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Discurso de aceptación

· septiembre 23, 2015

Joseph Brodsky

 

Miembros de la Academia Sueca, Majestades, señoras y señores:

Nací y crecí en la otra orilla del Báltico, o, por así decirlo, en su página opuesta, gris y movida por el viento. A veces, en un día claro, especialmente en otoño, desde alguna playa de Kellomäki, un amigo señalaba hacia el norte, al otro lado de esa gran hoja de agua y me decía: ¿Ves aquella franja azul de tierra? Es Suecia.

Se trataba, por supuesto, de una broma. El ángulo no era el adecuado y, de acuerdo con las leyes ópticas, el ojo humano puede abarcar tan sólo unos treinta kilómetros de espacio abierto. El espacio, sin embargo, no estaba abierto.

Pese a todo, señoras y señores, me gusta pensar que respirábamos el mismo aire, que comíamos el mismo pescado, que nos empapaba la misma lluvia —a veces— radioactiva, que nadábamos en el mismo mar, que nos hastiábamos del mismo tipo de coníferas. Según soplara el viento, aquellas nubes que yo veía desde mi ventana, ustedes ya las habían visto, y viceversa. Me satisface pensar en lo mucho que ya habíamos compartido antes de acabar reunidos en esta sala.

Y por lo que se refiere a esta sala, estaba vacía hace un par de horas y volverá a estarlo dentro de otro par de horas. Desde el punto de vista de estas paredes, nuestra presencia aquí, y en especial la mía, resulta bastante accidental. Desde el punto de vista del espacio, cualquier presencia resulta bastante accidental, a no ser que posea el carácter permanente —y a menudo inanimado— del paisaje: por ejemplo, una cumbre, un glaciar, el recodo de un río. Y la aparición de algo o alguien imprevisto en un espacio de componentes estables es lo que produce la sensación de acontecimiento.

 

En consecuencia, les estoy muy agradecido por su decisión de concederme el Premio Nobel de literatura, pero sobre todo por conferir a mi obra un aire de permanencia, como el de una rocalla de glaciar en el vasto paisaje de la literatura.

No se me oculta el peligro implícito en este símil: su sugerencia de frialdad, de inutilidad, de rápida o próxima desaparición. Pero si en esa rocalla puede encontrarse al menos una veta viva de mineral —como mi vanidad me lleva a creer—, el símil no resultará del todo imprudente.

Y hablando de prudencia, me gustaría añadir que a lo largo de la historia los lectores de poesía nunca han superado el uno por ciento de la población. Por esta razón los poetas de la Antigüedad o del Renacimiento acudían a las cortes, sedes del poder; por esta razón, en la actualidad, se concentran en las universidades, sedes del saber. Esta Academia parece ser una mezcla de ambas; y si en el futuro —libre ya de nosotros persiste esa proporción del uno por ciento, se deberá, y no en pequeña parte, a los esfuerzos de ustedes. En el caso de que tal perspectiva les parezca en exceso sombría, espero que el recuerdo del aumento demográfico les anime un poco. Hoy día, un cuarto de ese uno por ciento supondría un número elevado de lectores.

Por ello mi gratitud, señoras y señores, no es del todo egoísta. Me siento agradecido en nombre de aquellos que leen y leerán poesía gracias a las decisiones de ustedes. No estoy seguro de que el hombre acabe imponiéndose, como dijo una vez un gran hombre y gran escritor americano, creo que en esta misma sala. Pero al menos tengo la certeza de que es más difícil imponerse a un hombre que lee poesía que a uno que no lee.

La mía ha sido, desde luego, una manera curiosa de hacer el recorrido San Petersburgo-Estocolmo. Pero, para alguien de mi oficio, la idea de que la línea recta constituye el camino más corto entre dos puntos perdió hace tiempo su atractivo. Y resulta todo un placer descubrir que, por su parte, la geografía es capaz de justicia poética.

Gracias.

1987

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