuya respiración, asfixiada por el bochorno y la obesidad, se oía ronca y afanosa. Cuando el animal vio a Hudson Lowe, exclamó, adoptando el color de la pared para que no lo viera:
”—Tu veux done tuer l’Empereur. ¿Así que quieres matar al emperador?
”Al oír aquella voz conocida, la mismísima voz del héroe de Rivoli, salir como de la pared, el gobernador retrocedió espantado y, asiendo el arma con ambas manos, descargó un fuerte sablazo contra el suelo. Empezó así, en la penumbra de la estancia, una lucha sin cuartel entre Hudson Lowe y aquel extraño animal llamado Napoleón. De los mandobles que, con gran estropicio, se abatían sobre paredes y muebles, escapaba el camaleón pasando de un objeto a otro, deslizándose por las paredes, trepando por los marcos de puertas y ventanas, cambiando una y otra vez de color para hacerse invisible, según los lugares y objetos por los que pasaba en sus desplazamientos fulmíneos. La superioridad de la estrategia napoleónica sobre la inglesa no podía ser más evidente. Si hubiera presenciado el singular combate, Wellington se habría muerto del disgusto.”
——
Reproducido de Don Camaleón (Tusquets, México, 2015).
PALIMSESTO
Diario de un extranjero en París
(fragmento)
Curzio Malaparte
Francia ha tenido dos ideas universales en su historia: la monarquía y la libertad (Revolución francesa). Chateaubriand dice que los franceses aman más la igualdad que la libertad, y que “tienden al gobierno”. Cito textualmente: “La experiencia diaria demuestra que los franceses tienden instintivamente al poder; en realidad no aman la libertad; su único ídolo es la igualdad.” Añade: “Ahora bien, la igualdad y el despotismo tienen lazos secretos.” Con todo, no deja de ser cierto que, después de la monarquía, la idea universal de Francia ha sido la libertad o, si se quiere, la revolución, con todo lo que la revolución conlleva (igualdad, libertad, democracia, etc.).
El cartesianismo no es una idea universal francesa, que participa a la vez de la idea de monarquía y de la idea de libertad (revolución). En sí misma, no es una idea universal.
Cierro L’esprit des lois, de Montesquieu, y naturalmente mi mente se pone a discurrir sobre las causas de la decadencia de los pueblos y de los Estados. Creo que la decadencia de un pueblo comienza cuando traiciona su Weltanschauung, su concepción del mundo.
Desde este punto de vista, el cristianismo tiene una enorme responsabilidad en la decadencia del mundo clásico. Que ya empezó en Roma con la adopción de los dioses extranjeros, prenda de la amplitud de miras y de la tolerancia de los romanos, o quizá de debilidad, de incerteza. Los judíos siguieron fieles a su Dios único. El mundo latino-cristiano siguió fiel a la Iglesia. La idea universal de los franceses, la monarquía; la de los italianos, la Iglesia (su monarquía). La Revolución francesa marca el abandono de la concepción unitaria, por la diversidad y la multiplicidad de los dioses, de los ídolos (democracia). Los alemanes, fieles a su unidad, a su concepción unitaria, alemana, del mundo (racismo, dios alemán de los filósofos, etc.). Decadencia de la Iglesia, decadencia de los latinos. Reforma, decadencia de los latinos, pues marca la ruptura de la unidad del mundo católico.
¿Cuál puede ser, hoy, la idea universal de los latinos? Ninguna. Ni siquiera el capitalismo. El capitalismo está convirtiéndose en una idea racista de los anglosajones, su principio de unidad moral e intelectual, social, etc. Comunismo, idea universal de los eslavos. A mi juicio, la idea universal de los pueblos de Europa occidental, esto es, latina, es, o podría ser, el individualismo. Fuera del individualismo no hay salvación, resurrección, para los latinos. El hombre como centro del mundo latino.
Vuelta a la idea dominante de los antiguos, sobre todo de los griegos: que el hombre es el centro del mundo. Vuelta a Aristóteles, a Tolomeo, al estoicismo, al cristianismo (origen).
Todo lo que no es individual, no es humano (para nosotros, los latinos).
La idea dominante de la Revolución francesa (libertad, igualdad, derechos del hombre…) es el hombre, el individuo. Decadencia de esta idea en la democracia burguesa (idea de clase que sustituye a la idea de hombre, de individuo). Revolución: vuelta a las ideas clásicas, a la retórica de las virtudes republicanas del mundo grecorromano. Una prueba.
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Reproducido de Diario de un extranjero en París (Tusquets, España, 2014).
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